n me dijo.
Después supe que, para aprovechar un propio o correo, había estado escribiendo
cartas hasta las once de la noche…
Había dormido cinco horas, después de la jornada del día anterior. Empezó el
Padre Sigifredo por mostrarme el templo. Es amplio y bien construído y cabrán
cómodamente doscientas personas. Desde los cimientos a la torre, ha sido
construido por los hermanos legos de la misión. La casa anexa es de dos pisos,
hecha especialmente para instalar el Internado Indígena, en las mismas
condiciones que el de Purulón.
Este año en Marzo se abrirá el establecimiento.
Los hermanos continúan trabajando con vigor para dejar lista la casa antes de
esta fecha, a fin de hacer la recogida de mapuchitos que ya empiezan a ser
matriculados.
Sin embargo, en estos años pasados los padres han dado educación a algunos
indiecitos, entre ellos a dos hijas del cacique Principal de Traifafquén, Juan Catriel
Rain, hoy cacique jefe.
Francisco y Manuel, así se llaman los hijos del cacique son jóvenes de diez y seis
y catorce años respectivamente, saben leer y escribir, correctamente el último.
Francisco, el mayor, se ha querido dedicar más al trabajo manual: su oficio es
carpintero y su maestro, el hermano lego.En cambio a Manuel le gusta el estudio.
Ayuda misa, canta y pronuncia el latín y el castellano sin dificultades.
La misión posee cerca de cuarenta hectáreas de terreno, de las cuales los padres
trabajan en la agricultura las que necesita para su sustento y las demás las
destinan al pastoreo de unos cuantos animales que tienen para el servicio.
La regla de los capuchinos, según entiendo, no les permite emplear sus
quehaceres domésticos a personas de fuera; por lo tanto todos los servicios,
cocina, lavado, costura, agricultura, etc., etc., están a cargo de los hermanos, que
se deslizan por los pasadizos y corredores envueltos en los burdos hábitos a
veces resguardados por un delantal, con una perenne sonrisa en los labios que es
su compañera inseparable.
El Padre Sigifredo ha levantado la Misión a costa de muchos sacrificios.
-13-
Personas caritativas le han ayudado con su ábolo desde Santiago, Valdivia y
desde su patria. El gobierno le dio también dos mil pesos.
-Yo quisiera que me los diera otra vez este año, nos dijo el Padre, porque sólo así
saldría de unas deudas grandes que he adquirido. Pero me temo mucho que el
terremoto me haya perjudicado a tanta distancia.
La Misión está situada en una preciosa altura que domina gran parte del lago
Panguipulli. La vista es espléndida; cuatro volcanes destacan sus nevadas
cumbres en el horizonte, siendo el más hermoso de todos el Villarrica. En los días
en que estuvimos en Panguipulli, no pudimos gozar de ese espectáculo, porque la
atmósfera estaba completamente cubierta de humo. Las quemas de roces y el
consiguiente incendio de bosques arrojaban en gran cantidad el humo espeso que
tapaba por completo el horizonte e impedía ver con claridad a dos cuadras de
distancia.
Estábamos con mi respetable cicerone cerca del camino y sentimos gran tropel de
caballos. Eran caciques y mocetones de algunas reducciones que galopaban a
banderas desplegadas hacia Coz-Coz. Nos saludaron sobre la marcha y siguieron
al galope. Hasta ese momento mis ideas sobre los araucanos habían cambiado
mucho. No veía a eso indios corrompidos y degenerados de que tantas veces nos
han escrito algunos cronistas. Todos los naturales que hasta ese momento veía
eran hombres fuertes, útiles.
-Usted me dará algunos detalles, padre, le dije, respecto a la vida íntima de los
indios y sobre todo de los atropellos que sufren.
-Con todo gusto, me respondió. Yo quiero que usted conozca a los indios en su
vida íntima, en un acto importante como este Parlamento, por un número y por
una calidad de los caciques que se juntarán. Usted sólo se formará su juicio sobre
esta raza y cuando ya sepa a qué atenerse respecto a ella, yo le daré a usted
todos los datos que necesite y ojalá que usted como el primer periodista que se ha
internado en estas selvas araucanas en ejercicio de su profesión, alcance el honor
de ser oído por los hombres de las alturas.
-No confíe mucho, padre, no confíe. Por lo mismo que estoy en el oficio sé que si
no se opera un milagro patente a los periodistas no nos hacen caso.
-14-
IV. HACIA EL VALLE DE COZ-COZ
Con puntualidad militar estaban en la Misión a las 8 de mañana esperándonos
para acompañarnos a la «junta» cerca de treinta indios, que tenían recibida de sus
respectivos caciques esa comisión.
Montamos, y con tan numerosa y escogida escolta emprendimos la marcha que
debía durar, a buen paso y galope un par de horas. Durante el viaje, el Padre
Sigifredo nos fue señalando varias posesiones indígenas.
Alrededor de la ruca se ven campos sembrados de trigo, maíz, papas y otras
legumbres, todas en orden como la mejor chacra. Los corrales para el ganado
tienen buenos cercos.
Las manadas de ovejas, numerosas algunas, pastan en las faldas de los cerros,
custodiadas por perros. Animales vacunos y caballares pacen por todas partes. Es
una zona eminentemente agrícola la que atravesamos. Todas son posiciones
indígenas.
Lo único que afea, puede decirse así, es la ruca.
Vamos a pasar frente a una casa de madera de madera y zinc que está en
construcción.
-¿Esa casa es de algún «español«? preguntó al Padre.
-¡ Ah no! esa casa es de Manuel Aillapán, hermano de un cacique de Panguipulli.
Es la primera casita de madera y zinc que fabrica un indio en esta región.
Si en vez del rancho desvencijado y sucio que se llama ruca hubiera en su lugar
una casa de madera con techo de zinc, como la que he apuntado, y como son la
generalidad de las construcciones de la región austral, el aspecto de esta tierra
sería otro, más imponente, más alegre; sería el ideal soñado por un gran filósofo
moderno, según el cual el cultivo de la tierra ha de ser el único medio por y para el
cual el hombre se proporcione comodidades.
Pero ya tendremos oportunidad de hablar de esto más adelante.
Una pequeña cabalgata divisamos venir por nuestro camino. Alguien nos dice que
son indios de Coz-Coz que vienen a encontrarnos.
Efectivamente; es un mocetón intérprete y «sargento» de la reducción de Coz-Coz
que viene a darnos la bienvenida en nombre de su señor Manuel Curipán-Treulén,
dueño de casa, como quien dice, y organizador del parlamento.
-Manda a decir mi tío el cacique de Coz-Coz que les desea muchas felicidades y
que hayan llegado buenos y que sus familias hayan quedado buenas y que no
tengan novedad y que usted se encuentre bien y que pasen no mas al parlamento
que nosotros sabemos que ustedes no quieren mal para nosotros.
Y como el indio llevara trenzas de no terminar tan luego su discurso, el Padre
Sigifredo le dijo:
-Los caballeros agradecen la atención del cacique y luego se lo dirán
personalmente.
Con el mensajero de Curipán, venían tres indios que traían sendas «trutrucas«.
Son estos unos instrumentos hechos de un (palo) de metro de largo por un
centímetro de ancho en la parte superior y hasta dos centrímetros y medio en la
parte inferior.
A este palo se le hace un agujero que empieza en una punta y termina en la otra.
-15-
En la parte inferior se le hace un agregado o tejido con la hoja de una árbol cuyo
nombre no recuerdo, el cual agregado le da la forma de la campana de cualquier
instrumento de metal.
La parte superior se adapta a los labios «trutrucaman» y el instrumento de voces
tan caras y sonoras como las cornetas del ejército.
Las trutrucas tienen la forma de una trompeta antigua, exactamente, pero son de
poca duración; cada año o cada dos años a lo sumo, el cacique tiene que hacer su
provisión de trutrucas para la reducción.
Mensajero y «trutrucaman« formaron en la comitiva y se siguió el camino.
Llegamos a una planicie bastante pintoresca.
En esta planicie, nos dice el Padre Sigifredo debieron haber tenido los españoles
algún establecimiento importante. Vean ustedes las disposiciones de estos fosos
ya casi completamente tapados y luego este levantamiento del terreno en la orilla
de la zanja que encierra todo este pedazo. Yo creo que esto ha sido un fuerte.
He preguntado a indios muy viejos pero no han sabido darme respuesta. Esto
mismo me confirma que son obra de los primeros españoles.
Pasamos al estero, el Coz-Coz, y sentimos detrás de nosotros potentes toques de
trutrucas; verdaderos clarines tocados por pulmones vigorosos. El toque, o mejor
dicho la música tan o más rara que la de los ebinos, a cuya fiesta anual había yo
asistido en el Club de la calle de la Bandera.
Los toques de los araucanos son casi marchas militares bien tocadas; y esto que
pudiera parecer una exageración o más francamente, una mentira, tiene su
explicación sencillísima.
Hay muchos indios que han hecho su servicio militar y allí han aprendida modos y
maneras que transmiten enseguida a sus compañeros.
Los toques de corneta se han aprendido de la misma manera y hay reducciones,
como las de Coz-Coz, Nihual, Panguipulli, Trilafquen y otras, que ya no usan
trutrucas, sino completamente trompetas de metal, iguales a las del Ejército.
Este pequeño detalle a la ligera apuntado, probará que los indios
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