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Фернан Кабальеро. Дворец мавританских королей Севильи. Fernán Caballero. El Alcázar de Sevilla


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gia Morada.
No ha mucho que esta inapreciable joya se encontraba en el más triste y vergonzoso abandono. No sólo se hallaban deslustrados y perdidos los preciosos colores y dorados que hacían de ella la única mansión capaz de realizarlas semi-fantásticas concepciones de los cuentos de las Mil y una noches, no sólo se hallaban, a fuerza de estúpidos blanqueos, enterrados y completamente ocultos en cal los finísimos arabascos de sus muros; no sólo conservaba como heridas sin curar, los destrozos sufridos en distintas épocas y circunstancias, sino que varios patios y aposentos apuntalades daban margen a que escribiese cierto humorista viajero de los que en lugar de descripciones hacen sátiras, por ser esto último más fácil, que una de las cosas afortunadas que le habían sucedido durante su viaje, era el haber salido sano y salvo del Alcázar de Sevilla. Así, pues, los verdaderos amantes del país, los anticuarios, los artistas y los historiadores deben estar profundamente agradecidos a nuestra Reina Doña Isabel II, en cuyo reinado se ha dado por fin cima a la restauración de este admirable monumento, único en Europa, que con la Alhambra y el Romancero nos trasporta a lo vivo a aquellas románticas edades en que la elegancia y los bríos varoniles, el espíritu caballeresco y el religioso, la galantería y el heroísmo reinaban justamente y sin contrariarse. Esta bienhadada restauración, cuya fecha, con el nombre de la Reina que la dispuso, brilla en letras de oro formando el más bello adorno de la puerta principal del palacio, atrae y atraerá cada día con mayor fuerza a nuestra Soberana los entusiastas elogios a que es acreedora, por haber sabido sobreponerse al espíritu avariento de la época y a sus tendencias cínicamente pregonadoras de lo positivo y de lo útil, demostrando doblemente de lo que son capaces la generosidad y esplendidez regias.
La equidad exige que recaiga una parte de estos elogios en el entendido y perseverante Teniente de Alcaide actual, que con singular constancia, celo e inteligencia, superando obstáculos y venciendo inercias, ha sabido realizar los deseos de la augusta señora, eficazmente ayudado en la parte artística por el distínguidísimo pintor sevillano Don Joaquín Domínguez Bécquer. Difícilmente se hubiera hallado otra persona que hubiera podido hacer lo que el Señor D. Alonso Núñez de Prado ha llevado a cabo, pues no es fácil seguramente encontrar quien esté dotado de su fuerza de voluntad, quien se enamore, como él de su obra, y le dedique todo su tiempo; quien tenga su buen gusto y su inteligencia, y quien sea asimisino bastante acaudalado para poder anticipar de sus propios fondos las sumas necesarias para tan dispendiosa obra, a cubrir las cuales no siempre alcanzaban los rendimientos de las fincas del Real Patrimonio puestas a su cuidado. Así, pues, tanto nuestros soberanos como el país, deben estar reconocidos al que, interpretando dignamente los nobles deseos de nuestra reina, ha logrado restaurar este Alcázar, preparando infatigablemente la noble hoguera de la que en todo su primitivo esplendor ha resucitado al morisco Fénis.
Ya en la fachada deslumbran los vivísimos colores y el oro, que constituyen el regio manto de esta encantadora mansión. La entrada carece a nuestro entender de grandeza, privándola una pared de la vista del magnífico patio principal, al que conduce una pequeña puerta lateral. Hállase este patio rodeado de cincuenta y dos columnas de mármol, de las que cuarenta están apareadas, formando las doce restantes cuatro grupos de a tres en los ángulos. Sobre estas columnas álzanse veinte y cuatro arcos piramidales, formado cada uno de trece semicírculos, menos los cuatro que ocupan el centro de cada frente, que constan de quince; rodeando al patio una galería, cuyos muros así como los de los arcos, están cubiertos de arabescos, y tienen formados sus zócalos de aquel brillante y perdurable alicatado peculiar de los moros.
Frente a cada uno de los cuatro arcos centrales, que son mayores y menos agudos que los demás, hay en la galería una gran portada, de las que una comunica al salón de Embajadores, otra al llamado de Carlos V, otra a otro salón, y la restante constituye el emplazamiento en que, según es fama, se colocaba el trono de los Reyes moros para recibir el feudo de las cien Doncellas impuesto a sus vasallos por el usurpador Rey de Asturias Mauregato, y pagado anualmente a los árabes en recompensa de haber auxiliado a aquel para apoderarse de la corona, hasta que su sucesor el gran rey D. Alfonso II el Casto redimió a los cristianos de tan vergonzoso tributo, gracias a sus brillantes victorias sobre los infieles.
De verificarse en este patio la entrega de este feudo, pretende la tradición que se deriva su nombre de patio de las Doncellas.
Dos de los tres pequeños ajimeces o claraboyas caladas que hay encima de la magnífica puerta de alerce que conduce al salón llamado de Carlos V, por haberlo reedificado este soberano y sustituido a su antigua techumbre el precioso artesonado que hoy se admira en él, tienen en su parte superior dos cabezas árabes cubiertas con sus turbantes, una de hombre y otra de mujer. Según tradición, son retratos del alarife que el rey D. Pedro hizo venir de Granada para reconstruir el antiguo Alcázar, y de su mujer puestos en aquel paraje por orden del monarca para perpetua memoria.
El piso superior lo forma una galería jónica construida por Carlos V, cuyo soberbio Plus Ultra ostenta también este patio.
Pásase del patio que hemos descrito al salón de Embajadores, que eleva su soberbia cúpula sobre todas las demás techumbres del edificio. Compónese cada uno de sus cuatro frentes de un bellísimo arco, tres de los cuales tienen otros tres embutidos; sobre cada arco grande hay tres claraboyas figuradas y caladas como encaje; encima de los cuatro grandes arcos, se ven cuarenta y cuatro más pequeños embutidos en el muro; sobre estos hay un balcón en cada fachada, y encima de ellos y circundando al salón, existía una serie de retratos de los Reyes de España, dentro cada uno de un arco gótico; álzase finalmente la majestuosa media naranja artesonada que corona el salón. Destinado en una ocasión el Alcázar a cuartel de voluntarios, entretuviéronse estos desde los balcones en despedazar a bayonetazos los históricos retratos de que hemos hablado.
Impotente nuestra pluma para describir debidamente este salón y referir las impresiones que el recuerdo de la trágica escena ocurrida en su recinto el 19 de Mayo de 1358 despierta, y de que, según afirma la tradición, son evidentes testimonios las vetas rojizas que manchan las losas del pavimento, y que se suponen producidas por la sangre del maestre Don Fadrique al ser muerto por los ballesteros de su ofendido hermano el Rey Don Pedro de Castilla, dejemos hacerlo al primero y más nacional de nuestros poetas contemporáneos, al Duque de Rivas:
Mas ¡hay! aquellos pensiles
No he pisado un solo día
Sin ver (¡sueños de mi mente!)
La sombra de la Padilla.
…………………………….
Ni en el aposento regio
El que tiene en la cornisa,
de los reyes los retratos
El que en columnas estriba.
Al que adornan azulejos
Abajo, y esmalte arriba,
El que muestra en cada muro
Un rico balcón, y encima
El hondo artesón dorado
Que lo corona y atrista,
Sin ver en tierra un cadáver;
Aun en las losas se mira
Una tenaz mancha oscura…
¡Ni las edades la limpian!…
¡Sangre! ¡Sangre!… ¡Oh, Cielos, cuántos
Sin saber que lo es la pisan!
Del salón de Embajadores se pasa a un patio de no grandes dimensiones, pero de imponderable belleza. Llámase de las Muñecas, y se compone de diez arcos, de los que los cuatro centrales son mayores que los restantes. Sostiénenlos columnas de mármol, y tanto sus muros como los de la galería que forman y los dos pisos superiores, son literalmente de finísimo y delicado encaje. Es todo blanco, y ha sido resguardado de la acción de la intemperie, colocando sobre él una elegante cubierta de cristales.
Sólo el lápiz y el pincel unidos pueden dar idea de la caprichosa variedad y belleza de los adornos, de que así el salón y los dos patios de que hemos hecho mérito, como las demás estancias del piso bajo del Alcázar, tienen revestidos sus muros; y de lo admirable de los artesonados. Por todas partes deslumbran el oro y los mosaicos compuestos de los más vistosos colores. Las ventanas, divididas a lo morisco por finas columnitas, dan la mayor parte a los jardines, los cuales tendrían quizás el aire demasiado grave, si la severidad de los naranjos y bojes que unos contra las paredes, otros sirviendo de marco a los cuadros, no discrepan de la etiqueta, no estuviera paliada por el murmullo de las fuentes, la espléndida alegría del cielo y la lontananza de sus horizontes que nada interrumpe, por concluir los jardines en los muros de la ciudad, lo que les da el silencio y el apacible encanto de la soledad.

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