concertado. Y mandó prender hasta diez y siete indios de aquellos espías, y de
ellos se cortaron las manos, y a otros los dedos pulgares, y los enviaron a su
señor Xicotenga; y se les dijo que por el atrevimiento de venir de aquella manera
se les ha hecho ahora aquel castigo; y que digan que vengan cuando quisieren,
de día y de noche, que allí le aguardaríamos dos días, y que si dentro de los dos
días no viniese, le iríamos a buscar a su real; y que ya hubiéramos ido a darles
guerra y matarles si no es porque les queremos mucho y que no sean más locos y
vengan de paz.
CÓMO VINIERON A NUESTRO REAL EMBAJADORES DE
MONTEZUMA
Como Nuestro Señor Dios, por su gran misericordia, fue servido darnos victoria
en aquellas batallas de Tlascala, voló nuestra fama por todas aquellas comarcas
y fue a oídos del gran Montezuma a la gran ciudad de Méjico; y si de antes nos
tenían por teúles, de ahí adelante nos tenían en muy mayor reputación y por
fuertes guerreros; y puso espanto en toda la tierra cómo siendo nosotros tan
pocos y los tlascaltecas de muy grandes poderes, los vencimos, y ahora
enviarnos de demandar paz.
De manera que Montezuma, gran señor de Méjico, de muy bueno que era temió
nuestra ida a su ciudad; despachó cinco principales hombres de mucha cuenta, a
Tlascala y a nuestro real para darnos el bien venidos y a decir que se había
holgado mucho de la gran victoria que hubimos contra tantos escuadrones de
contrarios; y envió en presente obra de mil pesos de oro en joyas muy ricas y de
muchas maneras labradas, y veinte cargas de ropa fina de algodón; y envió a
decir que quería ser vasallo de nuestro gran emperador, y que holgaba porque
estábamos ya cerca de su ciudad, por la buena voluntad que tenía Cortés a todos
los teúles sus hermanos que con él estábamos; y que viese cuánto quería de
tributo cada año para nuestro gran emperador, que lo hará en oro, plata, ropa y
piedras de chalchihuís, con tal que no fuésemos a Méjico; y esto que no lo hacía
porque de muy buena voluntad no nos acogiera, sino por ser la tierra estéril y
fragosa, y que le pesaría de nuestro trabajo, si nos lo viese pasar; que por
ventura él no lo podría remediar tan bien como querría.
Cortés les respondió, y dijo que le tenía en gran merced la voluntad que
mostraba y el presente que envió y el ofrecimiento de dar a Su Majestad el
tributo que decía; y rogó a los mensajeros que no se fuesen hasta ir a la cabecera
de Tlascala, que allí los despacharía porque viesen en lo que paraba aquello de
la guerra.
CÓMO VINO XICOTENGA, CAPITÁN GENERAL DE TLASCALA, A
ENTENDER LAS PACES
Estando platicando Cortés con los embajadores de Montezuma, y quería reposar
porque estaba malo de calentura y purgado de otro día antes, viénenle a decir
que venía el capitán Xicotenga con muchos caciques y capitanes, y que traen
cubiertas mantas blancas y coloradas, digo la mitad de las mantas blancas, y la
otra mitad colorada, que era su divisa y librea, y muy de paz y traía consigo
hasta cincuenta hombres principales que le acompañaban.
Llegado el aposento de Cortés le hizo muy gran acato en sus reverencias y
mandó quemar mucho copal; y Cortés, con gran amor le mandó sentar cabe sí.
Dijo Xicotenga que venía de parte de su padre y de Maseescasi, y de todos los
caciques y república de Tlascala a rogarle que les admitiese a nuestra amistad, y
que venía a dar la obediencia a nuestro rey y señor y a demandar perdón por
haber tomado armas y habernos dado guerras, y que si lo hicieron, fue por no
saber quién éramos, porque tuvieron por cierto que veníamos de la parte de su
enemigo Montezuma, que como muchas veces suelen tener astucias y mañas
para entrar en sus tierras y robarles y saquearles, así creyeron que les quería
hacer ahora, y que por esta causa procuraban defender sus personas y patria, y
fue forzado a pelear. Que ellos eran muy pobres, que no alcanzan oro ni plata, ni
piedras ricas, ni ropa de algodón, ni aun sal para comer, porque Montezuma no
les da lugar para salirlo a buscar; y que sus antepasados tenían algún oro y
piedras de valor, que al Montezuma se lo habían dado cuando algunas veces
hacían paces y treguas, porque no les destruyesen, y esto en los tiempos muy
atrás pasados; y porque al presente no tienen qué dar, que les perdones, que su
pobreza de causa a ello y no la buena voluntad.
Era este Xicotenga alto de cuerpo, de grande espalda y bien hecho y la cara tenía
larga y como hoyosa y robusta; era de hasta treinta y cinco años, y en el parecer
mostraba en su persona gravedad.
Cortés le dio las gracias muy cumplidas, con halagos que le mostró, y dijo que
los recibía por vasallos de nuestro rey y señor y amigos nuestros. Luego dijo
Xicotenga que nos rogaba fuésemos a su ciudad, porque estaban todos los
caciques, viejos y papas aguardándonos con mucho regocijo. Cortés les
respondió que él iría presto, y que luego fuera, sino porque estaba entendiendo
en negocios con el gran Montezuma; y como haya despachado aquellos
mensajeros, que él será allá.
A todas estas pláticas y ofrecimientos estaban presentes los embajadores
mejicanos, y les pesó en gran manera de las paces, porque bien entendieron que
por ellas no les había de venir bien ninguno. Y desde que se hubo despedido
Xicotenga, dijeron a Cortés los embajadores de Montezuma, medio riendo, que
si había creído algo de aquellos ofrecimientos que habían hecho de parte de toda
Tlascala, que todo era burla y que no los creyese; que eran palabras muy de
traidores y engañosas; que lo hacían para desde que nos viesen en su ciudad en
parte donde nos pudiesen tomar a salvo, darnos guerra y matarnos; y que
tuviésemos en la memoria cuántas veces nos había venido con todos sus poderes
a matar, y como no pudieron fueron de ellos muchos muertos y otros heridos,
que se querían ahora vengar con demandar paz fingida.
Cortés respondió con semblante de muy esforzado, y dijo que no se le daba nada
porque tuviesen tal pensamiento como decían, y ya que todo fuese verdad, que
él holgará de ello para castigarles con quitarles las vidas y que eso se le da que
den guerra de día que de noche, ni que sea en el campo que en la ciudad, que en
tanto tenía lo uno como lo otro, y para ver si es verdad, que por esta causa
determina de ir allá.
Viendo aquellos embajadores su determinación, rogáronle que aguardásemos
allí en nuestro real seis días, porque querían enviar dos de sus compañeros a su
señor Montezuma, y que vendrían dentro de los seis días con respuesta. Cortés
se lo prometió, lo uno, porque como he dicho estaba con calenturas, y lo otro,
que como aquellos embajadores le dijeron aquellas palabras, aunque hizo
semblante de no hacer caso de ellas, miró si por ventura serían verdad hasta ver
más certidumbre en las paces, porque eran tales que había que pensar en ellas.
Cumplido el plazo que habían dicho, vinieron de Méjico seis principales
hombres de mucha estima, y trajeron un rico presente que envió el gran
Montezuma, que fueron más de tres mil pesos de oro en ricas joyas de diversas
maneras y doscientas piezas de ropa de mantas muy ricas de pluma y de otras
labores; y dijeron a Cortés cuando se lo presentaron, que su señor Montezuma se
huelga de nuestra buena andanza, y que le ruega muy hincadamente que ni en
bueno ni en malo no fuese con los de Tlascala a su pueblo, ni se confiase de
ellos, que le querían llevar allá para robarle oro y ropa, porque son muy pobres;
que un buena manta de algodón no alcanzan, y que por saber que Montezuma
nos tiene por amigos y nos envía aquel oro, joyas y mantas, lo procurarían robar
muy mejor.
Cortés recibió con alegría aquel presente y dijo que se lo tenía en merced y que
él lo pagaría al señor Montezuma en buenas obras, y que si sientiese que a los
tlascaltecas les pasase por el pensamiento lo que Montezuma les envía a avisar,
que se lo pagarían con quitarles las vidas, y que él sabe que no harán villanía
ninguna, y que todavía quiere ir a ver lo que hacen.
CÓMO VINIERON A NUESTRO REAL LOS CACIQUES VIEJOS DE
TLASCALA
Desde que los caciques viejos de toda Tlascala vieron que no íbamos a su
ciudad, acordaron venir en andas, y otros en hamacas y a cuestas, y otros a pie;
los cuales eran los por mí ya nombrados que se decían Maseescasi, Xicotenga el
Viejo, Guaolocín, Chichimecatecle y Tecapaneca de Topoyanco, los cuales
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