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Margarita estбn en la policнa!
Laura se quedу mirando asombrada, muda.
—їDуnde anduvo, seсora?
—Fui al cafй de Tacuba.
—Pero eso fue hace dos dнas.
Josefina traнa el Ultimas Noticias. Leyу en voz alta: “La seсora Aldama continъa desaparecida. Se cree que el siniestro individuo de aspecto indнgena que la siguiу desde Cuitzeo, sea un sбdico. La policнa investiga en los estado de Michoacбn y Guanajuato.”
La seсora Laurita arrebatу el periуdico de las manos de Josefina y lo desgarrу con ira. Luego se fue a su cuarto. Nacha y Josefina la siguieron, era mejor no dejarla sola. La vieron echarse en su cama y soсar con los ojos muy abiertos. Las dos tuvieron el mismo pensamiento y asн se lo dijeron despuйs en la cocina: “Para mн, la seсora Laurita anda enamorada.” Cuando el seсor llegу ellas estaban todavнa en el cuarto de su patrona.
—ЎLaura! —gritу. Se precipitу a la cama y tomу a su mujer en sus brazos.
—ЎAlma de mi alma! —sollozу el seсor.
La seсora Laurita pareciу enternecida unos segundos.
—ЎSeсor! —gritу Josefina—. El vestido de la seсora estб bien chamuscado.
Nacha lo mirу desaprobбndola. El seсor revisу el vestido y las piernas de la seсora.
—Es verdad… tambiйn las suelas de sus zapatos estбn ardidas. Mi amor, їquй pasу?, їdуnde estuviste?
—En el cafй Tacuba —contestу la seсora muy tranquila.
La seсora Margarita se torciу las manos y se acercу a su nuera.
—Ya sabemos que anteayer estuviste allн y comiste una cocada. їY luego?
—Luego tomй un taxi y me vine para acб pro el perifйrico.
Nacha bajу los ojos, Josefina abriу la boca como para decir algo y la seсora Margarita se mordiу los labios. Pablo, en cambio, agarrу a su mujer por los hombros y la sacudiу con fuerza.
—ЎDйjate de hacer la idiota! їEn dуnde estuviste dos dнas?… їPor quй traes el vestido quemado?
—їQuemado? Si йl lo apago… —dejу escapar la seсora Laura.
—їEl?… їEl indio asqueroso? —Pablo la volviу a zarandear con ira.
—Me lo encontrй a la salida del cafй Tacuba… —sollozу la seсora muerta de miedo.
—ЎNunca pensй que fueras tan baja! —dijo el seсor y la aventу sobre la cama.
—Dinos quiйn es —preguntу la suegra suavizando la voz.
—їVerdad, Nachita, que no podнa decirles que era mi marido? —preguntу Laura pidiendo la aprobaciуn de la cocinera.
Nacha aplaudiу la discreciуn de su patrona y recordу que aquel mediodнa, ella, apenada por la situaciуn de su ama, habнa opinado:
—Tal vez el indio de Cuitzeo es un brujo.
Pero la seсora Margarita se habнa vuelto a ella con ojos fulgurantes para contestarle casi a gritos:
—їUn brujo? ЎDirбs un asesino!
Despuйs, en muchos dнas no dejaron salir a la seсora Laurita. El seсor ordenу que se vigilaran las puertas y vientanas de la casa. Ellas, las sirvientas, entraban continuamente la cuarto d ela seсora para echarle un vistazo. Nacha se negу siempre a exteriorizar su opiniуn sobre el caso o a decir las anomalнas que sorprendнa. Pero, їquiйn podнa callar a Josefina?
—Seсor, al amanecer, el indio estaba otra vez junto a la ventana —anunciу al llevar la bandeja con el desayuno.
El seсor se precipitу a la ventana y encontrу otra vez la huella de sangre fresca. La seсora se puso a llorar.
—ЎPobrecito!… Ўpobrecito!… —dijo entre sollozos.
Fue esa tarde cuando el seсor llegу con un mйdico. Despuйs el doctor volviу todos los atardeceres.
—Me preguntaba por mi infancia, por mi padre y por madre. Pero, yo, Nachita, no sabнa de cuбl infancia, ni de cuбl padre, ni de cuбl madre querнa saber. Por eso le platicaba d ela conquista de Mйxico. їTъ me entiendes verdad? —preguntу Laura con los ojos puestos sobre las cacerolas amarillas.
—Sн, seсora… —y Nachita, nerviosa, escrutу el jardнn a travйs de los vidrios de la ventana. La noche apenas si dejaba ver entre sus sombras. Recordу la cara desganada del seсor frente a su cena y la mirada acongojada de su madre.
—Mamб, Laura le pidiу al doctor la … de Bernal Dнaz del Castillo. dice que es lo ъnico que le interesa.
La seсora Margarita habнa dejado caer el tenedor.
—ЎPobre hijo mнo, tu mujer estб loca!
—No habla sino de la caнda de la Gran Tenochtitlбn —agregу el seсor Pablo con aire sombrнo.
Dos dнas despuйs, el mйdico, la seсora Margarita y el seсor Pablo decidieron que la depresiуn de Laura aumentaba con el encierro. Debнa tomar contacto con el mundo y enfrentarse con sus responsabilidades. Desde ese dнa, el seсor mandaba el automуvil para que su mujer saliera a dar paseнtos por el Bosque de Chapultepec. La seсora salнa acompaсada de su suegra y el chofer tenнa уrdenes de vigilarlas estrechamente. Sуlo que el aire de los eucaliptos no la mejoraba, pues apenas volvнa a su casa, la seсora Laurita se encerraba en su cuarto para leer la conquista de Mйxico de Bernal Dнaz.
Una maсana la seсora Margarita regresу del Bosque de Chapultepec sola y desamparada.
—ЎSe escapу la loca! —gritу con voz estentуrea al entrar en la casa.
—Fнjate, Nacha, me sentй en la misma banquita de siempre y me dije: “No me lo perdona. Un hombre puede perdonar una, dos, tres, cuatro traiciones, pero la traiciуn permanente, no.” Este pensamiento me dejу muy triste. Hacia calor y Margarita se comprу un helado de vainilla; yo no quise, entonces ella se metiу al automуvil a comerlo. Me fijй que estaba tan aburrida de mн, como yo de ella. A mн no me gusta que me vigilen y tratй de ver otras cosas para no verla comiendo su barquillo mirбndome. Vi el heno gris que colgaba de lo sahuehuetes y no sй por quй, la maсana se volviу tan triste como esos бrboles. “Ellos y yo hemos visto las mismas catбstrofes”, me dije. Por la calzada vacнa, se paseaban las horas solas. Como las horas estaba yo: sola en una calzada vacнa. Mi marido habнa contempaldo pro la ventana mi traiciуn permanente y me habнa abandonado en esa clazad hecha de cosas que no existнan. recordй el olor de las hojas de maнz y el rumos sosegado de su pasos. “Asн caminaba, con el ritmo de las hojas secas cuando el vietno de febreo las lleva sobre las piedras. Antes no necesitaba volver la cabeza para saber qu eйl estaba ahн mirбndome las espaldas”… Andaba en esos tristes pensamientos, cuando oн correr al sol y las hojas secas empezaron a cambiar d esitio. Su respiraciуn se acercу a mis espaldas, luego se puso frente a mн, vi sus pies desnudos delante de los mнos. Tenнa un araсazo en la rodilla. Levantй los ojos y me hallй bajo los suyos. Nos quedamos mucho rato sin hablar. Por respeto yo espraba su spalabras.
—їQuй te haces? —me dijo.
Vi que no se movнa y que parecнa mбs triste que antes.
—Te estaba esperando —contestй.
—Ya va a llegar el ъltimo dнa…
Me pareciу que su voz salнa del fondo de los tiempos. Del hombro le seguнa brotando sangre. Me llenй de vergьenza, bajй los ojos, abrн mi bolso y saquй un paсuelito para limpiarle el pecho. Luego lo volvн a guardar. El siguiу quieto, observбndome.
—Vamos a la salida de Tacuba… Hay muchas traiciones.
Me agarrу de la mano y nos fuimos caminando entre la gente, que gritaba y se quejaba. Habнa muchos muertos que flotaban en el agua de los canales. Habнa mujeres sentadas en la hierba mirбndolos flotar. De todas partes surgнa la pestilencia y los niсos lloraban corriendo de un lado para otro, perdidos de sus padres. Yo miraba todo sin querer verlo. Las canoas despedazadas no llevaban a nadie, sуlo daban tristeza. El marido me sentу debajo de un бrbol roto. Puso una rodilla en tierra y mirу alerta lo que sucedнa a nuestro alrededor. El no tenнa miedo. Despuйs me mirу a mн.
—Ya sй que eres traidora y que me tienes buena voluntad. Lo bueno crece junto a lo malo.
Los gritos de los niсos apenas me dejaban oнrlo. Venнan de lejos, pero eran tan fuertes que rompнan la luz del dнa. Parecнa que era la ъltima vez que iban a llorar.
—Son las criaturas… —me dijo.
—Este es el final del hombre —repetн, porque no se me ocurrнa otro pensamiento.
El me puso las manos sobre los oнdos y luego me guardу contra su pecho.
—Traidora te conocн y asн te quise.
—Naciste sin suerte —le dije. Me abracй a йl. Mi primo marido cerrу los ojos par ano dejar correr las lбgrimas. Nos acostamos sobre las ramas rotas del pirъ. Hasta allн nos llegaron los gritos de los guerreros, las piedras y los llantos de los niсos.
—El tiempo se estб acabando… —suspirу mi marido.
Por una grieta se escapaban las mujeres que no querнan morir junto con lafecha. Las filas de hombres caнan una despuйs de la otra, en cadena como si estuvieran cogidos de la mano y el mismo golpe los derribara a todos. Algunso daban un alarido tan fuerte, que quedaba resonando mucho rato despuйs de su muerte.
Faltaba poco para que nos fuйramos para siempre en uno solo cuando mi primo se levantу, me juntу ramas y me hizo una cuevita.
—Aquн me esperas.
Me mirу y se fue a combatir con la esperanza de evitar la derrota. Yo me quedй acurricada. No quise ver a las gentes que huнan, par ano tener la tentaciуn, ni tampoco quise ver a los muertos que flotaban en el agua para no llorar. Me puse a contar los frutitos que colgaban de las ramas cortadas: estaban secos y cuando los tocaba con los dedos, la cбscara roja se les caнa. No sй porque me parecieron de mal agьero y preferн mirar el cielo, que empezу a oscurecerse. Primero se puso pardok, luego emepzу a coger el color de los ahogados de los canales. Me quedй recordando los colores de otras tardes. pero la tarde siguiу amoratбndose, hichбndose, como si de pronto fuera a reventar y supe que se habнa acabado el tiempo. si mi primo no volvнa, їquй serнa de mн? Tal vez que ya estaba muerto en el cambte. No me importу su suerte y me salн de allн a toda carrera perseguida por el miedo. Cuando llegue y me busque… No tuve tiempo de acabar mi pensamiento porque me hallй en el anochecer de Mйxico. Margarita ya se debe haber acabado su helado de vainilla y Pablo debe de estar muy enojado … Un taxi me trajo por el perifйrico. їY sabes, Nachita?, los perifйricos eran los canales infestados de cadбveres… por eso lleguй tan triste… Ahora, Nachita, no le cuentes al seсor que me pasй la tarde con mi marido.
Nachita se acomodу los brazos sobre la falda lila.
—El seсor Pablo hace ya diez dнas que se fue a Acapulco. Se quedу muy flaco con las semanas que durу la investigaciуn —explicу Nachita satisfecha.
Laura la mirу sin sorpresa y suspirу con alivio.
—La que estб arriba es la seсora Margarita —agregу Nacha volviendo los ojos hacia el techo de la cocina.
Laura se abrazу la rodillas y mirу por los cirstales de la ventana a las rosas borradas por las sombras nocturnas y a las ventanas vecinas que empezaban a apagarse.
Nachita se sirviу sal sobre el dorse de la mano y la comiу golosa.
—ЎCuбnto coyote! ЎAnda muy alborotada la coyotada! —dijo con la voz llena de sal.
Laura se quedу escuchando unos i

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