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Берналь Диас дель Кастильо. “Правдивая история завоевания Новой Испании” (BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO. HISTORIA VERDADERA DE LA CONQUISTA DE LA NUEVA ESPAÑA)


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bandos y medio chirinolas sobre quién sería capitán hasta saber de Cortés, y
quién más en ello metía la mano fue Diego de Ordaz, como mayordomo de
Velásquez, a quien enviaba para entender solamente en lo de la armada, no se
alzasen con ella.
Dejemos esto y volvamos a Cortés, que, como venía en el navío de mayor porte,
como antes tengo dicho, y en el paraje de la isla de Pinos o cerca de los Jardines
hay muchos bajos, parece ser tocó y quedó algo en seco el navío y no pudo
navegar; y con el batel mandó descargar toda la carga que se pudo sacar, porque
allí cerca había tierra, donde lo descargaron. Desde que vieron que el navío
estaba a flote y podía nadar, le metieron en más hondo y tornaron a cargar lo que
habían sacado en tierra, dio vela y fue sui viaje hasta el puerto de la Habana.
Cuando llegó, todos los más de los caballeros y soldados que le aguardábamos
nos alegramos con su venida,. Salvo algunos que pretendían ser capitanes y
cesaron las chirinolas. Después que le aposentamos en casa de Pedro Barba que
era teniente de aquella villa del Diego Velázquez, mandó sacar sus estandarte y
ponerlos delante de las casas donde posaba; y mandó dar pregones, según y de la
manera de los pasados.
De allí de la Habana vino un hidalgo, que se decía Francisco de Montejo, y éste
es el por mí muchas veces nombrado, que después de ganado Méjico fue
adelantado y gobernador de Yucatán, y vinieron otros más, y todos personasde
calidad. Cuando Cortés los vio todos aquellos hidalgos juntos se holgó en gran
manera, y luego envió un navío a la punta de Guaniguanico, a un pueblo que allí
estaba de indios, a donde hacían cazabe y tenían muchos puercos, para que
cargase el navío de tocinos porque aquella estancia era del gobernador Diego
Velázquez.
Volvamos a decir de Francisco de Montejo y de todos aquellos vecinos de la
Habana, que metieron mucho matalotaje de cazabe y tocino, que otra cosa no
había. Y luego Cortés mandó sacar toda la artillería de los navíos, que eran diez
tiros de bronce y ciertos falconetes, y dio cargo de ello a un artillero que se decía
Mesa, y a un levantisco que se decía Arbenga, y a un Juan Catalán para que lo
limpiasen y probasen y que las pelotas y pólvora que todo lo tuviese muy a
punto. Asimismo mandó aderezar las ballestas, y que tirasen a terreno, y que
mirasen a cuántos pasos llegaba la fuga de cada una de ellas. Como en aquella
tierra de la Habana había mucho algodón, hicimos armas muy bien colchadas,
porque son buenas para entre los indios, porque es mucha la vara y flecha y
lanzadas que daban; pues piedra, era como granizo.
Todo esto ordenado, nos mandó apercibir para embarcar, y que los caballos
fuesen repartidos en todos los navíos; hicieron pesebrera y metieron mucho maíz
y yerba seca.
COMO CORTÉS SE HIZO A LA VELA CON TODA SU COMPAÑÍA DE
CABALLEROS Y SOLDADOS PARA LA ISLA DE COZUMEL
No hicimos alarde hasta la isla de Cozumel. Cortés mandó a Pedro de Alvarado
que fuese por la banda del norte en un buen navío, que se decía San Sebastián, y
mandó al piloto que llevaba en el navío que le aguardase en la punta de San
Antón para que allí se juntase con todos los navíos para ir en conserva hasta
Cozumel; y envió mensajero a Diego de Ordaz, que había ido por el bastimento
que hiciese lo mismo, porque estaba en la banda del norte.
El diez de febrero de 1519, después de haber oído misa, nos hicimos la vela con
nueve navíos por la banda delsur, con la copia de los caballeros y soldados que
dicho tengo, y con los dos navíos por la banda del norte, que fueron once con el
que fue Pedro e Alvarado con sesenta soldados, y yo fui en su compañía.
El piloto que llevábamos, que se decía Camacho, no tuvo cuenta de lo que le fue
mandado por Cortés, y siguió su derrota, y llegamos dos días primeros que
Cortés a Cozumel.
Cortés aún no había llegado con su flota, por causa que el navío, en que venía
por capitán Francisco de Moria, con el mal tiempo, se le soltó el gobernalle, y
fue socorrido con otro gobernalle de los navíos que venían con Cortés.
Volvamos a Pedro de Alvarado, que así como llegamos al puerto saltamos en
tierra en el pueblo de Cozumel, con todos los soldados, y no hallamos indios
ningunos, que se habían ido huyendo. Mandó que luego fuésemos a otro pueblo,
que estaba de allí una legua, y también se amontonaron, y huyeron los naturales,
y no pudieron llevar su hacienda y dejaron gallinas y otras cosas. De las gallinas
mandó Pedro de Alvarado que tomasen hasta cuarenta. También en una casa de
oratorio de ídolos tenían unos paramentos de mantas viejas y unas arquillas
donde estaban unas como diademas e ídolos y cuentas y pinjantillos de oro bajo;
también se les tomó dos indios y una india; y volvimos al pueblo donde
desembarcamos.
Estando en esto llega Cortés con los navío, y después de aposentado, la primera
cosa que hizo fue mandar echar preso en grillos al piloto Camacho porque no
aguardó en la mar como le fue mandado. Y desde que vio el pueblo sin gente y
supo cómo Pedro de Alvarado había ido al otro pueblo, y que les había tomado
gallinas y paramentos y otras cosillas de poco valor de los indios, y el oro medio
cobre, mostró tener mucho enojo de ello y de cómo no aguardó el piloto.
Reprendió gravemente a Pedro de Alvarado y le dijo que no se habían de
apaciguar las tierras de aquella manera, tomando a los naturales su hacienda.
Luego mandó traer los dos indios y la india quehabíamos tomado, y con el indio
Melchorejo, que llevamos de la punta de Cotoche, que entendía bien aquella
lengua, les habló (porque Julianillo, su compañero, ya se había muerto) que
fuesen a llamar los caciques e indios de aquel pueblo, y que no tuviesen miedo.
Y les mandó devolver el oro y parámetros y todo lo demás, y por las gallinas,
que ya se habían comido, les mandó dar cuentas y cascabeles, y además dio a
cada indio una camisa de Castilla.
Por manera que fueron a llamar al señor de aquel pueblo; y otro día vino el
cacique con toda su gente e hijos y mujeres de todos los del pueblo, y nadaban
entre nosotros como si toda su vida nos hubieran tratado, y mandó Cortés que no
se les hiciese enojo alguno.
Aquí en esta isla comenzó Cortés a mandar muy de hecho, y Nuestro Señor le
daba gracia que doquiera que ponía la mano se le hacía bien, en especial en
pacificar los pueblos y naturales de aquellas partes como adelante verán.
De ahí a tres días que estábamos en Cozumel, mandó hacer alarde para saber
qué tantos soldados llevaba, y halló por su cuenta que éramos quinientos ocho,
sin maestres y pilotos y marineros, que serían ciento; diez y seis caballos y
yeguas (las yeguas todas eran de juego y de carrera), once navíos grandes y
pequeños; treinta y dos ballesteros, trece escopeteros, diez tiros de bronce,
cuatro falconetes, y mucha pólvora y pelotas.
CÓMO CORTÉS SUPO DE DOS ESPAÑOLES QUE ESTABAN EN PODER
DE LOS INDIOS EN LA PUNTA DE COTOCHE
Como Cortés en todo ponía gran diligencia, me mandó llamar a mí y a un
vizcaíno que se decía Martín Ramos, y nos preguntó de qué sentíamos de
aquellas palabras que nos hubieron dicho los indios de Campeche cuando
vinimos con Francisco Hernández de Córdoba, que decían: ?Castillán,
Castillán?; y nosotros se lo tornamos a contar según y de la manera que lo
habíamos visto y oído. Dijo que ha pensado muchas veces en ello, y que por
ventura estarían algunos españoles en aquellas tierras, y dijo: ?Paréceme que
serábien preguntar a estos caciques de Cozumel si saben alguna nueva de ellos?.
Con Melchorejo, el de la Punta de Cotoche, que entendía ya poca cosa de la
lengua de Castilla y sabía muy bien la de Cozumel, se lo preguntó a todos los
principales, y todos a una dijeron que habían conocido ciertos españoles, y
daban señas de ellos, y que en la tierra adentro, andadura de dos días, estaban, y
los tenían por esclavos unos caciques, y que allí en Cozumel había indios
mercaderes que les hablaron hacía pocos días. De los cual todos nos alegramos.
Díjoles Cortés que luego los fuesen a llamar con cartas, que en su lengua llaman
amales; y dio a los caciques y a los indios que fueron con las cartas camisas, y
los halagó, y les dijo que cuando volviesen les darían más cuentas. El cacique

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