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r en otra vida mejor los sufrimientos de la presente.
De ruca en ruca van estos heroicos frailes predicando la doctrina de Cristo: la
doctrina de paz, de concordia, de confraternidad. El «amaos los unos a los otros»
resuena en la montaña, en el valle, en la cima y en la ruca.
Hay la creencia de que el indio araucano está degenerado y es cobarde. ¡No es
cierto! El indio es tímido nada más. El indio es respetuoso a la «ley» que le enseña
el misionero. Si no fuera por el «padrecito» que se enojaría con ellos, los indio
tomarían inmediata venganza de sus explotadores, de esos hombres inocuos que
se instalan cerca de su reducción, para quitarles sus terrenos, para robarles sus
animales, para quemarles sus casas. Muchos casos ha conocido el que esto
escribe en su largo viaje hasta el parlamento y de ello escribirá más adelante; los
que tengan paciencia para llegar hasta el fin de este folleto se horrorizarán con
estos actos verdaderamente salvajes cometidos por gente civilizada contra los
indígenas. El gobierno y la sociedad chilena ha oído hablar de estos atropellos
como quien oye llover, ojalá que estas líneas mal hilvanadas y escritas sólo para
dar a conocer someramente la situación actual de la raza araucana, tengan la
suerte de ser tomadas en cuenta por nuestros hombres de Gobierno y
especialmente el Excmo. Señor Don Pedro Montt, cuyo ilustre padre tanto se
preocupó de la cuestión indígena.
Junto con inculcarle al indio el axioma cristiano, los misioneros se constituyen en
tenaces defensores de los naturales. Una misión que se instala es el rendez-vous
de los que son víctimas de atropellos y de injusticias.
Hace tres años llegó a los solitarios campos de Panguipulli el misionero capuchino
Fray Sigifredo de Franenhands enviado a este lugar por sus superiores para
instalar una Misión en estos parajes.
Una casa viejísima, situada en terrenos fiscales fue la primera habitación y templo
de Panguipulli y por primera vez en estas soledades se oyó el toque de una
-7-
campana que anunciaba a los naturales la llegada de un «padrecito» como los que
habían conocido en Valdivia, en Villarrica, Purunlon y otras partes.
En el padre Sigifredo y los indios reinó inmediatamente estrecha amistad. Pronto
los últimos empezaron a contarle al «padrecito» sus quejas. Joaquín Mera,
Engelmeyer, Jaramillo, Peña, la Compañía Ganadera San Martín, etc, etc,
violaban diaramente las leyes divinas y humanas contra los naturales; les
quemaban sus casas, los correteaban a balazos de sus rucas, etc, etc.
El padre Sigifredo se constituyó inmediatamente en defensor de los indios.
A cada queja que recibía, montaba en su caballo y escoltado por el reclamante se
presentaba en casa del culpado. Allí reclamaba en nombre de su protegido;
rogaba, suplicaba, insistía, pedía misericordia y protección para el infeliz indígena
y a veces, cansado ya, amenazaba con la justicia ordinaria. Se trasladaba en
seguida a Valdivia, e interponía la querella en terna, continuando el trámite judicial
con las formalidades debidas.
De esta manera el Padre Sigifredo ha logrado impedir muchas maldades.
Naturalmente que los atropelladores odian a muerte al Padre Sigifredo. Sus
Enemigos son todos o casi todos los «españoles» de Panguipulli y sus
alrededores; pero en cambio, sus amigos del alma, sus hijos son los indios, los
infelices, los pobres, los que tienen hambre y sed de justicia ¡Qué honra para él!
Muchas veces han amenazado de muerte al padre Sigifredo. Joaquín Mera, el
explotador más genuino de aquellos contornos lo amenazó un día. Iba borracho y
se encontró en el camino con el Padre Sigifredo. Lo llamó fraile tal por cual y
concluyó con pronosticarle un próximo y violento fin.
El Padre Sigifredo seguía su viaje con toda tranquilidad cuando de repente se vio
rodeado por más de veinte indios a caballo que lucían largos y magníficos coligües
de un grueso respetable. Ante tan inesperado esfuerzo, Mera y los suyos hubieron
de detenerse y volver riendas. Desde entonces los indios no dejan solo al
«padrecito» y lo escoltan tres o cuatro, cuando sale de día o de noche a cumplir su
ministerio sacerdotal.
Actualmente el padre Sigifredo defiende en el Juzgado de Valdivia innumerables
pleitos de indígenas y los defiende con éxito, porque es doctor en derecho en su
patria (Baviera). Es miembro de una antigua y respetable familia y a la fecha, tiene
38 años de edad. Su porte distinguido y sus exquisitas maneras, revelan en él al
signeur, al gentilhombre.
En uno de los viajes que el padre Sigifredo hace continuamente a Valdivia trabé
conocimiento con él, por intermedio de un estimado amigo y colega y al saber que
yo era periodista santiaguino, perteneciente a un diario respetable, me hizo la
amable invitación al Parlamento Indígena cuya relación me he propuesto hacer sin
otro propósito, ya lo he manifestado, que si de dar a conocer someramente el
actual estado de la raza araucana y de levantar, en consecuencia, las opiniones
erróneas que respecto de su medio de ser, condiciones, conducta y carácter,
circulan en la capital y ciudades principales, las cuales opiniones influyen
desfavorablemente en el ánimo de los hombres de Gobierno y en la prensa.
-8-
II. DE VALDIVIA A PANGUIPULLI
El valle de Coz-Coz está situado a unas cuarenta y cinco leguas al noreste de
Valdivia.
El itinerario que sigue a fin de que el viaje sea lo más cómodo posible, dura un día
completo, de sol a sol, más unas tres horas del día siguiente.
Nuestra primera jornada fue en tren: desde Valdivia a Quilquil, en la línea de
Antilhue a Gorbea aprovechando el tren de la combinación al norte.
Saliendo a las siete de la mañana de la estación de Valdivia, se llegará a las 10 y
media a Quilquil si Dios y el dichoso tren lo permiten. Los que íbamos al
Parlamento éramos tres. Nuestro invitante el Padre Sigifredo, el señor Oluf V.
Erlandsen, corresponsal de diarios extranjeros y el que escribe.
En Quilquil nos esperaban tres indios montados con caballos que nosotros
debíamos ocupar. Allí vimos la primera prueba de adhesión y respeto que los
indios tributaban al Padre Sigifredo. Los tres mocetones se abalanzaron, puede
decirse, sobre el «Padre« y le estrecharon la mano como a un camarada. Nos
presentaron, montamos y emprendimos la jornada hípica que debía durar hasta
las 8 y media de la noche, con término en la Misión de Panguipulli, eso sí que con
un intervalo de media hora para almorzar en la Misión de Purulón.
Internándose por el camino hacia al oeste, empieza a notarse la exuberancia del
follaje.
Grandes montañas se divisan a lo lejos, medio envueltas en densa y pareja nube
de humo: son los roces y quemas que se hacen para limpiar y preparar el terreno
para sembrados.
-Aquella montaña tenemos que atravesar nos dice el Padre, y nos muestra una
línea negra que apenas se divisa detrás de los primeros cerros.
El calor empieza a apretar de firme lo cual es mal pronóstico para el resto de
camino. Únese al calor el polvo sutilísimo que se levanta con el trote de los
caballos. Después de una hora de camino la conversación que al principio había
surgido quizás animada, ha decaído notablemente.
El camino se ha compuesto un poco con la sombra de los árboles que aún quedan
de la corta de aserraderos y roces. La carretera continúa por el espacio de quince
minutos a la orilla del río Purulón, ofreciendo al caminante variados panoramas,
dignos de ser descritos por artistas de fuste. El río, profundo y tranquilo se desliza
encajonado en barrancas de notable altura y va formando caprichosos zig-zag en
cuyas esquinas se notan hondas concavidades hechas por la furia de la corriente
invierno.
Una hora aún de camino, y llegamos a la misión de Purulón un poco después de
medio día, atravesando antes el río del mismo nombre.
El padre Francisco de Luxemburgo, misionero de Purulón, nos recibió con todo
cariño, como si hubiéramos sido antiguos amigos. Bajando de los caballos y
después de un par de minutos, nos invitó a almorzar en el modesto refectorio del
convento. Acompañan al Padre Francisco, dos hermanos legos, uno carpintero y
otro cocinero y ambos, junto con el misionero, profesores, inspectores, y «tutti
quanti» del internado indígena de Purulón.
Esta misión mantiene cerca de cincuenta niños mapuches, a los cuales da
vestuario, alimentación, hospedaje, cama e instrucción, completamente gratuita.
-9-
Miento! Como las finanzas de la Misión andaban aliquebradas y aquello no podía
continuar, el paternal Gobierno de le concedió a los capuchinos misioneros,
después de un largo y concienzudo informe del Ministro de Hacienda, respecto de
la situación en que quedaría el erario nacional, la gran subvención de quince
pesos anuales por cada mapuchito que mantuvieran interno.
De manera que el R.P. de Luxemburgo recibe anualmente setecientos cincuenta
pesos de subvención y con todo esto viste, da de comer y paga el lavado a
cincuenta pensionistas…
El Padre Francisco destina también su sueldo al internado y con esto tiene gran
alivio…
Los treinta pesos mensuales que gana el Padre salvan la situación económica de
la misió

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