Аурелио Диас Меса. В Араукании. Aurelio Díaz Meza. EN LA ARAUCANÍA
Uncategorized August 4th, 2006
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;n de Purulón.
Tal vez para darle inversión al superávit del internado, es que el Rvdo. Padre
Francisco ha hecho construir por el hermano carpintero dos nuevas salas para
agrandar su colegio, recibiendo desde el primero de marzo hasta ochenta niños….
Si esto no fuera ridículo, con solo enunciarlo se prestaría para las amargas
recriminaciones. ¿De esta manera quiere el fisco civilizar la Araucanía? ¿De esta
manera se cumple el pacto que el Gobierno hizo con los araucanos cuando estos
se sometieron a su protectorado?.
Sin embargo se gastan grandes sumas de dinero cuya inversión objeta hasta el
tribunal de Cuentas, que es cuanto se puede decir!
Antes de la una montamos de nuevo a caballo y picamos hacia la larga jornada de
Panguipulli.
A un cuarto de hora de la misión fuimos detenidos por un indio montado en un
caballo y nada mal trajeado. Como el padre Sigifredo se había quedado un poco
atrás, preguntó en mapuche a los indios que nos acompañaban, si éramos
nosotros los caballeros de Santiago que acompañábamos al Padre. A la respuesta
afirmativa nos habló en español y nos dijo que su señor el cacique de Purulón,
deseaba hablarme. Dio un grito, habló dos o tres palabras en su idioma y un
minuto después apareció por entre unas matas por las cuales yo no hubiera
sospechado pasada, el cacique anunciado, seguido de tres mocetones. Iba
montado en un magnífico caballo enjaezado con riendas de grandes argollas de
plata. La montura estaba tapada con un paño negro ribeteado de cordones lacres
y borlas en las esquinas. El cacique calzaba botas negras, espuela pisoteada,
chiripa de paño ribeteada de lacre, plató, chaleco, camisa planchada y sombrero
guarapón de paño; todo el traje negro nuevo. No era un indio descamisado y
salvaje; no era un miserable, un degenerado, era el primer personaje más
importante que se nos presentaba.
Los demás indios que lo acompañaban tampoco iban rotosos como yo había visto
algunos en las ciudades. Luego en la Araucanía quedaban todavía tipos que no
desmerecían de los araucanos de Ercilla…
El indio se llevó de la mano al sombrero y habló un minuto con el mocetón que nos
había detenido.
Cuando terminó el cacique, el lenguaraz nos dijo que su señor Francisco
Huichalaf, cacique de Purulón, sabedor de que nosotros en compañía de
«Padrecito de Panguipulli» pasaríamos por sus tierras para asistir al Parlamento
del día siguiente, habías salido al camino para darnos la bienvenida en su nombre
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y en el de toda su reducción. Deseaba que en nuestras familias no hubiera
novedad y que no tuviéramos contratiempo en nuestras casas, sobre mientras
anduviéramos fuera de ella. El estaba muy contento con la venida del padre
Sigifredo y de nosotros, porque así podríamos decir en Santiago la verdad de lo
que viéramos. Por último nos convidaba a su casa a comer un asado.
Le correspondimos debidamente su saludo y atención y le agregamos que
hubiéramos tenido mucho gusto en aceptar su convite si no acabábamos de
almorzar en la misión.
Expresó él su sentimiento por nuestra excusa y renovó sus votos por nuestro feliz
viaje, agregando que él amanecería con su gente en Coz-Coz para asistir al
parlamento.
Nos dio la mano afectuosamente y nos separamos.
Toda esta conversación fue sostenida por el cacique Huichalaf, no como quien
habla con una persona de mayor categoría que él, sino con toda dignidad, con
entereza como cuando se trata a un huésped digno del dueño de casa, a quien se
le hacen atenciones porque se está a la recíproca.
Seguimos nuestro viaje y poco a poco, caminando a ratos por la orilla del hermoso
Purulón nos vamos internando en la montaña. El polvo no nos deja y para
aliviarnos algo, tenemos que colocarnos pañuelos sobre la boca y respirar a través
del lienzo.
La flora araucana se nos presenta cada vez más rica.
Una planta nos llama la atención por la hermosura de su hoja, tendrá a lo menos
un metro de largo por unos setenta centímetros de ancho y es de la forma de una
hoja de higuera.
Los juncos silvestres con su encipiente hermosa flor blanca y amarilla invaden las
partes bajas y pantanosas y las orillas del río donde no hay tarranca cortada a
pico. La fuxia está en abundancia con sus cuatro hojillas lacres dobladas hacia
afuera que descubren el hermoso cáliz blanco. Quilas, canelos, maquis y una
variedad de arbustos ocupan, apretados, los pequeños retazos de tierra que dejan
los robles seculares, que impertérritos se alzan hasta sacudir las nubes con sus
verdísimas copas.
En algunas partes no vemos cielo; vamos bajo un techo de follaje tan espeso que
sólo de cuando en cuando, durante unos minutos avistamos un «cachito de cielo»
gracias a que el viento aparta las copas de los árboles.
Hemos atravesado tres veces el río Purulón que ya ha perdido su nombre: El
Padre Sigifredo nos dice que tenemos que atravesarlo cuatro veces más, antes de
llegar. En cada atravesada que le hacemos, lo encontramos más bajo y ello es
natural.
A medida que avanzamos, nuestra escolta va aumentando. Llevamos por los
menos treinta indios hasta la mitad del camino.
Aparecen detrás de una mata, de improviso saludan con el sombrero y se colocan
en el grupo.
Llegamos a una parte de la montaña tal vez la más preciosa; todo lo que se ve son
coigües de dos a tres metros de diámetro cubiertos alrededor por todo tipo de
enredaderas de yedra y de copigües, cuya flor empieza a colorear entre la
verdura. De cuando en cuando altísimas matas de helechos se destacan
imponentes con sus ramas en forma de palmas gigantescas.
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El aspecto de esa selva es grandioso. ¡Allí! Se recoge el espíritu y por la fuerza
tiene que elevarse hacia el creador y reconocer su omnipotencia!.
Se viene también a la memoria el empuje titánico de los primeros españoles, sus
sufrimientos, sus angustias en medio de estas montañas, verdaderos laberintos en
los cuales estaban con la vida en un hilo, expuestos en cualquier momento a ser
destruidos por los araucanos.
A intervalos se oye el canto o graznido de los pájaros silvestres.
Los «pitius» y «cucucus» alternan sus cantos extraños con los carpinteros y
pequenes, que cruzan su vuelo entre los árboles más cercanos a nuestro paso.
-Estamos cerca de Panguinilahue (paso de león) nos dice un indio. Por aquí hay
muchos leones que se roban el ganado.
Hace como un mes, continuó el indio, los mocetones de Panguinilahue cazaron un
león.
- ¿De que manera, pregunté, con bala?
-No, señor. Los indios armaron un guachi con una oveja y cuando ya iba a
llevársela lo acorralaron con lanzas y con lazos. El león se encaramó entonces a
aquel ***mait´en que se divisa allí y al cabo de dos horas empezó a llorar y a
gemir.
***Los indios creen que cuando el león llora ya se entrega y entonces empezaron
a picanearlo con las lanzas hasta que lo mataron.
Ese león había hecho muchos robos.
-¿ Y al hombre no lo ataca?
-No, señor; a los caballos los ataca de preferencia.
Después de atravesar una pampa pequeña entramos en un bosque de coligües, el
camino parece un túnel por la forma; es una verdadera arquería de cañas.
Antes de estar desarrollado el coligüe es como un arbusto; hecha mucha rama y
una flor blanca que es el semillero. El coligüe ya desarrollado mide diez a quince
metros y alcanza un grueso respetable: dos o tres pulgadas.
Ya va cayendo la tarde y las sombras empiezan a invadir la montaña.
Apretábamos cinchas y picamos el último galope. Son más de las 7 y media.
Me olvidaba decir que desde Purulón nos acompañaba el padre Miguel, joven
misionero llegado a Chile hace un año y que iba a Panguipulli a bendecir el nuevo
templo, ceremonia que se efectuaría el domingo 20, fiesta de San Sebastián,
Patrono de la Misión.
Durante todo el camino el Padre Miguel hizo derroche de gracia y de talento, con
frases y dichos ingeniosos y oportunos.
Por fin llegamos, de noche ya, a la Misión de Panguipulli, donde debíamos alojar.
En el comedor de la portería nos esperaban los padres y hermanos.
Los indios se despidieron de nosotros prometiéndonos venir a buscarnos al día
siguiente a las 8 de la mañana, para conducirnos al parlamento.
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III. LA MISION DE PANGUIPULLI
Rendidos como estábamos con el viaje, el señor Enladsen y yo pedimos para
retirarnos apenas hubimos cenado a la ligera.
Con el toque de las nueve estábamos en nuestras piezas, ya en descanso.
Uno de mis sueños más felices ha sido sin disputa el de la noche de mi llegada a
Panguipulli.
Acostumbrado a la vida santiaguina según la cual se vive buena parte de la noche,
por fuerza tiene el individuo que levantarse tarde, contra todas las reglas de la
higiene.
A pesar del cansancio, del día anterior yo estaba de pie a las 6 de la mañana,
perfectamente repuesto de las fatigas, con el sueño reparador.
Salí a recorrer los alrededores de la Misión cuidando de andar con todo tiento,
pues no sentía ningún ruido…
Apenas salí al patio, vi a los padres y hermanos que volvían de oír misa en el
templo. El Padre Sigifredo se había levantado a las cuatro, segú










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