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Бартоломе де лас Касас. «Избранные произведения» (Bartolomé de las Casas. OBRA SELECTA)


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Tenía éste esta costumbre: que cuando iba a hacer guerra a algunos
pueblos o provincias, llevaba de los ya sojuzgados indios cuantos
podía que hiciesen guerra a los otros; e como no les daba de comer a
diez y a veinte mil hombres que llevaba, consentíales que comiesen a
los indios que tomaban. Y así había en su real solenísíma carnecería
de carne humana, donde en su presencia se mataban los nifios y se
asaban, y mataban el hombre por solas las manos y pies, que tenían
por los mejores bocados. Y con estas immanidades, oyéndolas todas
las otras gentes de las otras tierras, no sabían dónde se meter de
espanto.
Mató infinitas gentes con hacer navíos; llevaba de la mar del Norte
a la del Sur, ciento y treinta leguas, los indios cargados con
anclas de tres y cuatro quintales, que se les metían las ufias
dellas por las espaldas y lomos; y llevó desta manera mucha
artillería en los hombros de los tristes desnudos; e yo vide muchos
cargados de artillería por los caminos, angustiados. Descasaba y
robaba los casados, tomándoles las mujeres y las hijas, y dábalas a
los marineros y soldados por tenellos contentos para llevallos en
sus armadas; henchía los navíos de indios, donde todos perecían de
sed y hambre. Y es verdad que si hobiese de decir, en particular,
sus crueldades, hiciese un gran libro que al mundo espantase. Dos
armadas hizo, de muchos navíos cada una, con las cuales abrasó, como
si fuera fuego del cielo, todas aquellas tierras. ¡Oh, cuántos
huérfanos hizo, cuántos robó de sus hijos, cuántos privó de sus
mujeres, cuántas mujeres dejó sin maridos, de cuántos adulterios y
estupros e violencias

fue causa! ¡Cuántos privó de su libertad, cuántas angustias e
calamidades padecieron muchas gentes por él! ¡Cuántas lágrimas hizo
derramar, cuántos sospiros, cuántos gemidos, cuántas soledades en
esta vida e de cuántos dannación eterna en la otra causó, no sólo de
indios, que fueron infinitos, pero de los infelices cristianos de
cuyo consorcio se favoreció en tan grandes insultos, gravísimos
pecados e abominaciones tan execrables! Y plega a Dios que dél haya
habido misericordia e se contente con tan mala fin como al cabo le
dio.

De la Nueva España y Pánuco y jalisco
Hechas las grandes crueldades y matanzas dichas y las que se dejaron
de decir en las provincias de la Nueva España y en la de Pánuco,
sucedió en la de Pánuco otro tirano insensible, cruel, el año de mil
e quinientos e veinte y cinco '5, que haciendo muchas crueldades y
herrando muchos y gran número de esclavos de las maneras suso.
dichas, siendo todos hombres libres, y enviando cargados muchos
navíos a las islas Cuba y Española, donde mejor venderlos podía,
acabó de asolar toda aquella provincia; e acaesció allí dar por una
yegua ochenta indios, ánimas racionales. De aquí fue proveído para
gobernar la ciudad de México y toda la Nueva España con otros
grandes tiranos por oidores y él por presidente. El cual con ellos
cometieron tan grandes males, tantos pecados, tantas crueldades,
robos e abominaciones que no se podrían creer. Con las cuales
pusieron toda aquella tierra en tan última despoblación, que si Dios
no les atajara con la resistencia de los religiosos de Sant
Francisco e luego con la nueva provisión [de] un Audiencia Real
buena y amiga de toda virtud, en dos años dejaran la Nueva España
como está la isla Española. Hobo hombre de aquellos, de la compañía
déste, que para cercar de pared una gran huerta suya traía ocho mil
indios, trabajando sin pagalles nada ni dalles de comer, que de
hambre se caían muertos súpitamente, y él no se daba por ello nada.
Desque tuvo nueva el principal desto, que dije que

acabó de asolar a Pánueo, que venía la dicha buena Real Audiencia,
inventó de ir la tierra adentro a descubrir donde tiranizase, y sacó
por fuerza de la provincia de México quince o veinte mil hombres
para que le llevasen, e a los españoles que con él iban, las cargas,
de los cuales no volvieron docientos, que todos fue causa que
muriesen por allá. Llegó a la provincia de Mechuacam, que es
cuarenta leguas de México, otra tal y tan felice e tan llena de
gente como la de México, saliéndole a recebir el rey e señor della
con procesión de infinita gente e haciéndole mil servicios y regalos
'; prendió luego al dicho rey, porque tenía fama de muy rico de oro
y plata, e porque le diese muchos tesoros comienza a dalle estos
tormentos el tirano: pónelo en un cepo por los pies y el cuerpo
estendido, e atado por las manos a un madero; puesto un brasero
junto a los pies, e un muchacho, con un hisopillo mojado en aceite,
de cuando en cuando se los rociaba para tostalle bien los cueros; de
una parte estaba un hombre cruel, que con una ballesta armada
apuntábale al corazón; de otra, otro con un muy terrible perro bravo
echándoselo, que en un credo lo despedazara, e así lo atormentaron
porque descubriese los tesoros que pretendía, hasta que, avisado
cierto religioso de Sant Francisco, se lo quitó de las manos; de los
cuales tormentos al fin murió. Y desta manera atormentaron e mataron
a muchos señores e caciques en aquellas provincias, porque diesen
oro y plata.
Cierto tirano en este tiempo, yendo por visitador más de las bolsas
y haciendas para roballas de los indios que no de las ánimas o
personas, halló que ciertos indios tenían escondidos sus ídolos,
como nunca los hobiesen enseñado los tristes españoles otro mejor
Dios: prendió los señores hasta que le dieron los ídolos, creyendo
que eran de oro o de plata, por lo cual cruel e injustamente los
castigó. Y porque no quedase defraudado de su fin, que era robar,
constrifió a los dichos caciques que le comprasen los ídolos, y se
los compraron por el oro o plata que pudieron hallar¡ para adorarlos
como solían por Dios. Estas son las obras y ejemplos que hacen y
honra que

procuran a Dios en las Indias los malaventurados españoles.
Pasó este gran tirano capitán, de la de Mechuacam a la provincia de
jalisco, que estaba entera e llena como una colmena de gente
poblatísima e felicísíma, porque es de las fértiles y admirables de
las Indias; pueblo tenía que casi duraba siete leguas su población.
Entrando en ella salen los señores y gente con presentes y alegría,
como suelen todos los indios, a rescebir. Comenzó a hacer las
crueldades y maldades que solía, e que todos allá tienen de
costumbre, e muchas más, por conseguir el fin que tienen por dios,
que es el oro. Quemaba los pueblos, prendía los caciques, dábales
tormentos, hacía cuantos tomaba esclavos. Llevaba infinitos atados
en cadenas; las mujeres paridas, yendo cargadas con cargas que de
los malos cristianos llevaban, no pudiendo llevar las criaturas por
el trabajo e flaqueza de hambre, arrojábanlas por los caminos, donde
infinitas perecieron.
Un mal cristiano, tomando por fuerza una doncella para pecar con
ella, arremetió la madre para se la quitar, saca un puñal o espada y
córtala una mano a la madre, y a la doncella, porque no quiso
consentir, matóla a puñaladas.
Entre otros muchos hizo herrar por esclavos injustamente, siendo
libres (como todos lo son), cuatro mil e quinientos hombres e
mujeres y niños de un año, a las tetas de las madres, y de dos, y
tres, e cuatro, e cinco años, aun saliéndole a rescebir la paz, sin
otros infinitos que no se contaron.
Acabadas infinitas guerras inicuas e infernales y matanzas en ellas
que hizo, puso toda aquella tierra en la ordínaría e pestilencial
servidumbre tiránica que todos los tíranos cristianos de las Indias
suelen y pretenden poner aquellas gentes. En la cual consintió hacer
a sus mesmos mayordomos e a todos los demás crueldades y tormentos

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