sino rodear un poco por un lado de la puerta del palacio, que entrar de rota
batida teníanlo por desacato.
En el comer, le tenían sus cocineros sobre treinta manera de guisados, hechos a
su manera y usanza, y teníanlo puestos en braseros de barro chicos debajo,
porque no se enfriasen, y queaquello que el gran Montezuma había de comer
guisaban más de trescientos platos, sin más de mil para la gente de su guarda.
Oí decir que le solían guisar carnes de muchachos de poca edad, y como tenía
tantas diversidades de guisados y de tantas cosas, no lo echábamos de ver si era
carne humana o de otras cosas, porque cotidianamente le guisaban gallinas,
gallos de papada, faisanes, perdices de la tierra, codornices, patos mansos y
bravos, venado, puerco de la tierra, pajaritos de caña, palomas, liebres y conejos,
y muchas maneras de aves y cosas que se crían en estas tierras, que son tantas
que nos las acabaré de nombrar tan presto.
Dejemos de hablar de esto y volvamos a l manera que tenía en su servicio al
tiempo de comer. Es de esta manera: que, si hacía frío, teníanle hecha mucha
lumbre de ascuas de una leña de cortezas de árboles, que no hacían humo, y el
olor de las cortezas de que hacían aquellas ascuas muy oloroso, y porque no le
diesen más calor de lo que él quería, ponían delante una como tabla labrada con
oro y otras figuras de ídolos, y él sentado en un asentadero bajo, rico y blando, y
la mesa también baja, hecha de la misma manera de los asentaderos.
Allí le ponían sus manteles de mantas blancas y unos pañizuelos algo largos de
lo mismo, y cuatro mujeres muy hermosas y limpias le daban aguamanos en
unos como a manera de aguamaniles hondos, que llaman xicales; ponían debajo,
para recoger el agua, otras a manera de platos, y le daban sus toallas, y otras dos
mujeres les traían el pan de tortillas.
Ya que comenzaba a comer, echábanle delante una como puerta de madera muy
pintada de oro, porque no le viesen comer, y estaban apartadas las cuatro
mujeres; y allí se le ponían a sus lados cuatro grandes señores viejos en pie, con
quien Montezuma de cuando en cuando platicaba y preguntaba cosas; y que
mucho favor daba a cada uno de estos viejos un plato de lo que a él más le sabía.
Servíase con barro de Cholula, uno colorado y otro prieto.Mientras que comía ni
por pensamiento habían de hacer alboroto ni hablar alto los de su guarda, que
estaban en las salas, cerca de la de Montezuma. Traíanle fruta de todas cuantas
había en la tierra, mas no comía sino muy poca. De cuando en cuando traían
unas como a manera de copas de oro fino con cierta bebida hecha del mismo
cacao. Decían que era para tener acceso con mujeres, y entonces no mirábamos
en ello; mas lo que yo vi es que traían sobre cincuenta jarros grandes, hechos de
buen cacao, con su espuma, y de aquello bebía, y las mujeres le servían al beber
con gran acato.
Algunas veces, al tiempo de comer, estaban unos indios corcovados, muy feos,
porque eran chicos de cuerpo y quebrados por medio los cuerpos, que entre ellos
eran chocarreros, y otros indios que debían ser truhanes, que le decían gracias, y
otros indios que debían de ser truhanes, que le decían gracias, y otros que le
cantaban y bailaban, porque Montezuma era aficionado a placeres y cantares. A
aquéllos mandaba dar los relieves y jarros del cacao.
Las mismas cuatro mujeres alzaban los manteles y le tornaban a dar aguamanos,
con mucho acato que le hacían; y hablaba Montezuma a aquellos cuatro
principales en cosas que le convenían, y se despedían de él con gran reverencia
que le tenían, y él se quedaba reposando. Cuando el gran Montezuma había
comido, luego comían todos los de su guarda y otros muchos de sus serviciales
de casa, y me parece que sacaban sobre mil platos de aquellos manjares que
dicho tengo.
También le ponía en la mesa tres cañutos muy pintados y dorados, y dentro
tenían liquidámbar revuelto con unas yerbas que se dice tabaco. Cuando acababa
de comer, después que le habían bailado y cantado y alzado la mesa, tomaba el
humo de uno de aquellos cañutos, y muy poco, y con ello se dormía.
Acuérdome que eran en aquel tiempo su mayordomo mayor un gran cacique,
que le pusimos por nombre Tapia, y tenía cuanta de todas las rentas que le traían
a Montezuma con sus libros, hechos desu papel, que se dicen amal, y tenía d
estos libros una gran casa de ellos. Dejemos de hablar de los libros y cuentas
pues va fuera de nuestra relación, y digamos cómo tenía Montezuma dos casas
llenas de todo género de armas, y muchas de ellas ricas, con oro y pedrería,
donde había rodelas grandes y chicas, y unas como macanas, y otras a manera de
espadas de a dos manos, engastadas en ellas unas navajas de pedernal, que
cortan mucho mejor que nuestras espadas, y otras lanzas más largas que no la
nuestras, con una braza de cuchilla, engastadas en ella muchas navajas, que
aunque den con ellas en un broquel o rodela no saltan, y cortan, en fin, como
navajas, que se rapan con ellas las cabezas.
Dejemos esto y vamos a la casa de aves, y por fuerza me he de detener en contar
cada género de qué calidad era, desde águilas reales y otras águilas más chicas y
otras muchas maneras de aves de grandes cuerpos hasta pajaritos muy chicos,
pintados de diversos colores, y también donde hacen aquellos ricos plumajes que
labran de plumas verdes. Las aves de estas plumas tienen el cuerpo a manera de
las picazas que hay en nuestra España; llámanse en esta tierra quetzales.
Otros pájaros que tienen la pluma de cinco colores, que es verde, colorado,
blanco, amarillo y azul; éstos no sé cómo se llaman. Pues papagayos de otros
diferenciados colores tenían tantos que no se me acuerdan los nombres.
Dejemos esto y vayamos a otra gran casa donde tenían muchos ídolos y decían
que eran sus dioses bravos, y con ellos todo género de alimañas, de tigres y
leones de dos maneras, unos que son de hechura de lobos, que en esta tierra se
llaman adives, y zorros, y otras alimañas chicas, y todas estas carnicerías se
mantenían con carne. Las más de ellas criaban en aquella casa, y les daban de
comer venados, gallinas, perrillos y otras cosas que cazaban, y aun oí decir que
cuerpos de indios de los que sacrificaban.
Pues también tenían en aquella maldita casa muchas víboras y culebras
emponzoñadas que traen en la cola uno que suena como cascabeles. Éstas son
las peores víboras de todas, y tenían las en unas tinajas y en cántaros grandes, y
en ellos mucha pluma, y allí ponían sus huevos y criaban sus viboreznos. Les
daban a comer de los cuerpos de los indios que sacrificaban y otras carnes de
perros de los que ellos solían criar; y aun tuvimos por cierto que cuando nos
echaron de Méjico y nos mataron sobre ochocientos cincuenta de nuestros
soldados, que de las muertes mantuvieron muchos días aquellas fieras alimañas
y culebras, según diré en su tiempo y sazón; y estas culebras y alimañas tenían
ofrecidas a aquellos sus ídolos bravos para que estuviesen en su compañía.
Pasemos adelante y digamos de los grande oficiales que tenían de cada oficio
que entre ellos se usaban. Comencemos por lapidarios y plateros de oro y plata y
todo vaciadizo, que en nuestra España los grandes plateros tienen que mirar en
ello, y de éstos tenía tantos y tan primos en un pueblo que se dice Escapuzalco,
una legua de Méjico. Pues labrar piedras finas y chalchihuís, que son como
esmeraldas, otros muchos grandes maestros. Vamos adelante a los grandes
oficiales de labrar y asentar de pluma y pintores y entalladores muy sublimados,
que por lo que ahora hemos visto la obra que hacen, tendremos consideración en
lo que entonces labraban. Que tres indios hay ahora en la ciudad de Méjico tan
primísimos en su oficio de entalladores y pintores, que se dicen Marcos de
Aquino, Juan de la Cruz y el Crespillo, que si fueran en el tiempo de aquel
antiguo y afamado Apeles, o de Miguel Ángel, o Berruguete, que son de nuestro
tiempo, también les pusieran en el número de ellos.
Pasemos adelante y vamos a las indias tejedores o labranderas, que le hacían
tanta multitud de ropa fina con muy grandes labores de pluma. De donde más
cotidianamente le traían era de unos pueblos y provincia que está en la costa del
norte, que se decían Cotastán, muy cerca de San Juan de Ulúa.
En su casa del mismo gran Montezuma todas las hijas de señores que él tenía
por amigas siempre tejían cosas muy primas, y otras muchas hijas de vecinos
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