nte de la reunión, dijo,
alzando la voz para ser oído por todos:
-28-
Ayinque pu peñi: (queridos hermanos) : Ya sabéis que los caciques todos,
ancianos y jóvenes me han señalado y reconocido como mayor después de haber
parlamenteado largo rato.
«Vosotros sabéis también que siempre he sido amigo y defensor de todos los
mapuches; ahora mejor los defenderé, puesto que es mi obligación. Tan pronto
como tenga tiempo, mandaré al Gobierno un escrito diciéndole lo que han hecho
con nosotros los huincas y el Gobierno deberá oírnos. Después veremos lo que
habrá que hacer, yo tengo amigos y ellos y el padrecito me dirán cómo lo haré. Si
hay necesidad iré a Santiago y hablaré con el Presidente. Cuando he ido otras
veces me ha ido bien Ei!
«Yo les pido a todos los mapuches que sean obedientes; que respeten a su
cacique y a los caciques les pido que cuando yo necesite algo y lo pida me
atiendan luego y que sigan los consejos que yo les daré. Así podremos conseguir
algo, cuando vean que estamos unidos. Ei!.
«Cada vez que un indio sea atropellado por un español le avisará a su cacique;
entonces el cacique verá si puede hacerse respetar. Si no puede, entonces me
avisaran a mí y yo saldré con gente que pediré a los caciques, e iré a defender al
indio.
«Cuando un indio se porte mal su cacique lo castigará. Ningún mapuche venda ni
arriende su terreno a los españoles, porque eso sirve para que el huinca viva
cerca de nosotros y empiece a robarnos. Ningún indio debe hacer negocios con
españoles, sin consultar a su cacique, al padrecito o a mí. Ei! Ei! Viva cacique
Catriel!
Los gritos se renuevan con el mismo furor que al principio. Los cacique se dirigen
a sus caballos para ponerse al frente de su reducción y organizar el desfile, que es
el primer acto de reconocimiento público y oficial, diremos, del nuevo jefe.
El parlamento ha terminado.
-29-
VII. DESFILE, SACRIFICIO Y BAILE
Los sargentos imparten las órdenes atravesando el campo a galope tendido. Los
caciques se han retirado casi todos, para encabezar sus reducciones, y el cacique
jefe acompañado de su capitán abanderado, de Curipán Treulén el viejo, del padre
Sigifredo, del señor Erladsen y del que esto escribe, se coloca, a caballo, a la
sombra del boldo para presenciar el desfile.
La columna se ha formado como a dos cuadras de distancia. Se divisa flamear las
banderas.
Las cornetas no tocan.
Aprovechamos la circunstancia para interrogar a Catriel respecto de la elección y
de su triunfo. Catriel se sonríe. Habla apenas el castellano y a media lengua nos
dice:
-Me ha costado mucho, pero no aflojé. Yo quería ser mayor porque estaba seguro
de que si era otro, no trabajaría nada por los indios.
Sentimos las cornetas que empiezan sus toques alegres y marciales y vemos
venir la columna a galope y en medio de una nube de polvo.
Vienen adelante cuatro «trutrucaman» con sendas trutrucas de más de tres metros
de largo.
Estos instrumentos suenan como un contrabajo.
Detrás de estas cuatro trutrucas vienen cuatro cornetas, dos de metal y dos de
madera (trutrucas cortas), tocando cada cual por su cuenta.
En seguida el cacique heredero, bandera y reducción de Coz-Coz, con un grupo
de ocho o diez «pifilcaman» (tocadores de pifilcas.)
Enfrentan al cacique jefe y lanzan un grito que más parece alarido, al mismo
tiempo que el cacique saluda con el sombrero y la bandera se bate a ambos lados.
Pasan a todo galope y sin detenerse.
Después de Coz-Coz pasa Trailafquen, reducción del jefe; los indios de esta
reducción están que no caben en sí mismos de alegría y al pasar frente a su jefe,
se entregan a una tanda de gritos y de vivas ensordecedores. Trailafquén no
continúa detrás de Coz-Coz, sino que da vuelta, al boldo, y se coloca haciendo
escolta a Catriel; de modo que detrás de nosotros se forma un concierto de pifilcas
y de cornetas y trutrucas que no hay más que oír.
Continúa Ancacomoe, con Hueitra a la cabeza.
El cacique va montado en un soberbio caballo negro y ofrece un aspecto
imponente. Pasa al galope, se quita el sombrero y su gente, más de ciento entre
mocetones y caciques, lanzan el grito de reglamento. La pasada de Hueitra y su
gente, provocó un justo aplauso de nuestra parte. Todos los indios iban bien
montados y bien vestidos. Se habían formado en hileras de a cuatro y
presentaban el aspecto de una escuadra de caballería.
Panguipulli, Huitag, Pucura, Malalhue, Palehue, Cayumapu, Antilhue,
Huenumaihue, Purulón, Quilche, etc., desfilaron con todo orden puede decirse. De
algunas reducciones, al pasar se disparataban tiros de revólver. La cosa era meter
harta bulla.
Por lo que hace a la reducción de Trailafquén, que teníamos de escolta, los
«trutrucaman« y «pifilcaman» continuaban su desconcierto con un fervor a prueba
de pulmones.
-30-
Por fin desfiló la última reducción y detrás de ella partió Catriel con los suyos. Iban
al «trahuén» a sacrificar el toro amarillo que el jefe había mandado a buscar.
Todas las reducciones habían rodeado el «trahuén». Las mujeres estaban
sentadas debajo de sus ramadas, con todos sus atavíos y joyas de plata,
esperando el momento en que fueran llamadas o sacadas al baile.
En una estaca, al lado del manzano sagrado, estaba amarrado el toro esperando
su hora. El fuego ardía, recién reavivado y a través de las llamas se veían las
paredes del hoyo enrojecidas por el fuego permanente.
La llegada de Catriel se conoció por el silencio que se hizo. Los instrumentos
callaron.
Catriel avanzó hasta el manzano y cogió el cordel con que estaba amarrado el
animal; lo llevó hasta cerca del fuego, y allí, en un momento, ayudado de un
sargento, *(pag 61) pincharon el toro por las cuatro patas y lo botaron al suelo,
fijando fuertemente las amarras a los troncos y estacas a fin de que la víctima no
se moviera.
El sargento y la calfimalen de Coz-Coz eran las señales y los mocetones sacan a
las indias para el baile.
Catriel se ha quitado el paletó y subídose las mangas de la camisa; toma un puñal
que le entrega un viejo y se acerca a la víctima; le pone una rodilla sobre el cuellos
y le entierra el puñal en el vientre haciéndole un tajo largo hasta el pecho. Las
tripas e intestinos se vacían y el animal muge y quiere mover las patas, pero las
amarras no lo dejan.
El sacrificador hunde sus manos en el cuerpo del toro y revuelve las vísceras para
encontrar el corazón. Varias veces retira sus manos ensangrentadas; por fin
encuentra la víscera buscada y de varios tirones, rasgando las carnes vivas, la
arranca y la muestra palpitante a la concurrencia, que prorrumpe en un grito. Ei!
En seguida, llevando el corazón con ambas manos y sujetándolo, porque salta
como queriendo escapar a esa barbarie, se acerca al tronco del manzano, destila
allí la sangre rociando con ella todo el tronco y en seguida arroja el pedazo de
carne que contenía una vida, la medio del fuego.
Siéntese el chisporroteo por un momento y en seguida el olor a carne quemada.
La calfimalen grita con voz infantil golpeando el «cunchun» (1) (kultrun): Puruman!
Puruman! Y las parejas se lanzan al baile al son de pifilcas, trutrucas y cornetas y
en medio de los gritos de aprobación de los concurrentes.
Ha concluido el sacrificio del jefe y mientras Catriel se lava las manos como
Pilatos, excusándose tal vez interiormente con la costumbre que le obliga a hacer
algo que a él mismo le repugna, nosotros pensamos que tiene razón el padre
Sigifredo al prohibir a los indios que tomen parte en esas costumbre tan idólatras
como bárbaras y repuganantes.
El baile se anima y las parejas tomadas de la mano procuran seguir el compás
que marca la calfimalen con el cunchun y que siguen a su manera los bailarines,
con los pies y las pifilcas.
La posición de las parejas es igual a la del «pase del quatre», con la diferencia de
que los indios bailan casi pisándoles los talones; el paso del baile es un pequeño
salto hacia delante, con un pie primero y después con el otro, el pie que no ha
saltado se afirma de punta cerca del talón contrario. Y eso no es todo; no hay otra
figura, a lo menos en lo que yo ví.
-31-
—————-
En este baile se pasan horas y a todo rayo de sol. Las parejas que se cansan se
retiran del circo y se incorporan otras que esperan lugar, sin que la danza se
perturbe.
La calfimalen y el sargento son los bastoneros.
Los araucanos son poco galantes, si he de juzgarlos por una escena que
presencié; había una muchacha que no había entrado al baile, ya sea por falta de
pareja o porque no había querido acompañar a otros jóvenes.
En mitad del baile llegó un mocetón a caballo y al verla sentada se desmontó y fue
a solicitar su compañía. La muchacha le dijo que no bailaba, o cosa parecida y
entonces él la tomo de un brazo, le dio dos o tres tirones y le arrastró hacia la
rueda donde siguieron haciendo piruetas con toda tranquilidad.
Pregunté en seguida si ambos jóvenes tenían algún parentesco y un viejo me
contestó que no, sin darme más explicaciones.
Durante el baile las parejas se prestan a un interesante estudio para un espíritu
observador.
Siento no ser yo quien pueda hacer ese estudio de psicol
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