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No perdió tiempo Cortés en lo que llevaba resuelto: salieron los reos al suplicio, hechas las prevenciones necesarias para que no se aventurase la ejecución. Consiguióse a vista de innumerable pueblo, sin que se oyese una voz descompuesta, ni hubiese que recelar. Cayó sobre aquella gente un terror que tenía parte de admiración, y parte de respeto. Extrañaban aquellos actos de jurisdicción en unos extranjeros, que cuando mucho se debían portar como embajadores de otro príncipe; y no se atrevieron a poner duda en su potestad, viéndola establecida con la tolerancia de su rey; de que resultó el concurrir todos al espectáculo con un género de quietud amortiguada, que sin saber en qué consistía, dejó su lugar al escarmiento. Ayudó mucho en esta ocasión el estar mal recibida entre los mejicanos la invasión de Qualpopoca, y se hizo su delito más aborrecible con la circunstancia de culpar a su rey: descargo que pasó por increíble, y aun siendo verdadero se culpara como atrevido y sedicioso. Débese mirar este castigo como tercer atrevimiento de Cortés, que se logró como se había discurrido, y se discurrió sobre principios irregulares. Él lo resolvió, y lo tuvo por conveniente y posible: conocía la gente con quien trataba, y lo que suponía en cualquier acontecimiento la gran prenda que tenía en su poder. Dejémonos cegar de su razón, o no la traigamos al juicio de la historia, contentándonos con referir el hecho como pasó, y que una vez ejecutado fue de gran consecuencia para dar seguridad a los españoles de la Vera-Cruz y reprimir por entonces los principios de rumor que andaban entre los nobles de la ciudad.

Volvió luego Cortés al cuarto de Motezuma, y con alegre urbanidad le dijo: «que ya quedaban castigados los traidores que se atrevieron a manchar su fama, y él había cumplido ventajosamente con su obligación, sujetándose a la justicia de Dios con aquella breve intermisión de su libertad». Y sin más dilación le mandó quitar los grillos, o como escriben algunos, se puso de rodillas para quitárselos él mismo por sus manos; y se puede creer de su advertencia, que procuraría dar con semejante cortesanía mayor recomendación al desagravio. Recibió Motezuma con grande alborozo este alivio de su libertad, abrazó dos o tres veces a Cortés, y no acababa de cumplir con su agradecimiento. Sentáronse luego en conversación amigable, y Cortés usó con él de otro primor, como los que andaba siempre meditando, porque mandó que se retirasen las guardas, diciéndole que se podría volver a su palacio cuando quisiese, por haber cesado ya la causa de su detención. Y le ofreció este partido sobre seguro de que no le aceptaría, por haberle oído decir muchas veces con firme resolución, que ya no le convenía volverse a su palacio, ni apartarse de los españoles hasta que se retirasen de su corte; porque perdería mucho de su estimación, si llegasen a entender sus vasallos que recibía de ajena mano su libertad: dictamen que se hizo suyo con el tiempo, siendo en la verdad influido; porque doña Marina, y algunos de los capitanes le habían puesto en él a instancia de Cortés, que se valía de su misma razón de estado para tenerle más seguro en la prisión; pero entonces, conociendo lo que traía dentro de sí la oferta de Cortés, dejó este motivo, tratándose como ajeno de aquella ocasión, y se valió de otro más artificioso, porque le respondió: «que agradecía mucho la voluntad con que deseaba restituírle a su casa; pero que tenía resuelto no hacer novedad, atendiendo a la conveniencia de los españoles: porque una vez en su palacio le apretarían sus nobles y ministros en que tomase las armas contra ellos para satisfacerse del agravio que había recibido». Por cuyo medio quiso dar a entender, que se dejaba estar en la prisión para encubrirlos y ampararlos con su autoridad. Alabó Cortés el pensamiento agradeciendo su atención, como si la creyera, y quedaron los dos satisfechos de su destreza: creyendo entrambos que se entendían, y se dejaban engañar por su conveniencia con aquel género de astucia o disimulación que ponen los políticos entre los misterios de la prudencia, dando el nombre de esta virtud a los artificios de la sagacidad.

Antonio de Solís. Historia de la conquista de México

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