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ogía araucana.
Hay mujeres, sobre todo las niñas, que toman lo del baile tan a lo serio, que en su
rostro y en sus maneras demuestran la profunda emoción que sienten al
encontrarse en el circo, al lado de un hombre joven, sintiendo y el contacto y la
presión intencionada de su mano.
Puede verse durante el baile, que más de una pareja se abandona a un placer que
ellas mismas no podrían definir, con su talento sin cultivo, se ve a través de los
ojos velados de las jóvenes que también en sus almas salvajes germina el amor,
que sienten su influencia avasalladora y que la costumbre bárbara de vender el
padre a sus hijas no cuenta en muchos casos con el asentimiento de la vendida.
Me contaba, a propósito de esto, el padre Sigifredo, que no hacía mucho tiempo
había ocurrido en Huenúi un drama pasional cuya protagonista -la india
Llanquetrae, hija del cacique- podía figurar como heroína de cualquier novelista
por entregas. Pretendía a la india el mocetón Pañloneo y ofreció al padre hasta
dos toros, tres vacas y un caballo ensillado. El padre de sabedor de que su hija no
quería casarse -diremos así- con Pañloneo, se resistía a venderla, pero dádivas
quebrantaban peñas y tanto ofreció y cumplió el galán que obtuvo del padre el
ansiado consentimiento.
Llegó la noche señalada para el rapto y como es costumbre, el novio llegó con
numerosos cortejo de amigos y rodeó la ruca donde dormía la codiciada
Llanquetrae. Al son de las pifilcas el padre abrió la puerta de la ruca para dar paso
al galán y a sus amigos que debían apoderarse violentamente de la novia y
llevarla con grande algazara a la ruca del novio.
El padre señaló el rincón y los pellejos donde descansaba Llanquetrae y los recién
llegados se acercaron, esperando encontrarla lista con todos sus atavíos; pero la
joven india no estaba allí: sin que nadie la notara en la ruca, había huido hacia el
bosque escapando de un matrimonio que ella no aceptaba. Al día siguiente se la
encontró ahorcada, colgada de un coigüe. Entre una vida de sacrificio, unida a un
hombre que no quería y una muerte violenta, había preferido lo último.
Este hecho consternó a los indios de esas reducciones. Pañlonco abandonó su
ruca y animales y se fue a a «rodar tierra».
-32-
El baile continúa impertérrito, sin parar mientras que pronto será de noche.
Catriel y su reducción se ha retirado, despidiéndose, antes, de nosotros y
prometiéndonos que al día siguiente irá a vernos a la Misión, pues desea
consultarnos detenidamente. Sin tiempo para despedirnos de nadie, pues ya
obscurecía, nos volvimos a Panguipulli, escoltados hasta mitad de camino por más
de cien indios, que de cuando en cuando lanzaban gritos de ¡viva Cafalleru! Que
ya nos tenían sin tímpanos.
Llegamos a la Misión después de las 8 de la noche, y encontramos a los
hermanos que terminaban de rezar sus oraciones, para ir a la cena frugal del
refectorio.
(1). «Cunchun»: el autor se refiere al kultrun, instrumento musical sagrado de los
mapuches, Meza los describe así: «Especie de pandereta que se toca con un
palo».
-33-
VIII. UN RATO DE CHARLA
-¿Están ustedes muy cansados? Nos preguntó amablemente nuestro querido
anfitrión, una vez que hubimos terminado la cena que nos esperaba.
A nuestra respuesta negativa, el Padre nos propuso que aprovecháramos la
placidez de la noche, para dar un paseo por los corredores, y así veríamos un
espectáculo que seguramente nos llamaría la atención.
Nosotros deseábamos a nuestra vez, conversar detenidamente con nuestro
abnegado misionero. Nuestro espíritu estaba tan impresionado con lo que
habíamos visto en todo ese día, que nuestras ideas respecto a los araucanos
tenían todas las faces del prisma: los encontrábamos grandes y bajos; bárbaros y
espirituales; atletas y degenerados; víctimas y victimarios; admirables y
repugnantes. Sus hábitos y costumbres íntimas nos incitaban a alejarnos, a
abandonarlos, como si nuestro abandono fuera suficiente para que se concluyera
la raza; pero sus sufrimientos actuales, los vejámenes que soportan, el ambiente
de injusta ignominia que los rodea, como si se tratara de bárbaros peligrosos, esa
atmósfera cruel e inhumana que les han hecho a los araucanos sus mismos
explotadores, tan audaces como cínicos; la carencia casi absoluta de noticias
ciertas de lo que pasa en la selva entre el civilizado y el civilizando; el error en que
vive la sociedad chilena respecto a la verdadera condición del mapuche, y la
ignorancia general que existe en lo que con los araucanos se relaciona, nos
convence de que debemos cumplir nuestros deberes de periodistas sin escatimar
sacrificios, exponiéndonos al ***anatema de algunos poderosos que en su lucha
por el dinero acuden a los medios que el Código castiga con el patíbulo o con
cadena perpetua…
La esterilidad de nuestra obra la sospechamos de antemano; aún más: en un país
como , donde todos y cada uno miramos con supremo estoicismo todo
aquello que no acarrea perjuicio material inmediato a nuestras personas, será un
hecho anormal que el gobierno se preocupe de los gravísimos denuncios que en
estas páginas haremos, apoyados en importantes documentos, que no son
bastantes ¡por desgracia! Para producir la prueba plena, pero cuyo mérito podrá
avaluar el Gobierno y el público, ante cuyo alto tribunal se ventilará esta causa
santa.
El Padre Sigifredo, cuyo talento está a la altura de su abnegación apostólica, al
vernos preocupados quiso distraernos, y nos dijo:
Ustedes como periodistas y hombres de letras, deben haber leído el Quo Vadis?
del famoso Sezienekewik. Allí, como recordarán, hay una descripción del incendio
de Roma, en la cual el autor pone de relieve su talento. Los que leen el libro ven el
incendio de la gran ciudad a través de los renglones bien o mal leídos; ustedes
van a ver materialmente ese gran incendio.
Pasamos en seguida a un patio amplio, con inclinaciones de potrero, y
colocándonos a una pequeña altura miramos hacia donde nos indicó nuestro
cicerone.
Era un valle, un bajo, extendido o casi encajonado entre dos mesetas que
terminaban violentamente a orillas en un profundo y borrascoso lago Panguipulli.
Todo ese valle poblado de árboles enormes, cubierto de floresta virgen, tapizado
-34-
aún con la primitiva alfombra de flores y de fresas con que lo creó la Naturaleza,
ardía en una inmensa e indistinguible hoguera.
El resplandor rojizo que arrojaba aquella pira de un par de leguas, se estrellaba
contra las inmensas espirales de humo negro como las nubes de invierno y
formaba un conjunto grandiosamente aterrador, impotentísimo. De cuando en
cuando alguna columna de fuego lograba romper la densidad de las nubes de
humo y se lanzaba airada y terrible contra el cielo, alumbrado con siniestros
árboles la esfera encapotada. Un ruido sordo y prolongado acompañaba a este
espectáculo. Es el ruido del tiraje que produce una chimenea colosal.
El calor de la columna de fuego produce su efecto, y las nubes más bajas arrojan
su líquido elemento sobre la hoguera, con lo cual la llama aminora; pero ha
logrado también abrir brecha más arriba, por donde aparece un pedazo de cielo,
cubierto de estrellas, cuya placidez, en las alturas, contrastan poderosamente con
el huracán desenfrenado que reina en el abismo.
Es la imprecación de Mefistófeles a los cielos: impotente, pero grandiosa !
-Hace cinco días que está ardiendo me dice el Padre. Yo anoche lo vi, pero no
quise decírselos a ustedes, por no quitarles descanso.
-Diga, Padre, ¿cómo es que se incendian estos bosques sin destino alguno?
¿Quién es el dueño de ese bosque incendiado?
-Ese bosque es fiscal, y se ha incendiado porque un vecino quemó un roce que
tenía hecho para siembra, y el fuego se comunicó a la montaña. Debo prevenirles
que hay leyes que reglamentan las quemas de roces en los campos de la
Araucanía; pero en estas selvas esa ley y muchas otras no se cumplen. Por que
aquí impera el capricho y la abundancia. El derecho no existe.
El libertinaje es el señor, y de él nacen la violencia y el asesinato. En los dos años
que yo estoy en esta selva, se han cometido varios asesinatos de indios, que se
han quedado impunes, a pesar de saberse quienes son los autores o instigadores.
De robos no tengo cuenta. Sé y puedo de que antes que llegara a establecerse en
el lago Panguipulli la Compañía Ganadera San Martín, los indios de estos
alrededores vivían tranquilos, felices en su vida patriarcal y primitiva. Tenían sus
canoas con las cuales cruzaban el lago y hacían su comercio sin contrapeso.
Nadie robaba a nadie, porque los indios de una misma reducción no se roban.
Todo fue a establecerse la Compañía en estos sitios, para que cambiara
inmediatamente la vida.
No sé quien robó primero a quién; pero siento el hecho de que los indios y la
Compañia se quejaban de que eran robados, y entre ambas entidades se
estableció la tirantez que actualmente existe. La Compañía trajo un vapor, a costa
de grandes sacrificios, y lo armó en el lago.
Este Vapor, obedeciendo órdenes del señor Fernando Camino, gerente

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