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Берналь Диас дель Кастильо. “Правдивая история завоевания Новой Испании” (BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO. HISTORIA VERDADERA DE LA CONQUISTA DE LA NUEVA ESPAÑA)


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todos los más vecinos de Huexocingo, y como llegaron a aquel pueblo donde
estábamos, fueron a abrazar a Cortés y a todos nuestros capitanes y soldados, y
llorando algunos de ellos, dijeron a Cortés: ?¡Oh, Malinche, y cómo nos pesa de
vuestro mal y de todos vuestros hermanos, y de los muchos de los nuestros que
con vosotros han muerto! Ya os lo habíamos dicho muchas veces que no os
fiaseis de gente mejicana, porque un día y otro os habían de dar guerra. No me
quisisteis creer. Ya hecho es, no se puede al presente hacer más de curaros y
daros de comer. En vuestras casas estáis. Descansad e iremos luego a nuestro
pueblo y os aposentaremos. Y no pienses, Malinche, que has hecho poco en
escapar con las vidas de aquella tan fuerte ciudad y sus puentes. Yo te digo que
si de antes os teníamos por muyesforzados, ahora os tengo en mucho más. Bien
sé que llorarán muchas mujeres e indios de estos nuestros pueblos las muertes de
sus hijos, maridos, hermanos y parientes. No te congojes por ello. Y mucho
debes a tus dioses que te han aportado aquí y salido de entre tanta multitud de
guerreros que os aguardaban en lo de Otumba, que cuatro días había que lo supe
que os esperaban para mataros. Yo quería ir en vuestra busca con treinta mil
guerreros de los nuestros, y no pude salir a causa que no estábamos juntos y los
andaban juntando?.
Cortés y todos nuestros capitanes y soldados los abrazamos y les dijimos que se
lo teníamos en merced. Y Cortés les dio a todos los principales joyas de oro y
piedras, que todavía se escaparon, cada cual soldado lo que pudo; asimismo
dimos algunos de nosotros a nuestros conocidos de lo que teníamos.
CÓMO FUIMOS A LA PROVINCIA DE TEPEACA Y LO QUE EN ELLA
HICIMOS
Como Cortés había demandado a los caciques de Tlascala cinco mil hombres de
guerra para ir a correr y castigar los pueblos donde habían muerto españoles, que
eran Tepeaca, Cachula y Tecamachalco, de muy entera voluntad tenían
aparejados hasta cuatro mil indios, porque si mucha voluntad teníamos nosotros
de ir a aquellos pueblos, mucha más gana tenían Maseescasi y Xicotenga el
Viejo de darles guerra.
Al otro día tuvimos en un llano una buena batalla con los mejicanos y
tepeaqueños, y como el campo era labranzas de maíz y magueyales, aunque
peleaban bravosamente los mejicanos, presto fueron desbaratados por los de a
caballo.
Como los de Tepeaca vieron que con el bravear que hacían los mejicanos que
tenían en su pueblo y guarnición eran desbaratados, y ellos juntamente,
acordaron, sin decirles cosa ninguna, venir adonde estábamos. Los recibimos de
paz, dieron la obediencia a Su Majestad, y echaron los mejicanos de sus casas.
Nos fuimos al pueblo de Tepeaca, donde se fundó una villa que se nombró
Segura de la Frontera, porque estaba en el camino de la Villa Rica.Allí se
nombraron alcaldes y regidores y se dio orden cómo se corriesen los rededores
sujetos a Méjico, en especial los pueblos adonde habían muerto a españoles. Se
hizo el hierro con que se habían de herrar los que se tomaban por esclavos, que
era una ?G?, que quiere decir guerra. Desde la villa de Segura de la Frontera
corríamos los alrededores, de manera que en obra de cuarenta días tuvimos
aquellos pueblos muy pacíficos y castigados.
Ya en aquella sazón habían alzado en Méjico otro señor, porque el que nos echó
de Méjico era fallecido de viruela, y al señor que hicieron era un sobrino o
pariente muy cercano de Montezuma, que se decía Guatemuz, mancebo de hasta
veinticinco años, bien gentil hombre para ser indio, y muy esforzados. Era
casado con una hija de Montezuma, bien hermosa mujer para ser india.
Como ya esta dan de paz todos los pueblos comarcanos de Tepeaca, acordó
Cortés que quedase en la villa de Segura de la Frontera por capitán un Francisco
de Orozco con obra de veinte soldados y con todos los más de nuestro ejército
fuimos a Tlascala; y se dio orden que se cortase madera para hacer trece
bergantines para se cortase madera para hacer trece bergantines para ir otra vez a
Méjico, porque hallábamos por muy cierto que para la laguna, sin bergantines,
no la podíamos señorear.
Cuando llegamos a Tlascala ya era fallecido de viruelas nuestro gran amigo y
muy leal vasallo de Su Majestad Maseescasi, de la cual muerte nos pesó a todos,
y Cortés lo sintió tanto, como él decía, como si fuera su padre, y se puso luto de
mantas negras y asimismo muchos de nuestros capitanes y soldados. Cortés y
todos nosotros les hacíamos mucha honra a sus hijos y parientes, y porque en
Tlascala había diferencias sobre el mando y cacicazgo, señaló y mandó que lo
fuese un hijo legítimo del mismo Maseescasi, porque así lo había mandado su
padre antes que muriese.
Xicotenga el Viejo y Chichimecatecle y todos los más caciques de Tlascala se
ofrecieron a servir a Cortés así en cortar la madera para los bergantines como
para todo lo demás que les quisiesen mandar en la guerra contra mejicanos.
Cortés les abrazó con mucho amor y les dio gracias por ello, y luego procuró
que se volviesen cristianos, y el buen Xicotenga de buena voluntad dijo que lo
quería ser. Con la mayor fiesta que en aquella sazón se pudo hacer en Tlascala le
bautizó el padre de la Merced y le puso por nombre don Lorenzo de Vargas.
Volvamos a decir de nuestros bergantines. Martín López se dio tanta prisa en
cortar la madera, con la gran ayuda de indios que le ayudaban, que en pocos días
la tenía ya toda cortada y señalada su cuenta en cada madero para qué parte y
lugar había de ser, según tienen sus señales los oficiales, maestros y carpinteros
de ribera.
Luego despachó Cortés a la Villa Rica por mucho hierro y clavazón de los
navíos que dimos al través, y mandó venir todos los herreros que había. Y envió
por capitán para mandarlo traer a un Santa Cruz, muy buen soldado y hasta las
calderas para hacer brea y todo cuanto de antes habían sacado de los navíos trajo
con más de mil indios. Pues como no teníamos pez para brear, ni aun los indios
lo sabían hacer, mandó Cortés a cuatro hombres de la mar que sabían de aquel
oficio que en unos pinares cerca de Huexocingo, que los hay buenos, fuesen a
hacer la pez.
Viendo Cortés que ya era cortada la madera para los bergantines y se habían ido
a las personas de los de Narváez, que los teníamos por sobrehuesos,
especialmente poniendo temores, y libre de aquellas zozobras, acordó Cortés
que fuésemos con todos nuestros soldados para la ciudad de Tezcuco. Sobre ello
hubo grandes y muchos acuerdos, porque unos soldados decían que era mejor
sitio y acequias y zanjas para hacer los bergantines en Ayocingo, junto a Chalco,
que no en la zanja y estero; y otros porfiábamos que mejor sería en Tezcuco, por
estar en parte y sitio cerca de muchos pueblos, y que teniendo aquella ciudad por
nosotros, desde allí haríamos entradas en las tierras comarcanas de Méjico, y
puestos en aquella ciudad por nosotros, desde allí haríamos entradas en las
tierras comarcanas de Méjico, y puestos en aquella ciudad tomaríamos el mejor
parecer según sucediesen las cosas. Pues ya que estaba acordado lo por mí
dicho, viene nueva y cartas, que trajeron soldados, de cómo había venido a la
Villa Rica un navío de Castilla o de las islas de Canaria, de buen porte, cargado
de muchas mercaderías, escopetas, pólvora y ballestas, e hilo de ballestas, y tres
caballos, y otras armas, y venía por señor de la mercadería y navío Juan de
Burgos, y por maestre Francisco de Medel, y venían trece soldados. Luego le
envió Cortés a comprar todas las armas y pólvora y todo lo más que traía, y aun
el mismo Juan de Burgos y Medel y todos los pasajeros que traía se vinieron
luego para donde estábamos, con los cuales recibimos contento viendo tan buen
socorro y en tal tiempo.
CÓMO CAMINAMOS CON TODO NUESTRO EJÉRCITO CAMINO DE LA
CIUDAD DE TEZCUCO
Como Cortés vio tan buen aparejo de escopetas, pólvora, ballestas y caballos, y
conoció de todos nosotros el gran deseo que teníamos de estar ya sobre la gran
ciudad de Méjico, acordó hablar a los caciques de Tlascala para que le diesen
diez mil indios de guerra que fuesen con nosotros a aquella jornada hasta
Tezcuco. Luego con nosotros a aquella jornada hasta Tezcuco. Luego Xicotenga
el Viejo dijo que le placía de buena voluntad, no solamente diez mil hombres,
sino muchos más si los quería llevar, y que iría por capitán de ellos otro cacique

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