Rica había todo aparejo de hierro y herreros, jarcia, estopa, calafates y brea.
Dejéosles labrando los navíos y digamos cuáles andábamos todos en aquella
gran ciudad, tan pensativos, temiendo que de una hora a otra nos habían de dar
guerra, y nuestras naborías de Tlascala y doña Marina así lo decían al capitán; y
Orteguilla, el paje de Montezuma, siempre estaba llorando, y todos nosotros
muy a punto y buenas guardas a Montezuma. De día ni denoche no se nos
quitaban las armas.
Otra cosa digo, y no por jactanciarme de ello: que quedé yo tan acostumbrado a
andar armado y dormir de la manera que he dicho, que después de conquistada
la Nueva España tenía por costumbre acostarme vestido y sin cama, y que
dormía mejor que n colchones.
La expedición de Pánfilo de Narváez
[Cuando Diego Velásquez tuvo conocimiento del éxito de Cortés en Méjico, y
de que había solicitado al emperador Carlos V que lo nombrase gobernador de
las tierras conquistadas, decidió enviar contra él una expedición que encomendó
a Pánfilo de Narváez. La componían cerca de mil hombres bien armados.
Narváez debía hacer prisionero a Cortés y continuar la conquista.
Apenas llegados a San Juan de Ulúa, enviaron mensajeros a Gonzalo de
Sandoval solicitándole la rendición de Veracruz. Sandoval los apresó y los envió
prisioneros a Méjico.
Cortés trató de llegar a un acuerdo pacífico con Narváez. Para tal fin envió a su
campamento al padre Olmedo, quien además llevaba consigo valiosos obsequios
para ganarse la voluntad de los jefes principales. Narváez no quiso aceptar las
proposiciones de Cortés, pero el padre Olmedo obró tan hábilmente, que antes
de regresar ya había convencido a la mayor parte de los oficiales.
Ante esta circunstancia, Cortés dejó en Méjico a Pedro de Alvarado, y con parte
de sus tropas, más indios amigos que se le unieron en el camino, salió dela
ciudad para enfrentar a Narváez. Tras rápidas marchas llegaron hasta las
cercanías de su campamento, en Cempoalla y lo atacaron ?sorprendiéndolo- al
amanecer. La lucha fue corta, y el mismo Narváez fue herido.
Tan fulminante victoria proporcionó a Cortés un gran refuerzo en hombres y en
armas. Permitió que los vencidos se le unieran y con ellos regresó a Méjico,
donde Pedro de Alvarado enfrentaba a los mejicanos sublevados.]
CÓMO FUIMOS PARA MÉJICO A GRANDES JORNADAS
Como llegó la nueva de que Pedro de Alvaradoestaba cercado y Méjico
rebelado, cesaron las capitanías que habían de ir a poblar a Pánuco y
Guazacualco. Cortés habló a los de Narváez, que sintió que no irían con
nosotros de buena voluntad, y les rogó que dejasen atrás enemistades pasadas.
Tantas palabras les dijo, que todos a una se le ofrecieron; y si supieran las
fuerzas de Méjico, cierto está que no fuera ninguno.
Luego caminamos a muy grandes jornadas hasta llegar a Tlascala, donde
supimos que hasta que Montezuma y sus capitanes habían sabido cómo
habíamos desbaratado a Narváez, no dejaron de dar guerra a Alvarado, y le
habían ya muerto siete soldados, y le quemaron los aposentos, y que desde que
supieron nuestra victoria cesaron de darle guerra.
Esta nueva trajeron indios de Tlascala en aquella misma hora que hubimos
llegado. Y luego Cortés mandó hacer alarde de la gente que llevaba, y halló
sobre mil trescientos soldados, así de los nuestros como de los de Narváez, y
sobre noventa y seis caballos, ochenta ballesteros, y otros tantos escopeteros,
con los cuales le pareció que llevaba gente para poder entrar muy a nuestro salvo
en Méjico. Además de esto, en Tlascala nos dieron los caciques dos mil indios
de guerra.
Luego fuimos a grandes jornadas hasta Tezcuco, y no se nos hizo honra ninguna
ni pareció ningún señor. Llegamos a Méjico día de señor San Juan de junio de
1520, y no parecían por las calles caciques, ni capitanes, ni indios conocidos,
sino todas las casas despobladas.
Como llegamos a los aposentos en que solíamos posar, el gran Montezuma salió
al patio para hablar y abrazar a Cortés y darle la bienvenida, y de la victoria con
Narváez. Cortés, como venía victorioso, no le quiso oír, y Montezuma se entró
en su aposento muy triste y pensativo.
Cortés procuró saber cuál fue la causa de levantarse Méjico, porque bien
entendido teníamos que a Montezuma le pesó de ello, que si le pluguiera o fuera
por su consejo, dijeron muchos soldados de los que se quedaron con Alvarado
en aquellos trances que a todos los mataran, y que Montezuma los aplacaba para
que cesase la guerra.
Lo que contaba Pedro de Alvarado a Cortés sobre el caso era que por libertar los
mejicanos a Montezuma, y porque su Huichilobos se lo mandó, porque pusimos
en su casa la imagen de la Virgen Santa María y la cruz; y más dijo que habían
llegado muchos indios a quitar la santa imagen del altar donde la pusimos, y que
no pudieron, y que los indios lo tuvieron a gran milagro y se lo dijeron a
Montezuma, y que les mandó que la dejasen en el mismo lugar.
También dijo Pedro de Alvarado que porque lo que Narváez le había enviado a
decir a Montezuma que le venía a soltar de las prisiones y a prendernos no salió
verdad, y como Cortés había dicho a Montezuma que en teniendo navíos nos
habíamos de ir a embarcar y salir de toda la tierra, y que no nos íbamos, y que
todo eran palabras, y que ahora había visto venir muchos más teúles, antes que
todos los de Narváez y los nuestros tornásemos a entrar en Méjico, que sería
bien matar a Pedro de Alvarado y a sus soldados y soltar al gran Montezuma, y
después no dejar la vida a ninguno de los nuestros ni de los de Narváez.
Estas pláticas y descargo dio Pedro de Alvarado a Cortés. Y le tornó a decir
Cortés que a qué causa les fue a dar guerra estando bailando y haciendo sus
fiestas. Respondió que sabía muy ciertamente que en acabando las fiestas y
bailes y sacrificios que hacían a su Huichilobos y a Tezcatepuca, luego le habían
de venir a dar guerra, que lo supo de un papa y de los principales y de otros
mejicanos. Cortés le dijo: ?Pues me han dicho que le demandaron licencia para
hacer el areito y bailes?. Dijo que así era verdad, que fue por tomarles
descuidados; y que porque temiesen y no viniesen a darle guerra, se adelantó a
dar en ellos.
Como aquello Cortés le oyó, le dijo muy enojado que era muy mal hecho y gran
desatino, y que pluguiera a Dios que Montezuma se hubiera soltado, y que tal
cosa no la oyera a sus oídos.
CÓMO NOS DIERON GUERRA EN MÉJICO
Como Cortés vio que en Tezcuco no nos habían hecho ningún recibimiento ni
aun dado de comer sino mal, y lo vio todo remontado y de mal arte, y venido a
Méjico lo mismo, y vio que no hacían tianguis, sino todo levantado, y oyó a
Pedro de Alvarado de la manera y desconcierto con que les fue a dar guerra; y
parece ser que había dicho Cortés en el camino a los capitanes de Narváez,
alabándose de sí mismo, el gran acato y mando que tenía, y que por los caminos
le saldrían a recibir y hacer fiestas, y le darían oro, y que en Méjico mandaba tan
absolutamente así al gran Montezuma como a todos sus capitanes; y viendo que
todo estaba muy al contrario de sus pensamientos, que aun de comer no nos
daban, estaba muy airado y soberbio con la mucha gente de españoles que traía,
y muy triste y mohino.
En este instante envió el gran Montezuma dos de sus principales a rogar a Cortés
que le fuese a ver, que le quería hablar; y la respuesta que les dio fue: ?Vaya
para perro, que aun tianguez no quiere hacer, ni de comer nos manda dar?.
Como aquello lo oyeron a Cortés nuestros capitanes, dijeron: ?Señor, temple su
ira, y mire cuánto bien y honra nos ha hecho este rey de estas tierras, que es tan
bueno que, si por él no fuese, ya fuéramos muertos y nos habrían comido, y mire
que hasta las hijas le ha dado?.
Cuando esto oyó Cortés, se indignó más de las palabras que le dijeron, porque
aprecian de reprensión, y dijo: ?¿Qué cumplimiento he de tener yo con un perro
que se hacía con Narváez secretamente, y ahora veis que aun de comer no nos
dan?? Y dijeron nuestros capitanes: ?Esto nos parece que debe hacer, y es buen
consejo?. Como Cortés tenía allí en Méjico tantos españoles, así de los nuestros
como de los de Narváez, no se le daba nada por cosa ninguna, y hablaba tan
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