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Карлос Кастанеда. Путешествие в Иштлан. CARLOS CASTANEDA. VIAJE A IXTLÁN


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n la voz-. Está aquí.
Una repentina racha de viento me golpeó en ese instante e hizo arder mis ojos. Miré hacia la zona en cuestión. No había absolutamente nada fuera de lo común.
-No veo nada -dije.
-Acabas de sentirlo -repuso. Ahora mismo. Se te metió en los ojos y te impidió ver.
-¿De qué habla usted?
-A propósito te traje a la punta de un cerro -di¬jo-. Aquí nos notamos mucho y algo se nos viene encima.
-¿Qué cosa? ¿El viento?
-No sólo el viento -dijo con severidad-. A ti te parece viento porque el viento es todo lo que conoces.
Esforcé los ojos mirando los arbustos. Don Juan estuvo un momento en silencio junto a mí y luego se adentró en el chaparral cercano y empezó a arran¬car ramas grandes de los matorrales en torno; reunió ocho y formó un bulto. Me ordenó hacer lo mismo y pedir disculpas en voz alta a las plantas, por muti¬larlas.
Cuando tuvimos dos bultos me hizo correr con ellos a la cima del cerro y acostarme bocabajo entre dos grandes rocas. Con tremenda rapidez acomodó las ra¬mas de mi bulto para que me cubrieran todo el cuer¬po; luego se cubrió en la misma forma y susurró, por entre las hojas, que observara yo cómo el supuesto viento dejaba de soplar una vez que nos volvíamos inconspicuos.
En cierto instante, para mi asombro total, el viento dejó realmente de soplar como don Juan había pre¬dicho. Ocurrió de modo tan gradual que yo no hu¬biera notado el cambio de no estar deliberadamente esperándolo. Durante un rato el viento silbó atrave¬sando las hojas sobre mi cara y luego, poco a poco, todo quedó quieto en torno nuestro.
Susurré a don Juan que el viento había cesado y él respondió, también en un susurro, que no debía yo hacer ningún ruido o movimiento notorio, pues lo que llamaba el viento no era viento en absoluto, sino algo que tenía voluntad propia y era capaz de reconocernos.
Reí de nerviosismo.
En voz apagada, don Juan me llamó la atención con respecto a la quietud que nos rodeaba, y susurró que iba a ponerse en pie y yo debía seguirlo, apar¬tando suavemente las ramas con la mano izquierda.
Nos incorporamos al mismo tiempo. Don Juan miró un momento la distancia hacia el sur y luego se volvió abruptamente para encarar el oeste.
-Traicionero. Muy traicionero -murmuró, seña¬lando un área hacia el suroeste.
¡Mira! ¡Mira! -me instó.
Miré con toda la intensidad de que era capaz. Quería ver aquello a lo que él se refería, fuera lo que fuera, pero no advertí nada que no hubiera visto an¬tes; había únicamente arbustos que parecían agitados por un viento suave: ondulaban.
-Aquí está -dijo don Juan.
En ese momento sentí una bocanada de aire en la cara. Al parecer, el viento había en verdad empezado a soplar después de que nos levantamos. Yo no po¬día creerlo; tenía que haber una explicación lógica.
Don Juan soltó una risita suave y me dijo que no forzara mi cerebro buscando las razones.
-Vamos a juntar otra vez los arbustos -dijo-. No me gusta hacerles esto a las plantitas, pero hay que pararte.
Recogió las ramas que habíamos usado para cubrir¬nos y apiló piedras y tierra sobre ellas. Luego, repi¬tiendo los movimientos que hicimos antes, cada uno de nosotros juntó otras ocho ramas. Mientras tanto, el viento soplaba sin cesar. Yo lo sentía encrespar el cabello en torno a mis oídos. Don Juan susurró que, una vez que me cubriese, yo no debía hacer el más leve sonido o movimiento. Con mucha rapidez puso las ramas sobre mi cuerpo, y luego se tendió y se cubrió a su vez.
Permanecimos en esa posición unos veinte minutos, y durante ese tiempo ocurrió un fenómeno extraordi¬nario: el viento volvió a cambiar, de una racha dura y continua, a una vibración apacible.
Contuve el aliento, esperando la señal de don Juan. En un momento dado, apartó suavemente las ramas. Hice lo mismo y nos incorporamos. La cima del cerro estaba muy quieta. Sólo había una leve y suave vi¬bración de hojas en el chaparral en torno.
Los ojos de don Juan se hallaban fijos en una zona de los matorrales al sur de nosotros.
-¡Allí está otra vez! -exclamó en voz recia.
Salté involuntariamente, casi perdiendo el equili¬brio, y él me ordenó mirar, en tono fuerte e impe¬rioso.
-¿Qué se supone que vea? -pregunté, desesperado.
Dijo que aquello, el viento o lo que fuese, era como una nube o un remolino que, bastante por encima del matorral, avanzaba dando vueltas hacia el cerro donde estábamos.
Vi un ondular formarse en los arbustos, a distancia.
-Ahí viene -me dijo don Juan al oído-. Mira cómo nos anda buscando.
En ese momento una racha de viento fuerte y cons¬tante golpeó mi rostro, como anteriormente. Pero esta vez mi reacción fue distinta. Me aterré. No había visto lo descrito por don Juan, pero sí un extraño escarceo agitando los arbustos. No deseando sucum¬bir al miedo, busqué deliberadamente cualquier tipo de explicación adecuada. Me dije que en la zona debía haber continuas corrientes de aire y don Juan, conocedor de toda la región, no sólo tenía conciencia de eso sino era capaz de calcular mentalmente su re¬currencia. No tenía más que acostarse, contar y es¬perar que el viento amainara; y una vez de pie sólo le era necesario esperar que empezase de nuevo.
La voz de don Juan me arrancó de mis delibera¬ciones. Me decía que era hora de irse. Hice tiempo; quería quedarme para comprobar que el viento amai¬naría.
-Yo no vi nada, don Juan -dije.
-Pero notaste algo fuera de lo común.
-Quizá debería usted volver a decirme qué se su¬ponía que viera.
-Ya te lo dije -repuso-. Algo que se esconde en el viento y parece un remolino, una nube, una niebla, una cara que da vueltas.
Don Juan hizo un gesto con las manos para des¬cribir un movimiento horizontal y uno vertical.
-Se mueve en una dirección específica -prosi¬guió-. Da tumbos o da vueltas. Un cazador debe conocer todo eso para moverse en forma correcta.
Quise decir algo para seguirle la corriente, pero se veía tan concentrado en dejar claro el tema, que no me atreví. Me miró un momento y aparté los ojos.
-Creer que el mundo sólo es como tú piensas, es una estupidez -dijo-. El mundo es un sitio miste¬rioso. Sobre todo en el crepúsculo.
Señaló hacia el viento con un movimiento de bar¬billa.
-Esto puede seguirnos -dijo-. Puede fatigarnos, o hasta matarnos.
-¿Ese viento?
-A esta hora del día, en el crepúsculo, no hay viento. A esta hora sólo hay poder.
Estuvimos sentados en el cerro durante una hora. El viento sopló fuerte y constante todo ese tiempo.

Viernes, junio 30, 1961

AL declinar la tarde, después de comer, don Juan y yo nos instalamos en el espacio frente a su puerta. Tomé asiento en mi “sitio” y me puse a trabajar en mis notas. Él se acostó de espaldas, con las manos unidas sobre el estómago. Todo el día habíamos per¬manecido cerca de la casa por razón del “viento”. Don Juan explicó que habíamos molestado adrede al vien¬to, y que lo mejor era no buscarle tres pies al gato. Incluso debería dormir cubierto de ramas.
Una racha repentina hizo a don Juan incorporarse en un salto increíblemente ágil.
-Me lleva la chingada -dijo-. El viento te anda buscando.
-No puedo aceptar eso, don Juan -dije, rien¬do-. De veras no puedo.
No estaba terqueando; simplemente me resultaba imposible secundar la idea de que el viento tenía voluntad propia y andaba en mi busca, o de que realmente nos había localizado en la cima del cerro y se había lanzado contra nosotros. Dije que la idea de un “viento voluntarioso” era una visión del mundo bastante simplista.
-¿Entonces qué es el viento? -preguntó en tono de reto.
Con toda paciencia le expliqué que las masas de aire caliente y frío producen distintas presiones y que la presión hace a las masas de aire moverse en sentido vertical y horizontal. Me tomó un buen rato explicar todos los detalles de la meteorología básica.
-¿Quieres decir que el viento no es otra cosa que aire caliente y frío? -preguntó en tono desconcer¬tado.
-Me temo que así es -dije, y en silencio gocé mi triunfo.
Don Juan parecía hallarse pasmado. Pero entonces me miró y soltó la risa.
-Tus opiniones son definitivas -dijo con un ma¬tiz de sarcasmo-. Son la última palabra, ¿no? Pues para un cazador, tus opiniones son pura mierda. No importa para nada que la presión sea uno o dos o diez; si vivieras aquí en el desierto sabrías que du¬rante el crepúsculo el viento se transforma en poder. Un cazador digno de serlo, sabe eso y actúa de acuerdo.
-¿Cómo actúa?
-Usa el crepúsculo y ese poder oculto en el viento.
-¿Cómo?
-Si le conviene, el cazador se esconde del poder cubriéndose y quedándose quieto hasta que el cre¬púsculo pasa y el poder lo tiene envuelto en su pro¬tección.
Don Juan hizo gesto de envolver algo con las manos.
-Su protección es como un …..
Se detuvo en busca de u

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