mejicanos, que estaban como a manera de recogimiento, que querían parecer
monjas, también tejían, y todo de pluma. Estas monjas tenían sus casas cerca del
gran cu del Huichilobos, y por devoción suya o de otro ídolo de mujer, que
decían que era su abogada para casamientos, las metían sus padres en aquella
religión hasta que se casaban, y de allí las sacaban para casarlas.
Pasemos adelante y digamos de la gran cantidad que tenía el gran Montezuma
de bailadores y danzadores, y otros que traen un palo con los pies, y de otros que
parecen como matachines, y éstos eran para darle placer. Digo que tenía un
barrio de éstos, que no entendían en otra cosa.
Pasemos adelante y digamos de los oficiales que tenía de canteros, albañiles y
carpinteros, que todos entendían en las obras de sus casas; también digo que
tenía tantas cuantas quería.
No olvidemos las huertas de flores y árboles olorosos, y de los muchos géneros
que de ellos tenía, y el concierto y paseaderos de ellas, y de sus albercas y
estanques de agua dulce, cómo viene el agua por un cabo y va por otro, y de los
baños que dentro tenían, y de la diversidad de pajaritos chicos que en los árboles
criaban, y de qué hierbas medicinales y de provecho que en ellas tenía era cosa
de ver; y para todo esto muchos hortelanos, y todo labrado de cantería y muy
encalado, así baños como paseaderos, y otros retretes, y apartamentos como
cenaderos, y también adonde bailaban y cantaban.
CÓMO NUESTRO CAPITÁN SALIÓ A VER LA CIUDAD DE MÉJICO
Como hacía ya cuatro días que estábamos en Méjico y no salí el capitán ni
ninguno de nosotros de los aposentos, excepto a las casas y huertas, nos dijo
Cortés que sería bien ir a la plaza mayor y ver el gran adoratorio de su
Huichilobos, y que quería enviarlo a decir al gran Montezuma que lo tuviese por
bien.
Y Montezuma, como lo supo, envió a decir que fuésemos mucho en buena hora,
y por otra parte temió no le fuésemos a hacer algún deshonor a sus ídolos, y
acordó ir él en persona con muchos de sus principales.
En sus ricas andas salió de sus palacios hasta la mitad del camino. Junto a unos
adoratorios se apeó delas andas porque tenía por gran deshonor de sus ídolos ir
hasta su casa y adoratorio de aquella manera, y llevábanle del brazo grandes
principales. Iban delante de él señores de vasallos, y llevaban delante dos
bastones como cetros, alzados en alto, que era señal que iba allí el gran
Montezuma; y cuando iba en las andas llevaba una varita medio de oro y medio
de palo, levantada, como vara de justicia. así se fue y subió en su gran cu,
acompañado de muchos papas, y comenzó a sahumar y hacer otras ceremonias
al Huichilobos.
Dejemos a Montezuma, que ya había ido adelante, y volvamos a Cortés y a
nuestros capitanes y soldados, que como siempre teníamos por costumbre de
noche u
y de día estar armados, y así nos veía estar Montezuma cuando le íbamos a ver,
no lo tenía por cosa nueva. Digo esto porque a caballo nuestro capitán con todos
los demás que tenían caballos, y la mayor parte de nuestros soldados muy
apercibidos, fuimos al Tatelulco, e iban muchos caciques que Montezuma envió
para que nos acompañasen.
Cuando llegamos a la gran plaza, como no habíamos visto tal cosa, quedamos
admirados de la multitud de gente y mercaderías que en el había y del gran
concierto y regimiento que en todo tenían. Los principales que iban con nosotros
nos lo iban mostrando. Cada género de mercaderías estaban por sí, y tenían
situados y señalados sus asientos. Comencemos por los mercaderes de oro y
plata y piedras ricas, plumas y mantas y cosas labradas, y otras mercaderías de
indios esclavos y esclavas. Traían tantos de ellos a vender a aquella plaza como
traen los portugueses los negros de Guinea, y traíanlos atados en unas varas
largas con colleras a los pescuezos, porque no se les huyesen, y otros dejaban
sueltos.
Luego estaba otros mercaderes que vendían ropa más basta y algodón y cosas de
hilo torcido, y cacahuateros que vendían cacao, y de esta manera estaban
cuantos géneros de mercaderías hay en toda la Nueva España, puesto por su
concierto, de la manera que hay en mi tierra, que es Medina del Campo, donde
se hacen las ferias, que en cada calle están sus mercaderías por sí. Así estaban en
esta gran plaza, y los que vendían mantas de henequén y sogas y cotaras, que
son los zapatos que calzan y hacen del mismo árbol, y raíces muy dulces
cocidas, y otras rebusterías, que sacan del mismo árbol, todo estaba en una parte
de la plaza; y cueros de tigres, de leones y de nutrias, y de adives y venados y de
otras alimañas y tejones y gatos monteses, de ellos adobados y otros sin adobar,
estaban en otra parte, y otros géneros de cosas y mercaderías.
Pasemos adelante y digamos de los que vendían frijoles y chía y otras legumbres
y hierbas a otra parte. vamos a los que vendían gallinas, gallos de papada,
conejos, liebres, venados y anadones, perrillos y otras cosas de este arte, a su
parte dela plaza. Digamos de las fruteras, de las que vendían cosas cocidas,
mazamorreras y malcacinado, también a su parte. pues todo género de loza,
hecha de mil maneras, desde tinajas grandes y jarrillos chicos, que estaban por sí
aparte; y también los que vendían mil y melcochas y otras golosinas que hacían
como nuégados. Pues los que vendían madera, tablas, cunas, vigas, tajos y
bancos, y todo por sí.
Vamos a los que vendían leña ocote, y otras cosas de esta manera. ¿Qué quieren
más que diga que hablando con acato, también vendían muchas canoas llenas de
yenda de hombres, que tenían en los esteros cerca de la plaza? Y esto era para
hacer sal o para curtir cuerpos, que sin ella dicen que no se hacía buena.
¿Para qué gasto yo tantas palabras de lo que vendían en aquella gran plaza?
Porque es para no acabar tan presto de contar por menudo todas las cosas, sino
que papel, que en esta tierra llaman amal, y unoscañutos de olores con
liquidámbar, llenos de tabaco, y otros ungüentos amarillos y cosas de este arte,
vendían mucha grana debajo de los portales que estaban en aquella plaza. Había
muchos herbolarios y mercaderías de otra manera. Y tenían allí sus casas,
adonde juzgaban tres jueces y otros como alguaciles ejecutores que miraban las
mercaderías.
Se me había olvidado la sal y los que hacían navajas de pederna, y de cómo las
sacaban de la misma piedra.
Así dejamos la gran plaza sin más la ver y llegamos a los grandes patios y cercas
donde estaba el gran cu. Tenía antes de llegar a él u gran circuito de patios, que
me parece que era más que la plaza que hay en Salamanca, y con dos cercas
alrededor de calicanto, y el mismo patio y sitio todo empedrado de piedras
grandes de lozas blancas y muy lisas, y adonde no había de aquellas piedras
estaba encalado y bruñido, y todo muy limpio, que no hallaron una paja ni polvo
en todo él.
Cuando llegamos cerca del gran cu, antes que subiésemos ninguna grada de él,
envió el gran Montezuma desde arriba, donde estaba haciendo sacrificios, seis
papas y dos principales para que acompañasen a nuestro capitán general.
Como subimos a lo alto del gran cu, en una placeta que arriba se hacía, adonde
tenían un espacio como andamios, y en ellos puestas unas grandes piedras,
adonde ponían los tristes indios para sacrificar, allí había un gran bulto de como
dragón, y otras malas figuras, y mucha sangre derramada de aquel día.
Así como llegamos, salió Montezuma de un adoratorio, adonde estaban sus
malditos ídolos, que era en lo alto del gran cu, y vinieron con él dos papas, y con
muchos acato que hicieron a Cortés y a todos nosotros, le dijo: ?Cansado
estaréis, señor Malinche, de subir a este nuestro gran templo?. Cortés le dijo con
nuestras lenguas, que iban con nosotros, que él ni nosotros no nos cansábamos
en cosa ninguna.
Luego Montezuma le tomó por la mano y le dijo que mirase su gran ciudad y
todas las demás ciudades que había dentro en el agua, y otros muchos pueblos
alrededor de la misma laguna entierra, y que si no había visto muy bien su gran
plaza, que desde allí la podría ver mucho mejor.
Así lo estuvimos mirando, porque desde aquel grande y maldito templo estaba
tan alto que todo lo señoreaba muy bien; y allí vimos las tres calzadas que entran
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