airado y descomedido. Por manera que tornó a hablar a los principales que
dijesen a su señor Montezuma que luego mande hacer tianguez y mercados; si
no, que hará y acontecerá.
Los principales bien entendieron las palabras injuriosas que Cortés dijo de su
señor, y aun también la reprensión que nuestros capitanes dieron a Cortés sobre
ello; y según y de la manera que lo entendieron se lo dijeron a Montezuma, y de
enojo, o porque ya estaba concertado que nos diesen guerra, no tardó un cuarto
de hora que vino un soldado a gran prisa, muy malherido.
Dijo aquel soldado que estaba toda la ciudad y camino por donde venía lleno de
ente de guerra, con todo género de armas, y que le quitaron las indias que traía y
le dieron dos heridas, y que si no se les soltara, que le tenían ya asido para
meterle en una canoa y llevarle a sacrificar, y que habían deshecho una puente.
Luego Cortés mandó al capitán Diego de Ordaz que fuese con cuatrocientos
soldados, y entre ellos los más ballesteros y escopeteros, y algunos de caballo, y
que mirase qué era aquello que decía el soldado que avía venido herido y trajo
las nuevas; y que si viese que sin guerra y ruido se pudiese apaciguar, lo
pacificase.
Como fue Diego de Ordaz de la manera que le fue mandado, aun no hubo bien
llegado a media calle por donde iba, cuando le salen tantos escuadrones
mejicanos de guerra, y otros muchos que estaban en las azoteas, y le dieron tan
grandes combates, que le mataron a las primeras arremetidas ocho soldados, y a
todos los más hirieron, y al mismo Ordaz le dieron tres heridas. De manera que
no pudo pasar un paso adelante, sino volverse poco a poco al aposento.
En aquel instante, si muchos escuadrones salieron a Diego de Ordaz, muchos
más vinieron a nuestros aposentos, y tiran tanta vara y piedras con hondas y
flechas, que nos hirieron de aquella vez sobre cuarenta y seis de los nuestros, y
doce murieron delas heridas. Estaban tantos guerreros sobre nosotros, que Diego
de Ordaz, que se venía retrayendo, no podía llegar a los aposentos por la mucha
guerra que le daban, unos por detrás y otros por delante y otros desde las
azoteas. Pues quizá no aprovechaban mucho nuestros tiros,ni escopetas, ni
ballestas, ni lanzas, ni estocadas que les dábamos, ni nuestro buen pelear, que
aunque les matábamos y heríamos muchos de ellos , por las puntas de las
espadas y lanzas se nos metían.
En fin, con los tiros y escopetas y ballestas y el mal que les hacíamos de
estocadas, tuvo lugar de entrar Ordaz en el aposento, que hasta entonces, no
podía pasar, y con sus soldados bien heridos y catorce menos; y todavía no
cesaban muchos escuadrones de darnos guerra y decirnos que éramos como
mujeres, y nos llamaban de bellacos y otros vituperios. Aún no ha sido nada
todo el daño que nos han hecho hasta ahora a lo que después hicieron. Y es que
tuvieron otra, entraron a ponernos fuego en nuestros aposentos, que no nos
podíamos valer con el humo y fuego, hasta que se puso remedio con derrocar
sobre él mucha tierra y atajar otras salas por donde venía el fuego.
Duraron estos combates todo el día, y aun la noche estaban sobre nosotros tantos
escuadrones de ellos, y tiraban varas y piedras y flechas a bulto y piedra perdida,
que de lo del día y lo de entonces estaban todos aquellos patios y suelos hechos
parvas.
Aquella noche se pasó en curar heridos, y en poner remedio en los portillos que
habían hecho, y en apercibirnos para otro día. Cuando amaneció, acordó nuestro
capitán que con todos los nuestros y los de Narváez saliésemos a pelear con
ellos , y que llevásemos tiros, escopetas y ballestas, y procurásemos vencerlos.
Si nosotros teníamos hecho aquel concierto, los mejicanos tenían concertado lo
mismo, y peleábamos muy bien; mas ellos estaban tan fuertes y tenían tantos
escuadrones, que se remudaban de rato en rato, que aunque estuvieran allí diez
mil Héctores troyanos y otros tantos Roldanes, no les pudieran entrar, porque ni
aprovechaban tiros, ni escopetas, ni ballestas, ni apechugar con ellos, ni matarles
treinta ni cuarenta de cada vez que arremetíamos.
Pues para pasar a quemarles las casas, y he dicho que de casa a casa tenían un
puentelevadizo de madera; alzábanlo y no podíamos pasar sino por agua muy
honda. Desde las azoteas, los cantos y piedras no los podíamos sufrir; por
manera que nos maltrataban y herían muchos de los nuestros. No sé yo para qué
si escribo así tan tibiamente, porque unos tres o cuatro soldados que se habían
hallado en Italia, que allí estaban con nosotros, juraron muchas veces a Dios que
guerras tan bravosas jamás habían visto en las que se habían hallado entre
cristianos y contra la artillería del rey de Francia, ni del Gran Turco.
Con harto trabajo nos retrajimos a nuestros aposentos, y todavía muchos
escuadrones de guerreros sobre nosotros, con grandes gritos y silbidos y
trompetillas y tambores, llamándonos de bellacos y para poco, que no osábamos
esperarles todo el día en batalla, sino volvernos retrayendo. Aquel día mataron
otros diez o doce soldados, y todos volvimos bien heridos. En lo que pasó la
noche fue en concertar que de ahí a dos días saliésemos todos los soldados
cuantos sanos había en el real, y con cuatro ingenios a manera de torres, que se
hicieron de madera bien recios, en que pudiesen ir debajo de cualquiera de ellos
para ir los tiros, y también iban escopeteros y ballesteros, y junto con ellos
habíamos de ir otros soldados, escopeteros y ballesteros, y los tiros y todos los
demás, y los de a caballo hacer algunas arremetidas. Hecho este concierto, como
estuvimos aquel día que entendíamos en la obra y en fortalecer muchos portillos
que nos tenían hechos, no salimos a pelear.
No sé cómo lo diga, los grandes escuadrones de guerreros que nos vinieron a los
aposentos a dar guerra, no solamente por diez o doce partes, sino por más de
veinte, porque en todos estábamos repartidos, y en otras muchas partes. Entre
tanto que adorábamos y fortalecíamos los ingenios y portillos, otros muchos
escuadrones procuraban entrarnos en los aposentos a escala vista, que ni por
tiros ni ballestas ni escopetas, ni por muchas arremetidas y estocadas, les podían
retraer. Decían que en aquel día nohabía de quedar ninguno de nosotros, y que
habían de sacrificar a sus dioses nuestros corazones y sangre, y con las piernas y
brazos que bien tendrían para hacer hartazgas y fiestas, y que el oro que
teníamos, habríamos mal gozo de él, y de todas las mantas; y a los de Tlascala
que con nosotros estaban, les decían que los meterían enjaulas en engordar, y
que poco a poco harían sus sacrificios con sus cuerpos.
En cuanto amaneció, después de encomendarnos a Dios, salimos de nuestros
aposentos con nuestras torres, y con los tiros, escopetas y ballestas delante, y los
de caballo haciendo algunas arremetidas. Aunque les matábamos muchos de
ellos, porque, aunque arremetían a los escuadrones para romperlos, tirábanles
tanta flecha, vara y piedra, que no se podían valer por bien armados que estaban;
y si los iban alcanzando, luego se dejaban caer los mejicanos a su salvo en las
acequias y lagunas, donde tenían hechos otros mamparos para los de caballo, y
estaban otros muchos indios con lanzas muy largas para acabar de matarlos.
Fuimos hasta el gran cu de sus ídolos, y luego de repente suben en él más de
cuatro mil mejicanos, sin otras capitanías que en ellos estaban, con grandes
lanzas, piedra y vara y se ponen en defensa. Nos resistieron la subida un buen
rato, que no bastaban las torres, ni los tiros, ni ballestas, ni escopetas, ni los de
caballo; porque aunque querían arremeter los caballos, estaba todo el patio
empedrado con unas losas muy grandes, que se iban a los caballos pies y manos,
y eran tan lisas, que caían. Como desde las gradas nos defendían el paso, y a un
lado y a otro teníamos tantos contrarios, aunque nuestros tiros llevaban diez o
quince de ellos, y a estocadas y arremetidas matábamos otros muchos, cargaba
tanta gente, que no les podíamos subir al alto cu; y con gran concierto tornamos
a porfiar, sin llevar las torres, porque ya estaban desbaratadas, y les subimos
arriba.
Aquí se mostró Cortés muy varón, como siempre lo fue. ¡Oh, qué pelear y fuerte
batalla que aquí tuvimos! Era cosa de notar vernos a todos corriendo sangre y
llenos de heridas, y otros muertos. Quiso Nuestro Señor que llegamos adonde
solíamos tener la imagen de Nuestra Señora, y no la hallamos, que apreció,
según supimos, que Montezuma tenía devoción en ella, y la mandó guardar.
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