espanto arraigar, mandó el gobernador que los entregasen a todos en
manos de otros indios que aquéllos tenían por sus enemigos. Los
cuales, llorando y clamando rogaban que los matasen ellos e no los
diesen a sus enemigos; y no queriendo salir de la casa donde
estaban, allí los hi
cieron pedazos, clamando y diciendo: «Venimos a serviros de paz e
matáisnos; nuestra sangre quede por estas paredes en testimonio de
nuestra injusta muerte y vuestra crueldad.» Obra fue ésta, cierto,
señalada e dina de considerar e mucho más de lamentar.
De los grandes reinos y grandes provincias U Perú
En el año de mil e quinientos e treinta y uno fue otro tirano grande
con cierta gente a los reinos del Perú ', donde entrando con el
título e intención e con los principios que los otros todos pasados
(porque era uno de los que se habían más ejercitado e más tiempo en
todas las crueldades y estragos que en la Tierra Firme desde el año
de mil e quinientos y diez se habían hecho), cresció en crueldades y
matanzas y robos, sin fe ni verdad, destruyendo pueblos, apocando,
matando las gentes dellos e siendo causa de tan grandes males que
han sucedido en aquellas tierras, que bien somos ciertos que nadie
bastará a referillos y encarecellos, hasta que los veamos y
cognozcamos claros el día del juicio; y de algunos que quería
referir la deformidad y calidades y circunstancias que los afean y
agravian, verdaderamente yo no podré ni sabré encarecer.
— En su infelice entrada mató y destruyó algunos pueblos e les robó
mucha cantidad de oro. En una isla que está cerca de las mesmas
provincias, que se llama Pugna, muy poblada e graciosa, e
rescibiéndole el señor y gente della como a ángeles del cielo, y
después de seis meses habiéndoles comido todos sus bastimentos, y de
nuevo descubriéndoles los trojes del trigo m que tenían para sí e
sus mujeres y hijos los tiempos de seca y estériles, y
ofreciéndoselas con muchas lágrimas que las gastasen e comiesen a su
voluntad, el pago que les dieron a la fin fue que los metieron a
espada y alancearon mucha cantidad de gentes dellas, y los que
pudieron tomar a vida hicieron esclavos con grandes y señaladas
crueldades otras
que en ellas hicieron, dejando casi despoblada la dicha isla.
De allí vanse a la provincia de Tumbala 19 ques en la Tierra Firme,
e matan y destruyen cuantos pudieron. Y porque de sus espantosas y
horribles obras huían todas las gentes, decían que se alzaban e que
eran rebeldes al rey. Tenía este tirano esta industria: que a los
que pedía y otros que venían a dalles presentes de oro y plata y de
lo que tenían, decíales que trujesen más, hasta que él vía que o no
tenían más o no traían más, y entonces decía que los rescebía por
vasallos de los reyes de España y abrazábalos y hacía tocar dos
trompetas que tenía, dándoles a entender que desde en adelante no
les habían de tomar más ni hacelles mal alguno, teniendo por lícito
todo lo que les robaba y le daban por miedo de las abominables
nuevas que de él oían antes que él los rescibiese so el amparo y
protectión del rey; como si después de rescebidos debajo de la
protectión real no los oprimiesen, robasen, asolasen y destruyesen y
él no los hubiera así destruido.
Pocos días después, viniendo el rey universal y emperador de
aquellos reinos, que se llamó Atabaliba, con mucha gente desnuda y
con sus armas de burla, no sabiendo cómo cortaban las espadas y
herían las lanzas y cómo corrían los caballos, e quien eran los
españoles (que sí los demonios tuvieren oro, los acometerán para se
lo robar), llegó al lugar donde ellos estaban, diciendo: «¿Dónde
están esos españoles? Salgan acá, que no me mudaré de aquí hasta que
me satisfagan de mis vasallos que me han muerto, y pueblos que me
han despoblado, e riquezas que me han robado.» Salieron a él,
matáronle infinitas gentes, prendiéronle su persona, que venía en
unas andas y después de preso tractan con él que se rescatase:
promete de dar cuatro míllones de castellanos y da quince, y ellos
prométenle de soltalle; pero al fin, no guardándole la fe ni verdad
(como nunca en las Indias con los indios por los españoles se ha
guardado), levántanle que por su mandado se juntaba gente, y él
responde que en toda la tierra no se movía una hoja de un árbol
sin su voluntad: que si gente se juntase creyesen que él la mandaba
juntar, y que presto estaba, que lo matasen. No onstante todo esto,
lo condenaron a quemar vivo, aunque después rogaron algunos al
capitán que le, ahogasen, y ahogado lo quemaron. Sabido por él,
dijo: «Por qué me quemáis, qué os he hecho? ¿No me prometistes de
soltar dándoos el oro? ¿No os di-más de lo que os prometí? Pues que
así lo queréis, envíame a vuestro rey de España», e otras muchas
cosas que dijo para gran confusión y detestación de la gran
injusticia de los españoles; y en fin lo quemaron. Considérese aquí
la justicia e título desta guerra; la prisión deste señor e la
sentencia y ejecución de su muerte, y la cosciencia con que tienen
aquellos tiranos tan grandes tesoros como en aquellos reinos a aquel
rey tan grande e a otros infinitos señores e particulares robaron.
De infinitas hazañas señaladas en maldad y crueldad, en estirpación
de aquellas gentes, cometidas por los que se llaman cristianos,
quiero aquí referir algunas pocas que un fraile de Sant Francisco a
los principios vido, y las firmó de su nombre enviando treslados por
aquellas partes y otros a estos reinos de Castilla, e yo tengo en mi
poder un treslado con su propia firma, en el cual dice así:
«Yo, fray Marcos de Niza, de la orden de Sant Francisco, comisario
sobre los frailes de la mesma orden en las provincias del Perú, que
fue de los primeros religiosos que con los primeros cristianos
entraron en las dichas provincias, digo dando testimonio verdadero
de algunas cosas que yo con mis ojos vi en aquella tierra,
mayormente cerca del tractamiento y conquistas hechas a los
naturales. Primeramente, yo soy testigo de vista y por experiencia
cierta conosci y alcancé que aquellos indios del Perú es la gente
más benívola que entre indios se ha visto, y allegada e amiga a los
cristianos. Y vi que aquéllos daban a los españoles en abundancia
oro y plata e piedras preciosas y todo cuanto les pedían que ellos
tenían, e todo buen servicio, e nunca los indios salieron de guerra
sino de paz, mientras no les dieron ocasión
con los malos tractamientos e crueldades, antes los rescebían con
toda benivolencia y honor en los pueblos a los españoles, y dándoles
comidas e cuantos esclavos y esclavas pedían para servicio.
»Item, soy testigo e doy testimonio que sin dar causa ni ocasión
aquellos indios a los españoles, luego que entraron en sus tierras,
después de haber dado el mayor cacique Atabaliba más de dos millones
de oro a los españoles, y habiéndoles dado toda la tierra en su
poder sin resistencia, luego quemaron al dicho Atabaliba, que era
señor de toda la tierra, y en pos dél quemaron vivo a su capitán
general Cochilimaca, el cual había venido de paz al gobernador con
otros principales. Asimesmo, después déstos dende a pocos días
quemaron a Chamba, otro senor muy principal de la provincia de
Quito, sin culpa ni aun haber hecho por qué.
»Asimesmo quemaron a Chapera, señor de los canarios, injustamente.
Asímesmo Albia, gran señor de los que había en Quito, quemaron los
pies e le dieron otros muchos tormentos porque dijese dónde estaba
el oro de Atabalíba, del cual tesoro (como pareció) no sabía él
nada. Asimesmo quemaron en Quito a Cozopanga, gobernador que era de
todas las provincias de Quito. El cual, por ciertos requerimient







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