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Берналь Диас дель Кастильо. “Правдивая история завоевания Новой Испании” (BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO. HISTORIA VERDADERA DE LA CONQUISTA DE LA NUEVA ESPAÑA)


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artillería señalaron doscientos indios de Tlascala y cincuenta soldados, y para
que fuesen en la delantera peleando señalaron a Gonzalo de Sandoval y a Diego
de Ordaz; a Francisco de Saucedo y a Francisco de Lugo y una capitanía de icen
soldados mancebos sueltos para que fuesen entre medias y acudiesen en la parte
que más conviniese pelear. Señalaron al mismo Cortés, Alonso de Ávila,
Cristóbal de Olid y a otros capitanes que fuesen en medio. En la retaguardia a
Pedro de Alvarado y a Juan Velásquez de León, y entremetidos en medio de los
capitanes y soldados de Narváez, y para que llevasen a cargo los prisioneros y a
doña Marina y doña Luisa, señalaron trescientos tlascaltecas y treinta soldados.
Pues hecho este concierto, ya era de noche, y para sacar el oro y llevarlo o
repartirlo, mandó Cortés a su camarero, que se decía Cristóbal de Guzmán y a
otros soldados sus criados, que todo el oro, joyas y plata lo sacasen con muchos
indios de Tlascala que para ello les dio, y lo pusieran en la sala. Dijo a los
oficiales del rey, que se decían Alonso de Ávila y Gonzalo Mexía, que pusiesen
cobro en el oro de Su Majestad.
Cargaron de ello a bulto lo que más pudieron llevar, que estaban hechas barras
muy anchas, y quedaba mucho oro en la sala hecho montones. Entonces Cortés
llamó a su secretario y a otros escribanos del rey y dijo: ?Dadme por testimonio
que no puedo máshacer sobre este oro. Aquí teníamos en este aposento y sala
sobre setecientos mil pesos de oro, y como habéis visto que no se puede pesar ni
poner más en cobre, los soldados que quisieren sacar de ello, desde aquí se lo
doy, como ha de quedar perdido entre estos perros?.
Cuando aquello oyeron, muchos soldados de los de Narváez, y algunos de los
nuestros, cargaron de ello. Yo digo que no tuve codicia sino procurar de salvar
la vida, mas no dejé de apañar de unas cajuelas que allí estaban unos cuatro
chalchihuís, que son piedra entre los indios muy preciadas, que de presto me
eché en los pechos entre las armas, que me fueron después buenas para curar
mis heridas y comer el valor de ellas.
Desde que supimos el concierto que Cortés había hecho de la manera que
habíamos de salir e ir aquella noche a los puentes, y como hacía algo oscuro y
había niebla y lloviznaba, antes de medianoche se comenzó a traer el puente y
caminar el fardaje y los caballos y la yegua y los tlascaltecas cargados con el
oro; y de presto se puso el puente, y pasó Cortés y los demás que consigo traía
primero, y muchos de a caballo. Estando en esto suenan las voces y cornetas y
gritas y silbidos de los mejicanos, y decían en su lengua a los de Tatelulco:
?¡Salid presto con vuestras canoas, que se van los teúles, y tajadles que no quede
ninguno con vida!?. Cuando no me cato, vimos tantos escuadrones de guerreros
sobre nosotros, y toda la laguna cuajada de canoas, que no nos podíamos valer.
Muchos de nuestros soldados ya habían pasado, y estando de esta manera cargan
tanta multitud de mejicanos a quitar el puente y a herir y matar en los nuestros,
que no se daban a manos. Como la desdicha es mala en tales tiempos, ocurre un
mal sobre otro; como llovía, resbalaron dos caballos y caen en la laguna.
Cuando aquello vimos yo y otros de los de Cortés nos pusimos en salvo de esa
parte del puente, y cargaron tanto guerrero, que por bien que peleábamos no se
pudo más aprovechar de ella. De manera que aquel paso y abertura de aguade
presto se llenó a caballos muertos y de indios e indias y naborías y fardaje y
petacas.
Temiendo no nos acabasen de matar, tiramos por nuestra calzada adelante y
hallamos muchos escuadrones que estaban aguardándonos con lanzas grandes, y
nos decían palabras de vituperios, y entre ellas decían: ?¡Oh, cuilones, y aún
vivos quedáis!?. A estocadas y cuchillas que les dábamos pasamos, aunque
hirieron allí a seis de los que íbamos. Pues quizá había algún concierto de cómo
lo habíamos concertado, maldito aquél; porque Cortés y los capitanes y soldados
que pasaron primero a caballo, por salvarse y llegar a tierra firme y asegurar sus
vidas, aguijaron por la calzada adelante, y no la erraron; también salieron en
salvo los caballos con el oro y los tlascaltecas.
Digo que si aguardáramos, así los de a caballo como los soldados, unos a otros
en los puentes, todos feneciéramos. La causa es ésta: que yendo por la calzada,
ya que arremetíamos a los escuadrones mejicanos, de la una parte es agua y
delatora parte azoteas, y la laguna llena de canoas, y no podíamos hacer cosa
ninguna. Pues escopetas y ballestas, todas quedaban en el puente. Y si fuera de
día, fuera mucho peor, y aun los que escapamos fue Nuestro Señor servido de
ello. Para quien vio aquella noche la multitud de guerreros sobre nosotros
estaban, y las cosas que de ellos andaban a arrebatar nuestros soldados, es cosa
de espanto.
Ya que íbamos por nuestra calzada adelante, cabe el pueblo de Tacuba, adonde
ya estaba Cortés con todos los capitanes, Gonzalo de Sandoval y Cristóbal de
Olid y otros de a caballo de los que pasaron delante, decían a voces: ?Señor
capitán, aguardemos, que dicen que vamos huyendo y los dejamos morir en los
puentes. Tornémosles a amparar, si algunos han quedado, que no salen ni vienen
ningunos?. La respuesta de Cortés fue que los que habíamos salido era milagro.
Todavía volvió con los de a caballo y soldados que no estaban heridos, y no
anduvieron mucho trecho, porque luego vino Pedro de Alvarado bien herido, a
pie, con una lanza en la mano, porque la yegua alazana ya se la habían muerto, y
traía consigo cuatro soldados tan heridos como él.
Como Cortés y los demás capitanes les encontraron de aquella manera y vieron
que no venían más soldados, se le saltaron las lágrimas de los ojos. Dijo Pedro
de Alvarado que Juan Velásquez de León quedó muerto con otros muchos
caballeros, así de los nuestros como de los de Narváez, que fueron más de
ochenta, en el puente, que él y los cuatro soldados que consigo traía, después
que le mataron los caballos, pasaron el puente con mucho peligro sobre muertos
y caballos y petacas, que estaba aquel paso del puente cuajado de ellos; y dijo
que todos los puentes y calzadas estaban llenos de guerreros. En el triste puente,
que dijeron después que fue el salto de Alvarado, digo que en aquel tiempo
ningún soldado se paraba a verlo si saltaba poco o mucho, porque harto
teníamos que salvar nuestras vidas, porque estábamos en peligro de muerte,
según la multitud de mejicanos que sobre nosotros cargaban.
Pasemos adelante, y diré que como estando en Tacuba se habían juntado muchos
guerreros mejicanos de todos aquellos pueblos, y nos mataron allí tres soldados,
acordamos lo más presto que pudiésemos salir de aquel pueblo, y con cinco
indios tlascaltecas, que atinaban el camino de Tlascala, sin ir por camino, nos
guiaban con mucho concierto, hasta que llegamos a una cacería que en un cerro
estaban, y allí junto uncu, adonde separamos.
Quiero tornar a decir qué seguidos que íbamos de los mejicanos, y de las
flechas, varas y pedradas que con sus hondas nos tiraban, y cómo nos cercaban,
dando siempre en nosotros, es cosa de espantar.
En aquel cu, después de ganada la gran ciudad de Méjico, hicimos una iglesia,
que se dice Nuestra Señora de los Remedios, muy devota, y van ahora allí en
romería y a tener novenas muchos vecinos y señoras de Méjico.
Lástima era de ver curar y apretar con algunos paños de mantas nuestras heridas,
y como se habían resfriado y estaban hinchadas, dolían. Pues más de llorar fue
los caballeros y esforzados soldados que faltaban, que fueron Juan de Velásquez
de León, Francisco de Saucedo, Francisco de Moria, Lares el buen jinete y otros
muchos de los nuestros de Cortés. yo estos pocos, porque escribir los
nombres de los muchos que de nosotros faltaron es no acabar tan presto. Pues de
los de Narváez todos los más en los puentes quedaron, cargados de oro. Al
astrólogo Botello no le aprovechó su astrología, que también allí murió con su
caballo. También quedaron en los puentes muertos los hijos e hijas de
Montezuma, y los prisioneros que traíamos, y Cacamatzin, señor de Tezcuco, y
otros reyes de provincias.
Dejemos ya de contar tantos trabajos y digamos cómo estábamos pensando en lo
que por delante teníamos, y era que todos estábamos pensando en lo que por
delante teníamos, y era que todos estábamos heridos, y no escaparon sino

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