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Аурелио Диас Меса. В Араукании. Aurelio Díaz Meza. EN LA ARAUCANÍA


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igíamos a
nuestro intérprete algunos detalles, se excusaba con justicia, por la imposibilidad
absoluta en que estaba de recoger siquiera una opinión.
El Padre Sigifredo dijo que era inútil esperar que se pusieran de acuerdo. Hueitra
no cedía y Catriel no llevaba inclinaciones de soltar la cuerda. Ambos tenían
numerosos partidarios que discutían a su vez tratando de convencerse
mutuamente.
El sistema de votación, con el cual hubieran podido dilucidarse, no lo entenderían
y si lo conocieran no satisfacería a los vencidos.
Invitonos el padre Sigifredo a comer un asado, que debía ser nuestro almuerzo,
pues era ya más de la una de la tarde y nos retiramos de la reunión dejando a los
caciques enfrascados en el pandemónium de su discusión a gritos.
Nos fuimos como a una cuadra de distancia, debajo de unos árboles tupidos de
ramaje, que ofrecían una sombra bienhechora; al frente, como a media cuadra,
teníamos el «trahuén« que se veía solitario, por cuanto los hombres estaban casi
todos en el parlamento y las mujeres se habían metido debajo de las ramadas, a
dormir, conversar o descansar.
Desde nuestro «comedor« sentíamos la bulla y gritos del los parlamentarios. A
veces amainaba un poco, durante algunos momentos, lo cual nos hacía creer que
había algún acuerdo; pero luego oíamos un coro de voces que subía y subía de
tono hasta alcanzar las proporciones de coro a grito pelado. Nuestro espíritu
pasaba en esos instantes por una cantidad de impresiones distintas, y hubo
momentos en que, reconociendo nuestra deficiencia, deseamos ser, en vez de
modestos corresponsales de diario, escritores de la talla de Amieis, o Poe para
describir con precisión y con talento tanta escena, tanto detalle digno de ser
transmitido y conservado para el futuro.
En el corazón de la selva araucana se renovaban, después de años o de siglos
esas escenas borrasiescas* provocadas por la rudimentaria concepción del
derecho de supremacía. Con esas escenas los araucanos ponían en evidencia el
espíritu de absoluta independencia que ha dominado en todo tiempo a los
habitantes de la selva. En esos momentos veíamos el carácter indomable de los
araucanos de Ercilla!
¡Y en el calor de la discusión, se olvidaban tal vez de que la patria araucana ya no
existe! Y de que el jefe que eligieran no empuñaría el hacha de combate para
llevarlos a estrellar sus pechos valeros contra las bruñidas armas del huinca!
Se olvidaban tal vez de que ellos, dueños y señores de la selva que un día
hicieron temblar al león de España, han sido perseguidos, robados y asesinados,
no en campales batallas, sino mientras un Gobierno les cubre los ojos y les ata las
manos con un mentido protectorado!
-26-
Nosotros habíamos dejado a José Antonio Curipán, nuestro intérprete, en el
«hupiñ» (local del parlamento), a fin de que nos avisase cualquier ocurrencia; de
modo que esperábamos su aviso para volver en el momento que hubiera alguna
novedad.
Después que hubimos almorzado, estuvimos todavía una media hora de
sobremesa. Mejor diríamos que la «sobrebauca» que tal fue nuestro comedor.
Fuimos en seguida a visitar el «trahuén» pero no nos fue dado penetrar al circo;
un sargento nos dijo que los españoles no podían hacerlo. Anduvimos, sin
embargo, alrededor y pudimos mirarlo todo, que no era mucho.
El padre Sigifredo se excusó de acompañarnos; después nos dijo que él tenía
prohibido a los indios que hicieran fiestas en el «trahuén» con sacrificios de
animales, por cuanto era ésta una costumbre bárbara e idólatra y que, por lo tanto,
se recataba de presentarse al rededor del «trahuén» para que los indios
recordaran que era malo y que a Dios no le gustaban esos sacrificios.
Vimos un grupo de jóvenes indias ricamente ataviadas, que estaban sentadas
debajo de una ramada, conversando y celebrando sus palabras con risas frescas y
prolongadas.
Una instantánea de ese grupo habría tenido mucho valor.
Cuando nos vieron, callaron todas; nos miraban, cuchicheaban entre ellas y se
reían debajo de sus iquilla (capas). Les hablamos dos o tres palabras y no dieron
muestras de habernos entendido. Hicimos plancha.
Un tanto cohibidos nos detuvimos a mirarlas; había tipos verdaderamente
interesantes. Una hija del cacique Calfinahuel tiene los ojos verdes y el pelo
castaño, en vez de negro como la generalidad. Sus hermanas tienen el mismo
tipo. Una hija del cacique Camilo Aillapan de Panguipulli es un hermoso tipo de
morena: facciones finas, cutis sonrosado, cara ovalada, ojos negrísimos y grandes
y pelo azabache. Se llama Amalia. Respecto a esta familia Aillapañ hay una
hermosa pasional que alguna vez he de escribir.
Nos retiramos del la ramada algo corridos, porque las indias no cesaban en su
cuchicheo y risas frescachonas. ¡Quizás les parecíamos unos tipos!
Debajo de las demás ramadas había más grupos que nos miraban con curiosidad.
Algunas mujeres dormían, con sus hijos completamente desnudos entre los
brazos; por todas partes, y sobre pellejos sucios, en desorden, se ven mujeres que
conversan, dormitan o dan de mamar a sus pequeñuelos; a su lado están las ollas
y platos y cucharas recién usados, asadores de palo, fuentes de greda de forma
característica y demás utensilios de cocina. Sobre estacas hay trapos
ennegrecidos por el uso, alforjas de tela o cuero llenas de «mantención»; colgadas
de los horcones se ven palanganas, carnes muertas, cueros frescos; y amarrados
al pie, corderos vivos y gallinas y patos que fatigados por el calor sofocante se
guarecen debajo de las ramadas, asando, echando en medio de las mujeres y
chiquillos que duermen. Más allá sobre un ***sao de víveres y tiestos de uso
doméstico, un montón de ropas, chiripas, ponchos, chamales, paños, etc., todo
revuelto en el más completo desorden, sin la menor noción de la higiene en un
hacinamiento puerco de personas, animales y objetos de limpias y sucias
destinaciones.
Recorrimos esas ramadas casi a la carrera; ni el aspecto ni el olor convidaba a
observarlas.
-27-
El «trahuén» así visto, debiera desaparecer.
Caminábamos hacia donde el Padre Sigifredo que había aprovechado nuestra
ausencia para rezar su breviario, cuando oímos una algazara en dirección del
«huepín»; trutrucas, pifilcas y cornetas, empezaron un concierto con toques de
marchas ligeras o dianas. Los gritos agudos, algunos las voces, llenaban el
espacio y repetían vigorosamente en las montañas y valles vecinos.
Las banderas se agitan; los gritos y vivas son cada vez más fuertes, más sonoros;
el entusiasmo ya en delirio. Viva Catriel Cacique! resuena en todas partes, ocho o
diez indios han formado una rueda a caballo y como si el mundo no existiera para
ellos, con la continuación y el recogimiento que pudiera dar solamente el
cumplimiento de una obligación ineludible, forman un coro para lanzar gritos
estridentes que ponen en conmoción al sistema nervioso. Ei! Ei! Huiiii!! gritan al
unísono, lanzando la voz al agudo con toda la fuerza de sus pulmones.
La diversidad de tono en que lanzan esa voz forma tan descomunal concierto, que
los caballos se alborotan y relinchan asustados.
Nosotros nos trasladamos inmediatamente al boldo; cuando llegamos, Cariel y
Hueitra, con el sombrero quitado, estaban tomados de la mano, rodeados de todos
los caciques, que se habían estrechado formando un grupo compacto.
Hueitra hablaba y decía: «No se te olvide que yo he querido que seas mayor
aunque eres joven».
«Acuérdate que son muchas las obligaciones que tú mismo te has buscado y
todas esas obligaciones tienes que cumplirlas, si quieres que tus hermanos te
respeten y que los ancianos te den la mano. Trabaja por que los naturales vivan
tranquilos, por que no les quiten sus tierras ni sus animales y por que les
devuelvan las tierras que les han quitado. No te pongas orgulloso por que eres
mayor; acuérdate que tú también eres mapuche y que si mandas es porque los
ancianos lo han querido».
«Defiende a tus hermanos; eres valiente, eres rico, tienes amigos en el Gobierno y
allí puedes conseguir algo para nosotros. No te olvides que el mejor amigo que
tenemos entre los españoles es el «padrecito». El da buenos consejos, porque
conoce a los españoles; él nos defiende a todos nosotros y él no quita terrenos ni
animales. Fuera de él no te confíes en ningún huinca. Si te portas bien, todos los
ancianos te ayudaremos en todo lo que pidas y acuérdate que Hueitra fue el que
quizo que seas mayor. Ei!»
Ei! Gritaron los caciques.
Catriel dijo: -«Ei! los ancianos han querido que yo sea mayor y por eso soy; no
olvidaré que mi obligación es defender a mis hermanos y por eso he querido ser
mayor. Hueitra habría podido porque es valiente, rico y anciano, pero ahora se
necesita un joven. Los ancianos me darán consejos. Ei!»
Catriel llamó a su sargento y lo mandó a buscar el toro amarillo que el nuevo toqui
o mayor como dicen ahora -debe sacrificar a nechen (dios) y entre tanto pidió
silencio. La bolina infernal que los indios habían continuado, a cada momento con
nuevos bríos, paró en pocos segundos.
Los caciques volvieron a formar el óvalo con que empezaron el Parlamento y
Catriel, colocándose al lado de Curipán Treulén, preside

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