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Observaban los españoles todas estas novedades, no sin grande admiración, aunque procuraban reprimirla y disimularla: costándoles cuidado el apartarla del semblante por mantener la superioridad que afectaban entre aquellos indios. Los primeros días se ocuparon en varios entretenimientos. Hicieron los mejicanos vistosa ostentación de todas sus habilidades, con deseo de festejar a los forasteros, y no sin ambición de parecer diestros en el manejo de sus armas y ágiles en los demás ejercicios. Motezuma fomentaba los espectáculos y regocijos, depuesta la majestad contra el estilo de su elevación. Llevaba siempre consigo a Cortés, asistido de sus capitanes: tratábale con un género de humanidad respetiva que parecía monstruosa en su natural, y daba nueva estimación a los españoles entre los que le conocían. Frecuentábanse las visitas, unas veces Cortés en el palacio, y otras Motezuma en el alojamiento. No acababa de admirar las cosas de España considerándola como parte del cielo; y hacía tanto concepto de su rey, que no pensaba tanto de sus dioses. Procuraba siempre ganar las voluntades repartiendo alhajas y joyas entre los capitanes y soldados, no sin discreción y conocimiento de los sujetos, porque hacía mayor agasajo a los de mayor suposición, y sabía proporcionar la dádiva con la importancia del agradecimiento. Los nobles a imitación de su príncipe, deseaban obligar a todos con un género de obsequio que tocaba en obediencia. El pueblo doblaba las rodillas al menor de los soldados. Gozábase de un sosiego divertido, mucho que ver y nada que recelar. Pero tardó poco en volver a su ejercicio el cuidado, porque llegaron a este tiempo dos soldados tlascaltecas que vinieron a la ciudad por caminos desusados, desmentida su nación con el traje de los mejicanos, y buscando recatadamente a Cortés, le dieron una carta de la Vera-Cruz, que mudó el semblante de las cosas y obligó a discursos menos sosegados.

Juan de Escalante, que como dijimos quedó con el gobierno de aquella nueva población, trataba de continuar sus fortificaciones, conservando los amigos que le dejó Cortés, y duró en esta quietud sin accidente de cuidado, hasta que recibió noticias de que andaba por aquellos parajes un capitán general de Motezuma con ejército considerable, castigando algunos lugares de su confederación porque habían retirado los tributos con el abrigo de los españoles. Llamábase Qualpopoca, y gobernaba la gente de guerra que residía en las fronteras de Zempoala; y habiendo convocado las milicias de su cargo hacía grandes extorsiones y violencias en aquellos pueblos, acompañando el rigor de los ejecutores con la licencia de los soldados: gente una y otra de insaciable codicia, que tratan el robo como negocio del rey.

Viniéronse a quejar los totonaques de la serranía, cuyas poblaciones andaba destruyendo entonces aquel ejército. Pidieron a Juan de Escalante que los amparase, tomando las armas en defensa de sus aliados, y ofrecieron asistir a la facción con todo el resto de su gente. Procuró consolarlos tomando por suyo el agravio que padecían; y antes de llegar a los términos de la fuerza, resolvió enviar sus mensajeros al capitán general, pidiéndole amigablemente: «que suspendiese aquellas hostilidades hasta recibir nueva orden de su rey; pues no era posible que se la hubiese dado para semejante novedad, cuando había permitido que pasasen a su corte los embajadores del monarca oriental a introducir pláticas de paz y confederación entre las dos coronas». Ejecutaron este mensaje dos zempoales de los más ladinos que residían en la Vera-Cruz; y la respuesta fue atrevida y descortés: «que él sabía entender y ejecutar las órdenes de su rey; y si alguno intentase poner embarazo en el castigo de aquellos rebeldes, sabría también defender en la campaña su resolución».

No pudo Juan de Escalante disimular su enojo, ni debió negarse a este desafío hallándose a la vista de aquellos indios interesados en el suceso de los totonaques, iguales en el riesgo y asegurados en la misma protección; y habiéndose informado de que no pasaría de cuatro mil hombres el grueso del enemigo, juntó brevemente un ejército de hasta dos mil indios, la mayor parte de la serranía, que fugitivos o irritados vinieron a ponerse a su sombra, con los cuales bien armados a su modo y con cuarenta españoles; dos arcabuces, tres ballestas y dos tiros de artillería que pudo sacar de la plaza, dejándola con bien moderada guarnición, caminó la vuelta de aquellas poblaciones que le llamaban a su defensa. Tuvo Qualpopoca noticia de su marcha, y salió a recibirle con toda su gente puesta en orden cerca de un lugar pequeño que se llamó después Almería. Diéronse vista los dos ejércitos poco después de amanecer, y se acometieron ambos con igual resolución; pero a breve rato cedieron los mejicanos, y empezaron a retirarse puestos en desorden. Sucedió al mismo tiempo que los totonaques de nuestra facción, o por no ser soldados, o por la costumbre que tenían de temer a los mejicanos, se cayeron de ánimo y se fueron quedando atrás, hasta que últimamente se pusieron en fuga, sin que la fuerza ni el ejemplo bastase a detenerlos: raro accidente, que se debe notar entre las monstruosidades de la guerra huir los vencedores de los vencidos. Iba el enemigo tan atemorizado y tan cuidadoso de la propia salud, que no reparó en la disminución de nuestra gente, y sólo trató de retirarse desordenadamente a la población vecina, donde se acercó Juan de Escalante con poco más que sus cuarenta españoles; y mandando poner fuego al lugar por diferentes partes, acometió al mismo tiempo que tomó cuerpo la llama, con tanta resolución, que sin dejarles lugar para que pudiesen discurrir en su flaqueza, los rompió y desalojó enteramente, obligándolos a que volviesen las espaldas y se derramasen a los bosques. Dijeron después aquellos indios haber visto en el aire una señora como la que adoraban los forasteros por madre de su Dios, que los deslumbraba y entorpecía para que no pudiesen pelear. No se manifestó a los españoles este milagro; pero el suceso le hizo creíble y ya estaban todos enseñados a partir con el cielo sus hazañas.

Fue muy señalada esta victoria, pero igualmente costosa; porque Juan de Escalante quedó herido mortalmente con otros siete soldados, de los cuales se llevaron los indios a Juan de Argüello, natural de León, hombre muy corpulento y de grandes fuerzas, que cayó peleando valerosamente a tiempo que no pudo ser socorrido, y los demás murieron de las heridas en la Vera-Cruz dentro de tres días.

De cuya pérdida, con todas sus circunstancias, daba cuenta el ayuntamiento en aquella carta para que se nombrase sucesor a Juan de Escalante, y se tuviese noticia del estado en que se hallaban. Leyóla Cortés con el desconsuelo que pedía semejante novedad. Comunicó el caso a sus capitanes; y sin ponderar entonces sus consecuencias ni manifestarles todo su cuidado, les pidió que discurriesen la materia y se la dejasen discurrir, encomendando a Dios la resolución que se hubiese de tomar, lo cual encargó muy particularmente al padre fray Bartolomé de Olmedo y a todos el secreto, porque no corriese la voz entre los soldados, y en negocio de tanta importancia se diese lugar a dictámenes vulgares.

Retiróse después a su aposento, y dejó correr la consideración por todos los inconvenientes que podían resultar de aquella desgracia. Entraba y salía con dudosa elección en los caminos que le ofrecía su discurso; cuya viveza misma le fatigaba, dándole a un tiempo los remedios y las dificultades. Dicen que se anduvo paseando gran parte de la noche, y que descubrió entonces una pieza recién tabicada, en que tenía Motezuma las riquezas de su padre, y aquí las refieren por menor; y que habiéndolas reconocido mandó cerrar el tabique, sin permitir que se tocase a ellas. No nos detengamos en esta digresión de su cuidado, que no debió ser larga, pues hizo lugar a otras diligencias para tomar punto fijo en la resolución que andaba madurando.

Mandó llamar reservadamente a los indios más capaces y confidentes de su ejército: preguntóles «si habían reconocido alguna novedad en los ánimos de los mejicanos, y cómo corría entre aquella gente la estimación de los españoles». Respondieron: «que lo común del pueblo estaba divertido con sus fiestas, y los veneraba por verlos aplaudidos de su rey; pero que los nobles andaban ya pensativos y misteriosos, que se hablaban en secreto, y se dejaba conocer el recato en sus corrillos». Tenían observadas algunas medias palabras de sospechosa interpretación, y una de ellas fue: «que sería fácil romper los puentes», con otras de este género, que juntas decían lo bastante para el recelo. Dos o tres de aquellos indios habían oído decir que pocos días antes trajeron de presente a Motezuma la cabeza de un español, y la mandó esconder y retirar después de haberla mirado con asombro, por ser muy fiera y desmesurada: señas que convenían con la de Juan de Argüello, y novedad que puso a Cortés en mayor cuidado por el indicio de que hubiese cooperado Motezuma en la facción de su general.

Antonio de Solís. Historia de la conquista de México

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