Desde que aquello vio nuestro capitán dijo a doña marina y Aguilar, nuestras
lenguas, que dijesen a los embajadores del gran Montezuma, que allí estaban,
que mandasen a los caciques traer de comer; y lo que traían era agua y leña, y
unos viejos que lo traían decían que no tenían maíz.
En aquel mismo día vinieron otros embajadores de Montezuma y se juntaron
con los que estaban con nosotros, y dijeron a Cortés muy desvergonzadamente
que su señor les enviaba a decir que no fuésemos a su ciudad porque no tenía
qué darnos de comer, y que luego se querían volver a Méjico con la respuesta.
Desde que aquello vio Cortés, le pareció mal su plática, y con palabras blandas
dijo a los embajadores que se maravillaba de tan gran señor como es
Montezuma tener tantos acuerdos, y que les rogaba que no fuesen a México,
porque otro día se quería partir para verle y hacer lo que mandase, y aun me
parece que les dio unos sartalejos de cuentas. Los embajadores dijeron que sí
aguardarían.
Hecho esto, nuestro capitán nos mandó juntar, y nos dijo: ?Muy desconcertada
veo esta gente. estemos muy alerta, que alguna maldad hay entre ellos?.
Estando en estas pláticas vinieron tres indios de los de Cempoal, nuestros
amigos, y secretamente dijeron a Cortés que han hallado, junto a donde
estábamos aposentados, hecho hoyos en las calles, encubiertos con madera y
tierra encima, que si no miran mucho en ello no se podría ver, y que quitaron la
tierra de encima de un hoyo y estaba lleno de estacas muy agudas, para matar los
caballos si corriesen, y que ciertamente no estaban de buen arte, porque también
hallaron albarradas de maderos gruesos en otra calle.
En aquel instante vinieron ocho indios tlascaltecas, de los que dejamos en el
campo que no entraron en Cholula, y dijeron a Cortés: ?Mira, Malinche, que esta
ciudad está de mala manera, porque sabemos que esta noche has sacrificado a su
ídolo, que es el de la guerra, siete personas, y los cinco de ellos son niños,
porque les dé victoria contra vosotros, y también hemos visto que sacan todo el
fardaje y mujeres y niños?. Como aquello oyó Cortés, luego les despachó para
que fuesen a sus capitanes, los tlascaltecas, y que estuviesen muy aparejados si
les enviásemos a llamar.
Volvamos a nuestro capitán, que quiso saber muy por extenso todo el concierto
y los que pasaban, y dijo a doña Marina que llevase más chalchihuís a dos papas
que había hablado primero, pues no tenían miedo, y con palabras amorosas les
dijese que los quería tornar a hablar Malinche, y que los trajese consigo.
Doña Marina fue, y les habló de tal manera, que lo sabía muy bien hacer, y con
dádivas vinieron luego con ella. Cortés les dijo que dijesen la verdad de lo que
supiesen, pues eran sacerdotes de ídolos y principales que no habían de mentir, y
que lo que dijesen no sería descubierto por vía ninguna, pues que otro día nos
habíamos de partir, y que les daría mucha ropa.
Dijeron que la verdad es que su señor Montezuma supo que íbamos a aquella
ciudad, y que cada día estaba en muchos acuerdos, que no determinaba bien la
cosa, que unas veces les enviaba a mandar que si allá fuésemos que nos hiciesen
mucha honra y nos encaminasen a su ciudad, y otras veces les enviaba a decir
que ya no era su voluntad que fuésemos a Méjico. Que ahora nuevamente le han
aconsejado su Tescatepuca y su Huichilobos, en quien ellos tienen gran
devoción, que allí en Cholula nos matasen o llevasen atados a Méjico. Que había
enviado el día antes veinte mil hombres de guerra, y que la mitad están ya aquí
dentro de esta ciudad y la otra mitad están cerca de aquí entre unas quebradas.
Cortés les mandó dar mantas muy labradas y les rogó que no lo dijesen, porque
si lo descubrían, a la vuelta que volviésemos de Méjico, los matarían; y que se
quería ir muy de mañana, y que hiciesen venir todos los caciques para hablarles,
como dicho les tiene.
Luego aquella noche tomó consejo Cortés de lo que habíamos de hacer, porque
tenía muy extremados varones y de buenos consejos; todo pareció bien este
postrer acuerdo; y fue de esta manera, que ya que les había dicho Cortés que nos
habíamos de partir para otro día, hiciésemos que liábamos nuestro hato, que era
harto poco, y en unos grandes patios que había donde posábamos, que estaban
con altas cerca diésemos en los indios de guerra, pues aquello era su merecido; y
que con los embajadores de Montezuma disimulásemos y les dijésemos que los
malos cholultecas han querido hacer una traición y echar la culpa de ella a su
señor Montezuma, y a ellos mismos, como sus embajadores, lo cual no creímos
que tal mandase hacer.
Una india vieja, mujer de un cacique, como sabía el concierto y trama que tenían
ordenado, vino secretamente a doña Marina, nuestra lengua, y como la vio moza
y de buen parecer y rica, le dijo y aconsejó que se fuese con ella a su casa si
quería escapar con vida, porque ciertamente aquella noche o al otro día nos
habían de matar a todos, porque ya estaba así mandado y concertado por el gran
Montezuma, para que entre los de aquélla ciudad y los mejicanos se juntasen y
no quedase ninguno de nosotros con vida, o nos llevasen atados a Méjico. Que
porque sabe esto y por lástima que tenía de la doña Marina, se lo venía a decir, y
que tomase todo su hato y se fuese con ella a su casa, que allí la casaría con su
hijo, hermano de otro mozo que traía la vieja, que la acompañaba.
Como lo entendió la doña Marina, y en todo era muy avisada, la dijo: ?¡Oh,
madre, cuánto tengo de agradeceros eso que me decís! Yo me fuera ahora con
vos, sino que no tengo aquí de quien fiarme para llevar mis mantas y joyas de
oro, que es mucho. Por vuestra vida, madre, que aguardéis un poco vos y vuestro
hijo, y esta noche nos iremos, que ahora ya veis que estos teúles están velando
ynos sentirán?. La vieja creyó lo que le decía y quedóse con ella platicando. Y
doña Marina entre de presto donde estaba el capitán y le dice todo lo que pasó
con la india, la cual luego la mandó traer ante él y la tornó a preguntar sobre las
traiciones y conciertos; y le dijo ni más ni menos que los papas. Y la pusieron
guardas porque no se fuese.
Desde que amaneció ¡qué cosa era de ver la prisa que traían los caciques y papas
con los indios de guerra, con muchas risadas y muy contentos, como si ya nos
tuvieran metidos en el garlito y redes! Y trajeron más indios de guerra que les
demandamos, que no cupieron en los patios, por muy grandes que son, que aun
todavía están sin deshacer por memoria de lo pasado.
Por bien de mañana que vinieron los cholultecas con la gente de guerra, ya todos
nosotros estábamos muy a punto para lo que se había de hacer, y los soldados de
espada y rodela puestos a la puerta de gran patio, para no dejar salir ningún indio
de los que estaban con armas. Nuestro capitán también estaba a caballo,
acompañado de muchos soldados para su guarda. Y desde que vio que tan de
mañana habían venido los caciques, papas y gente de guerra, dijo: ?¡Qué
voluntad tienen estos traidores de vernos entre las barrancas para hartarse de
nuestras carnes! ¡Mejor lo hará Nuestro Señor!?
Como Cortés estaba a caballo y doña Marina junto a él, comenzó a decir a los
caciques que, sin hacerles enojo ninguno, a qué causa nos querían matar la
noche pasada, y que si les hemos hecho o dicho cosa para que nos tratasen
aquellas traiciones más de amonestarles las cosas que a todos los demás pueblos
por donde hemos venido les decimos y decirles las cosas tocantes a nuestra santa
fe, y esto sin apremiarles en cosa ninguna; y a qué fin tienen ahora nuevamente
aparejadas muchas varas largas y recias, con colleras, y muchos cordeles en una
casa junto al gran cu; y por qué han hecho de tres días acá albarradas en las
calles y hoyos, y pertrechos en las azoteas, y por qué han sacado de su ciudad
sus hijos, mujeres y hacienda.
Esta razón se la decía doña Marina, y se lo daba muy bien a entender. Y desde
que lo oyeron los papas y caciques y capitanes, dijeron que así es verdad lo que
les dice, y que de ello no tienen culpa, porque los embajadores de Montezuma lo
ordenaron por mandado de su señor.
Entonces les dijo Cortés que tales traiciones como aquellas, que mandan las
leyes reales que no queden sin castigo, y que por su delito que han de morir.
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