Pusimos fuego a sus ídolos, y se quemó un buen pedazo de la sala con los ídolos
Huichilobos y Tezcatepuca. Entonces nos ayudaron muy bien los tlascaltecas.
Pues ya hecho esto, estando que estábamos unos peleando y otros poniendo el
fuego, ver los papas que estaban en este gran cu, y sobre tres o cuatro mil indios,
todos principales, ya que nos bajábamos, cuál nos hacían venir rodando seis
gradas y aun diez abajo, y hay tanto que decir de otros escuadrones que estaban
en los petriles y concavidades del gran cu, tirándonos tanta vara y flecha, que así
a unos escuadrones como a los otros no podíamos hacer cara.
Acordamos con mucho trabajo y riesgo de nuestras personas volvernos a
nuestros aposentos, los castillos deshechos y todos heridos, y diez y seis
muertos, y los indios siempre apretándonos.
Pues aun no digo lo que hicieron los escuadrones mejicanos que estaban dando
guerra en los aposentos en tanto que andábamos fuera, y la gran porfía y tesón
que ponían en entrarles. En esta batalla prendimos dos papas principales, que
Cortés nos mandó que los llevasen a buen recaudo.
Dejemos de hablar de ello y digamos cómo con gran trabajo tornamos a los
aposentos, y si mucha gente nos fueron siguiendo y daban guerra, otros muchos
estaban en los aposentos, que ya les tenían derrocadas unas paredes para
entrarles, y con nuestra llegada cesaron.
Aquella noche se nos fue en curar heridos, en enterrar los muertos, en aderezar
para salir otro día a pelear y en poner fuerzas y mamparas a las paredes que
habían derrocado, y en tomar consejo cómo y de qué manera podríamos pelear
sin que recibiésemos tantos daños ni muertes; y en todo lo que platicábamos no
hallábamos remedio ninguno.
También quiero decir las maldiciones que los de Narváez echaban a Cortés, y
aun a Diego Velásquez que acá les envió, que bien pacíficos estaban en sus
casas en la isla de Cuba, y estaban embelesados y sin sentido.
Volvamos a nuestra plática, que fue acordado demandarles paces para salir de
Méjico. Y desde que amaneció vienen muchos más escuadrones de guerreros, y
muy de hecho nos cercan por todas partes los aposentos, y si mucha piedra y
flecha tiraban de antes, muchas más espesas y con mayores alaridos y silbatos
vinieron este día.
Viendo todo esto, acordó Cortés que el gran Montezuma les hablase desde una
azotea, y les dijese que cesasen las guerras, y que no queríamos ir de su ciudad.
Cuando el gran Montezuma se lo fueron a decir de parte de Cortés, dicen que
dijo con gran dolor: ?¿Qué quiere ya de mí Malinche, que yo no deseo vivir ni
oírle, pues en tal estado por su causa mi ventura me ha traído??. Y no quiso
venir, y aun dicen que dijo que ya no le quería ver ni oír a él ni a sus falsas
palabras ni promesas y mentiras. Entonces el padre de la Merced y Cristóbal de
Olid fueron y le hablaron con mucho acato y palabras muy amorosas, y dijo
Montezuma: ?Yo no tengo creído que no aprovecharé cosa ninguna para que
cese la guerra, porque ya tienen alzado otro señor y se han propuesto no dejaros
salir de aquí convida; y así creo que todos vosotros habéis de morir?.
Montezuma se puso a un pretil de una azotea con muchos de nuestros soldados
que le guardaban, y les comenzó a hablar con palabras muy amorosas que
dejasen la guerra y que nos iríamos de Méjico. Muchos principales y capitanes
mejicanos bien le conocieron; y luego mandaron que callasen sus gentes y no
tirasen varas, piedras ni flechas. Cuatro de ellos se llegaron en parte que
Montezuma les podía hablar, y ellos a él, y llorando le dijeron: ?¡Oh, señor y
nuestro gran señor, y cómo nos pesa de todo vuestro mal y daño y de vuestros
hijos y parientes! Hacémoos saber que ya hemos levantado a un pariente vuestro
por señor?. Allí le nombró, que se decía Cuitláhuac, señor de Istapalapa. Y más
dijeron que la guerra la habían de acabar, y que tenían prometido a sus ídolos no
dejarla hasta que todos nosotros muriésemos, y que rogaban cada día a su
Huichilobos y a Tezcatepuca que le guardase libre y sano de nuestro poder.
No bien hubieron acabado el razonamiento, cuando tiran tanta piedras y vara,
que los nuestros que le arrodelaban, como vieron que entretanto que hablaba con
ellos no daban guerra, se descuidaron un momento en rodearle de presto, y le
dieron tres pedradas, una en la cabeza, otra en un brazo y otra en una pierna; y
aunque le rogaban que se curase y comiese y le decían sobre ello buenas
palabras, no quiso, antes cuando no nos catamos vinieron a decir que era muerto.
Cortés lloró por él, y todos nuestros capitanes y soldados, y hombres hubo entre
nosotros, de los que le conocíamos y tratábamos, de que fue tan llorado como si
fuera nuestro padre, y no nos hemos de maravillar de ello viendo cuán bueno
era. decían que hacía diez y siete años que reinaba, y que fue el mejor rey que en
Méjico había habido, y que por su persona había vencido tres desafíos que tuvo
sobre las tierras que sojuzgó.
CÓMO ACORDÓ CORTÉS HACER SABER A LOS CAPITANES Y
PRINCIPALES QUE NOS DABAN GUERRA QUE HABÍA MUERTO
MONTEZUMA
Como vimos a Montezuma que se había muerto, ya he dicho la tristeza que en
todos nosotros hubo por ello, y aun al frailes dela Merced, que siempre estaba
con él, se lo tuvimos a mal no atraerle a que se volviese cristiano, y él dio por
descargo que no creyó que de aquellas heridas muriese, sino que él debía de
mandar que le pusiesen alguna cosa con la que se pasmó. En fin de más razones
mandó Cortés a un papa y a un principal de los que estaban presos, que
soltamos, para que fuesen a decir al caciques que alzaron por señor, y a sus
capitanes, cómo el gran Montezuma era muerto, y que ellos lo vieron morir, y de
la manera que murió y heridas que le dieronlos suyos, y que dijesen cómo a
todos nos pesaba de ello. Que lo enterrasen como a gran rey que era, y que
alzasen por rey al primo de Montezuma que con nosotros estaba, pues le parecía
heredar, o a otros de sus hijos, y que el que habían alzado por señor no le venía
por derecho, y que tratasen paces para salirnos de Méjico.
Cuando así le vieron muerto, vimos que hicieron muy gran llanto, que bien
oímos las gritas y aullidos que por él daban; y aun con todo esto no cesó la gran
batería que siempre nos daban de vara, piedra y flecha, y luego la comenzaron
mucho mayor y con gran braveza, y nos decían: ?Ahora pagaréis muy de verdad
la muerte de nuestro rey y señor y el deshonor de nuestros ídolos; y las paces
que nos enviáis a pedir, salid acá y concertaremos cómo y de qué manera han de
ser?. Decían tantas palabras sobre esto y de otras cosas, y que ya tenían elegido
un buen rey, y que no será de corazón tan flaco que le podáis engañar con
palabras falsas como fue a su buen Montezuma.
CÓMO ACORDAMOS IRNOS HUYENDO DE MÉJICO
Como veíamos que cada día menguaban nuestras fuerzas y las de los mejicanos
crecían, y veíamos muchos de los nuestros muertos y todos los más heridos, y
que aunque peleábamos muy como varones no podíamos hacerlos retirar, y la
pólvora apocada, y la comida y agua por el consiguiente, y el gran Montezuma
muerto, las paces y treguas que les enviamos a demandar no las querían aceptar,
y, en fin, veíamos nuestras muertes a los ojos, y las puentes que estaban alzadas,
fue acordado por Cortés y por todos nuestros capitanes y soldados que de noche
nos fuésemos, cuando viésemos que los escuadrones guerreros estaban más
descuidados, y para más descuidarles, aquella tarde les enviamos a decir con un
papa de los que estaban presos, que era muy principal entre ellos, y con otros
prisioneros, que nos dejen ir en paz de ahí a ocho días, y que les daríamos todo
el oro.
Además de esto estaba con nosotros un soldado que se decía Botello, al pareced
muy hombrede bien y latino, que había estado en Roma. decían que era
nigromántico, otros decían que tenía familiar, y algunos le llamaban astrólogo.
Este Botello había dicho cuatro días hacía que hallaba por sus suertes o
astrologías, que si aquella noche que veía no salíamos de Méjico, ninguno
saldría con vida.
Se dio luego orden que se hiciese de maderos y tablas muy recias un puente, que
llevásemos para poner en los puentes que tenían quebrados, y para ponerlo y
llevarlo a guardar el paso hasta que pásese todo el fardaje y el ejército, señalaron
cuatrocientos indios tlascaltecas y ciento cincuenta soldados. Para llevar la
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