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Аурелио Диас Меса. В Араукании. Aurelio Díaz Meza. EN LA ARAUCANÍA


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mino de
circunvalación por cuanto la comunicación es flotante. La canoa es, por tanto, el
medio de locomoción casi único de los habitantes de Panguipulli.
La Compañía San Martín necesitaba cruzar rápidamente el lago y puso en práctica
el proyecto atrevido de transportar hasta allí una barca a vapor. Desde Valdivia al
lago Panguipulli hay no menos de cuarenta leguas, veinte de las cuales
corresponden a la montaña casi virgen. A través de esa selva y en más de quince
días se logró transportar el barco desarmado. Las calderas y el casco fueron
colocados por seis u ocho yuntas de bueyes y de esta manera, atravesando
desfiladeros y puentes construidos especialmente y abriendo camino a hacha en
algunas partes, se logró llegar hasta la ribera del lago.
Este esfuerzo puede decirse titánico, es digno de un aplauso especial y conste
que en estas páginas lo damos.
El vapor «O’Higgins», capitán Ricardo Lange, surcó el lago con banderas,
gallardetes, salvas y hurras. Los indios, admirados también, escoltaron la
embarcación consus canoas llenos de inocente regocijo, sin sospechar que la
llegada de esa canoa más grande que la de ellos iba a ser la ruina de todos.
A los pocos días de estar en servicio el «O’Higgins», se hizo saber a los indios que
era absolutamente prohibida la navegación del lago en canoas, sin permiso de la
Compañía. Al efecto el capitán del vapor tenía orden de apresar y de destruir toda
embarcación que sorprendiera a flote.
Con efecto, en un viaje, el capitán Lange destruyó tres canoas que encontró a su
paso. A los indios que las tripulaban los recogió a bordo y los llevó a Choshuenco:
los indios iban a Panguipulli. Es lo mismo que llevar a Valparaíso a un sujeto que
se dirige a Talcahuano. Los pobres indios tuvieron que rodear el lago para llegar a
su casa más o menos unas siete leguas a pié.
Esto ocurría a mediados de Mayo de 1906.
Más o menos en esa fecha llegó a Panguipulli el gerente de la San Martín don
Fernando Camino. Ante él recurrieron los indios de demanda de justicia por los
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abusos del capitán Lange y del jefe de la Compañía en Panguipulli, don Adrián
Duhau. El Padre Sigifredo también se presentó con sus alegatos de siempre.
Camino mandó a un cuerno a los indios y al padre Sigifredo y para hacer ver
cuáles eran sus ideas al respecto, se embarcó en el vapor e hizo una travesía del
lago, ordenando «personalmente» el apresamiento o destrucción de cuanta
embarcación encontró a su paso, y aún de las que estaban amarradas en sus
riberas. En esta expedición, que se llevó a cabo el 20 o 21 de mayo; se hizo
acompañar por el mayordomo-vaquero Luis Monsalve, el cual recibió orden de
destruir en tierra las canoas que no apresara el vapor en las aguas. Ese día de
vergüenza, desaparecieron todas las canoas de los indios, y en los siguientes
desapareció el resto, menos una, que había escapado, quién sabe cómo, –
perteneciente al indígena Carlos Lingay, de la reducción de los caciques
Millanguir, dueños del hermoso fundo Quechumalal, grandemente ambicionado
por la Compañía San Martín–.
El señor Camino regresó a Valdivia con la conciencia tranquila… después de
haber acentuado sus órdenes de una manera tan clara.
Naturalmente, Lange y Duhau se creyeron autorizados para cumplir esas órdenes
por cualquier medio.
En la única canoa que quedaba a flote, se embarcaron en Quechumalal, con
dirección a su fundo Lonquil el cacique Mariano Millanguir y su hijo Manuel, joven
de 20 años; iban llevando víveres y herramientas de labranza para sus trabajos
agrícolas en el último de estos fundos. Era el día 26 de Mayo, como a las tres de
la tarde. Desde Quechumalal a Lonquil, no podían demorar los indios más de tres
horas.
El vapor «O’Higgins» hace diariamente una travesía al lago: sale en la mañana de
Panguipulli y llega a Choshuenco a medio día; de allí regresa después de un par
de horas, para llegar invariablemente a Panguipulli entre cinco y seis de la tarde.
El día indicado, la canoa del cacique Millanguir hubo de encontrarse con le vapor
«O’Higgins». Lo que ocurrió entre los tripulantes de ambas embarcaciones no se
sabe y probablemente quedará en el misterio. El vapor llegó a Panguipulli como a
las 10 de la noche. Los empleados de la Compañía estaban llenos de cuidado con
el atraso inusitado del «O’Higgins», quien como hemos dicho debía llegar a su
destino antes de las 6 de la tarde, de manera que todos se habían transladado al
muelle donde comentaban agitadamente ese atraso. Duhau había reunido gente
para enviarla al siguiente día por la orilla del lago a buscar noticias del vapor, por
si había sido visto por los indios.
Cuando el vapor atracó al muelle, Duhau preguntó en alta voz por qué había
llegado tan tarde, a lo que respondió Lange, con una sola frase: viens ici.
Obedeció Duhau subiendo al vapor; ambos hablaron aparte y en francés y, según
pareció a todos, el jefe de la Compañía quedó satisfecho de las explicaciones que
le dio el capitán.
Todo volvió a su curso normal y ya al día siguiente nadie hablaba sino
incidentalmente del atraso del día anterior.
Pero Mariano Millanguir y su hijo no llegaron a su fundo de Longuil ni la canoa
aparecía por ninguna parte. La familia hizo las más prolijas investigaciones sin
resultado; el cacique Millanguir, hermano de la víctima, puso en actividad a los
mocetones en toda la costa del extenso lago y tampoco se encontró ningún
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vestigio. Sólo faltaba buscar en la superficie y en la costa rocosa que no podía
reconocerse por tierra sin grandes dificultades.
Los indios «pidieron permiso» a la Compañía para recorrer la costa en botes y al
mismo tiempo encargaron al capitán y a la tripulación que se fijaran si en el centro
del lago flotaba alguna embarcación.
A todo esto el tiempo pasaba. Los tripulantes del vapor habían declarado muchas
veces que en sus viajes diarios no habían divisado ni canoas ni restos de los que
se suponían náufragos. Los indios tampoco eran más afortunados.
Habían pasado 11 días. El 10 de Julio unos indios encontraron la canoa perdida y
adentro los cadáveres de Millanguir y su hijo, boca abajo y en estado de
putrefacción.
La canoa estaba metida entre altísimos riscos en un lugar inaccesible por tierra,
que es el paraje favorito de las aves acuáticas y de rapiña. Los indios se fueron
inmediatamente a dar aviso a la familia y al Padre Sigifredo y al día siguiente
salían con el vapor «O’Higgins», a remolcar la fúnebre canoa.
El capitán Lange, al enfrentar los riscos, dijo: Yo había visto varias veces esa
canoa; pero nunca me pude figurar que contendría los cadáveres …
Se remolcó la canoa hasta Panguipulli y se llevaron los cadáveres a la misión; el
Padre Sigifredo hizo la autopsia y comprobó que Mariano Millanguir tenía una
herida a bala en el cráneo, por detrás y que el joven Manuel había muerto
ahorcado.
Se pusieron las denuncias en poder del Juzgado de Valdivia; el señor Frías se
transladó a Panguipulli a levantar el sumario, sin llevar consigo al médico legista
para que hiciera la autopsia médico-legal de los cadáveres… Tomó algunas
declaraciones a los empleados de la Compañía, y a algunos indígenas, que no
pudieron hablar en su presencia de puro miedo a las bravatas que al lado de
afuera y antes de declarar les hacían Duhau, Lange y otros y sin esperar la única
declaración que podía dar alguna luz, la del Padre Sigifredo, se volvió a Valdivia al
día siguiente de haber llegado. Atendieron al Juez señor Frías con todo el esmero
que se podía en aquellas alturas los empleados de la San Martín, en cuyas casas
se alojó y Joaquín Mera, el famoso usurpador de terrenos de Panguipulli.
Por cierto que la causa se sobreseyó por falta de datos…
Los denuncios hechos por el cacique jefe, Juan Catriel Rain en el memorial tantas
veces que a su vez hizo «El Diario Ilustrado» a principios de este año y otras
informaciones privadas, indujeron probablemente al Ministro Salas Edwards, a
pedir informes al respecto al protector de Indígenas don Carlos G. Irribara el cual
no ha podido aún evacuarlo a pesar de la magnífica buena voluntad manifestada
en toda ocasión por los Gerentes de la San Martín, para dar al Protector toda
clase de facilidades para el desempeño de su cometido.
Los cadáveres del caciquillo Millanguir y de su hijo están enterrados
cuidadosamente por el Padre Sigifredo, esperando que la justicia chilena quiera
descubrir a sus autores del crimen, que por otra parte están señalados hasta por
el indio más infeliz de Panguipulli.
_______
Era mi deseo relatar –para dar remate a este pequeño trabajo–, el asesinato de la
india Nieves Aiñanco, dueña del fundo Pinco que Joaquín Mera ha ido
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incorporando a retazos a su enorme fundo; pero no quiero que sea sólo mi palabra
la que autorice esta relación.
Hay un nombre, que sólo pronunciarlo, es garantía en t

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