Аурелио Диас Меса. В Араукании. Aurelio Díaz Meza. EN LA ARAUCANÍA
Uncategorized August 4th, 2006
Pages: 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19
Email This Post
|
Print It
|
| 112 views
de la
Compañia, hechó a pique o apresó todas las canoas de los indios y los redujo a la
impotencia. Hoy no se ve en el lago ni una sola embarcación indígena, y los
naturales tienen que rodearlo a pie cuando necesitan ir de un punto a otro. El
vapor les pide un pasaje cuyo valor no pueden cubrir.
A esta tirantes de relaciones contribuye el hecho de que los empleados de la San
Martín amenacen a tiros, por cualquier futileza, a los indios, y los hagan creer que
ellos disponen de la justicia y de la gendarmería en apoyo de todo lo que hagan,
porque tienen plata y porque los indios no la tienen.
-35-
El indio, ignorante como es, cree efectivamente que es así, y su odio lo dirige al
que cree directamente culpable, es decir al que tiene plata y un revólver a la
cintura. De aquí viene principalmente el odio que los indios tienen a los
«franceses«. Yo he evitado muchos choques, alguno de los cuales pudo haber
sido sangriento. Cuando asesinaron en el lago al cacique Millanguir y su hijo, los
indios se enfurecieron, y varias veces los hermanos de la Misión hubieron de
apaciguarlos. Querían asaltar el despacho y tienda de la Compañía, quemar la
casa y castigar al presunto asesino, que era el capitán del vapor, de apellido
Lange. Mañana sabrá usted de boca de los mismos indios la incidencia a que dio
origen ese doble y alevoso asesinato de dos personas a quienes los indios
consideraban y respetaban altamente. Tadeo Millanguir, hermano y tío de la
víctimas, vendrá mañana a hablar con ustedes. Bueno: este asesinato, cometido
hace seis o siete meses, ha quedado completamente impune.
El que se le quite a un indio su terreno a pedazos, distribuyendo sus cercos y
haciéndole otros dentro de su propiedad, es corriente, y ya no me sorprende
cuando vienen los indios a avisármelo. Joaquín Mera tiene su fundo adquirido y
cerrado en esa forma. Poco a poco ha despojado a los indios de Coz-Coz,
Panguipulli, Pinco, Calafquén y ha formado ese gran fundo cuyos límites no sabe
precisar él mismo.
Joaquín Mera hizo asesinar en su ruca a la india Nieves Aiñamco, cerca de Pinco.
El sumario arrojó tal cúmulo de culpabilidad contra Mera, que el juez de Valdivia
don Manuel Fco. Frías, no pudo dejar de dictar la orden de prisión en su contra, a
pesar de la estrecha amistad que los ligaba. Sucedió lo que se presumía. El
sumario se extravío, y el sindicado Mera salió en libertad bajo fianza, después de
ocho meses de cárcel.
Las gestiones que se han hecho por los promotores fiscales y por las hijas de la
víctima, para que el señor Frías reabra ese sumario, han sido inútiles, aunque
parezca mentira. Mañana verá usted a la Antonia Vera Aiñámco, hija de la Nieves,
y ella le referirá los hechos.
Podría continuar tan largamente esta conversación, y referirle casos tan
horrorosos, como por ejemplo, el incendio que Joaquín Mera mandó hacerle a la
india Antonia Vera, mientras ésta, su marido y sus hijos dormían en la ruca…. y
cuando los pobres indioo huían asustados y medio asfixiados, los sirvientes de
Mera se divertían tirándoles de balazos; pero prefiero que sean los mismos indios
los que les refieran a Uds. sus penas. Ellos son más ingenuos; yo me horrorizo
también, y tal vez avance opiniones que no debo expresar. Quedan, sí,
convencidos de que lo que digan será la verdad, porque yo estaré presente, y no
permitiré que el indio diga más de lo efectivamente ha pasado.
Si ustedes gustan, nos vamos al dormitorio, concluyó diciéndonos el padre
Sigifredo; necesitan ustedes descansar de las molestias del día.
Obedecimos maquinalmente; íbamos pensando en que el misionero nos quería
preparar el ánimo para que entráramos a conocer el canallesco y cobarde
proceder de los bandoleros que se han instalado entre los indios, amparados por
jueces tolerantes y más ruines que esos mismos bandoleros.
-36-
IX. AUDIENCIA DE HORRORES
Al día siguiente, temprano, nos instalamos en el salón del Padre Sigifredo,
dispuesto a oír a todos los indios que se presentaran, y como teníamos
antecedentes para creer que vendrían muchos, convinimos con el señor Erlandsen
en que, para abreviar, los dividiríamos en dos grupos, y cada uno de nosotros
oiríamos a una parte y después canjearíamos nuestros apuntes. El señor Oluf
Erlandsen ha enviado esos datos a las revistas extranjeras de que es
corresponsal.
¡Bueno nos pondrán los ingleses, franceses, españoles y alemanes, cuando lean
que esas lindezas suceden en los campos que el Gobierno de Chile ofrece para la
colonización!
Como no es posible anotar todos los casos que se nos presentaron, vamos a
referirnos solamente a unos cuantos, procurando presentar los casos típicos de
las distintas formas en que se les explota, a saber: engañándolos, robándoles, sus
terrenos y animales, flagelándolos y asesinándolos.
I. Cómo se les engaña
Naguilef Noncon. -Yo vivo en Llongahue, de donde soy cacique. Hace tiempo que
le di permiso, por caridad a Abel Peña para que hiciera una casa en un pedazo de
terreno cercano mi ruca, y ahora quiere quitarme todos mis terrenos. Este Abel
Peña había perdido un pleito contra el caballero Gerardo Guarda, y vinieron los
gendarmes y le quitaron todo lo que tenía, dejándolo a él y su familia en el camino
público, sin tener donde dormir. En esa situación, Peña fue a pedirme que le
permitiera hacer un rancho para guarecerse mientras encontraba posesión. Yo, al
verlo pobre, le dije que hiciera el rancho en un corral que está como a una cuadra
de mi casa. De lástima le ayudé hasta con madera para que concluyera luego su
rancho. Peña empezó a trabajar el terreno y a hacer barbechos y roces: yo
ayudaba con bueyes y herramientas porque veía que él quería trabajar para
mantener a su familia. Al año, Abel Peña era otro hombre, y ya tenía una yunta de
bueyes, una vaca y varios corderos y gallinas. Bueno. Yo no quería pedirle la
posesión, porque el hombre estaba tan agradecido conmigo, que cada vez que me
veía, me decía que nunca dejaría de ser mi buen amigo, y que él me pagaría todo
lo que había hecho por él.
A un mocetón mío que estaba por casarse, y que me había un pedazo que
ocupaba Peña, le di otro terreno, porque no quise molestar a mi buen amigo
huinca. Bueno. Una vez, después de dos años, al ver que año por año tenía más y
trabajaba más terreno, le dije que me entregara las tierras porque yo también
necesitaba para los animales más extensión alrededor de mi ruca, y que no
siguiera barbechando ni rozando, porque mis mocetones reclamaban; pues ellos
también querían que les dejaran los terrenos suficientes.
-Abel Peña me dijo que cómo iba a dejar el terreno cuando tenía allí tantas
mejoras, y que le iba a hacer muchos perjuicios y que le tuviera lástima, y que no
tenía dónde irse con su mujer y sus hijas. Él estaría dispuesto a pagar arriendo si
yo quería cederle ese pedazo de terreno. Me dijo tantas cosas, que yo accedí en
-37-
arrendarle el terreno en cien pesos al año. Lo que Peña tenía trabajando eran
veinte cuadras.
Al día siguiente de este convenio, Peña me dijo que iba donde el juez de distrito,
Rafael Mera, su pariente. Cuando volvió a los dos días me dijo que fuéramos a
Valdivia a firmar una escritura por el arriendo de en que habíamos convenido. Yo
fui con mi lenguaraz, porque yo no sé hablar español. Con Peña nos habíamos
arreglado, porque él sabe algo en mapuche, y lo que no entendía se lo decía mi
lenguaraz. Allá en Valdivia fuimos a la Notaría, y el lenguaraz firmó por mí un
papel, que según me dijeron era un contrato. Bueno al año le cobré a Peña el
arriendo; entonces él se rió y me dijo que no me debía nada. El vecino Peña había
cambiado mucho. Una vez le tiró un balazo a un buey mío porque se le había
metido en su potrero. El Buey quedó manco. Otra vez le rompió la cabeza a un
indio de mi reducción, porque fue a golpearle la puerta de su casa para darle un
recado que mandaba yo. Y muchas cosas más. Cuando me dijo que no me debía
nada, tomé la escritura que me habían dado en Valdivia y me vine donde el padre
Sigifredo y le conté todo. El padrecito vio la escritura que allí decía que yo Naguilef
Noncon, cacique de Llongahue, y mis mocetones nos reconocíamos como
inquilinos de Abel Peña, propietario del fundo Calafquen, a donde pertenece mi
reducción… Agregaba la escritura que todas las mejoras en siembras, casas y
animales las dejaríamos a beneficio del fundo cuando nos fuéramos de allí«.
Abel Peña edificó una casa de zinc bien bonita, en lugar del ranchito que antes
tenía. Ahora no me mira, ni me saluda siquiera. A mis mocetones los amenaza y
una vez azotó a uno. Hace como dos meses me dijo que me saliera de mi
posesión y que me fuera a otra parte, porque necesitaba ese terreno. Yo le
respondí que él tenía que irse o pagarme el arriendo convenido. Se rió y me dijo
que si se iba, llamaría a los gendarmes para que me echaran. Yo quisiera saber










About



Leave a Comment
You must be logged in to post a comment.