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Prevínose a la función con espacio y gravedad, y puestas las dos manos sobre los brazos del señor de Iztacpalapa y el de Tezcuco, sus sobrinos, dio algunos pasos para recibir a Cortés. Era de buena presencia, su edad hasta cuarenta años, de mediana estatura, más delgado que robusto; el rostro aguileño, de color menos oscuro que el natural de aquellos indios, el cabello largo hasta el extremo de la oreja, los ojos vivos, y el semblante majestuoso, con algo de intención; su traje un manto de sutilísimo algodón, anudado sin desaire sobre los hombros, de manera que cubría la mayor parte del cuerpo, dejando arrastrar la falda. Traía sobre sí diferentes joyas de oro, perlas y piedras preciosas, en tanto número, que servían más al peso que al adorno. La corona una mitra de oro ligero, que por delante remataba en punta, y la mitad posterior algo más obtusa se inclinaba sobre la cerviz; y el calzado unas suelas de oro macizo, cuyas correas tachonadas de lo mismo, ceñían el pie, y abrazaban parte de la pierna, semejante a las cáligas militares de los romanos.

Llegó Cortés apresurando el paso sin desautorizarse, y le hizo una profunda sumisión; a que respondió poniendo la mano cerca de la tierra, y llevándola después a los labios: cortesía de inaudita novedad en aquellos príncipes, y más desproporcionada en Motezuma, que apenas doblaba la cerviz a sus dioses, y afectaba la soberbia, o no la sabía distinguir de la majestad; cuya demostración, y la de salir personalmente al recibimiento se reparó mucho entre los indios, y cedió en mayor estimación de los españoles; porque no se persuadían a que fuese inadvertencia de su rey, cuyas determinaciones veneraban, sujetando el entendimiento. Habíase puesto Cortés sobre las armas una banda o cadena de vidrio, compuesta vistosamente de varias piedras que imitaban los diamantes y las esmeraldas, reservada para el presente de la primera audiencia; y hallándose cerca en estos cumplimientos, se la echó sobre los hombros a Motezuma. Detuviéronle, no sin alguna destemplanza, los dos braceros, dándole a entender que no era lícito el acercarse tanto a la persona del rey; pero él los reprendió, quedando tan gustoso del presente, que le miraba y celebraba entre los suyos como presea de inestimable valor; y para desempeñar su agradecimiento con alguna liberalidad, hizo traer entretanto que llegaban a darse a conocer los demás capitanes, un collar que tenía la primera estimación entre sus joyas. Era de unas conchas carmesíes de gran precio en aquella tierra, dispuestas y engarzadas con tal arte, que de cada una de ellas pendían cuatro gambaros o cangrejos de oro, imitados prolijamente del natural. Y él mismo con sus manos se le puso en el cuello a Cortés: humanidad y agasajo, que hizo segundo ruido entre los mejicanos. El razonamiento de Cortés fue breve y rendido como lo pedía la ocasión, y su respuesta de pocas palabras, que cumplieron con la discreción sin faltar a la decencia. Mandó luego al uno de aquellos dos príncipes sus colaterales, que se quedase para conducir y acompañar a Hernán Cortés hasta su alojamiento; y arrimado al otro, volvió a tomar sus andas, y se retiró a su palacio con la misma pompa y gravedad.

Fue la entrada en esta ciudad a ocho de noviembre del mismo año de mil y quinientos diez y nueve, día de los santos cuatro coronados mártires; y el alojamiento que tenían prevenido, una de las casas reales que fabricó Axayaca, padre de Motezuma. Competía en la grandeza con el palacio principal de los reyes, y tenía sus presunciones de fortaleza; paredes gruesas de piedra, con algunos torreones, que servían de traveses y daban facilidad a la defensa. Cupo en ella todo el ejército y la primera diligencia de Cortés fue reconocerla por todas partes para distribuir sus guardias, alojar su artillería y cerrar su cuartel. Algunas salas, que tenían destinadas para la gente de más cuenta, estaban adornadas con sus tapicerías de varios colores hechas de aquel algodón, a que se reducían todas sus telas, más o menos delicadas: las sillas de madera, labradas de una pieza, las camas entoldadas con sus colgaduras en forma de pabellones; pero el lecho se componía de aquellas sus esteras de palma, donde servía de cabecera una de las mismas esteras arrollada; no alcanzaban allí mejor cama los príncipes más regalados, ni cuidaba mucho aquella gente de su comodidad, porque vivían a la naturaleza, contentándose con los remedios de la necesidad; y no sabemos si se debe llamar felicidad en aquellos bárbaros esta ignorancia de las superfluidades.

Capítulo XI

 

Viene Motezuma el mismo día por la tarde a visitar a Cortés en su alojamiento: refiérese la oración que hizo antes de oír la embajada, y la respuesta de Cortés

 

Era poco más de medio día cuando entraron los españoles en su alojamiento, y hallaron prevenido un banquete regalado y espléndido para Cortés y los cabos de su ejército, con grande abundancia de bastimentos menos delicados para el resto de la gente, y muchos indios de servicio, que ministraban los manjares y las bebidas con igual silencio y puntualidad. Por la tarde vino Motezuma con la misma pompa y acompañamiento a visitar a Cortés, que avisado poco antes, salió a recibirle hasta el patio principal, con todo el obsequio debido a semejante favor. Acompañóle hasta la puerta de su cuarto, donde le hizo una profunda reverencia, y él pasó a tomar su asiento con despejo y gravedad. Mandó luego que acercasen otro a Cortés: hizo seña para que se apartasen a la pared los caballeros que andaban cerca de su persona, y Cortés advirtió lo mismo a los capitanes que le asistían. Llegaron los intérpretes, y cuando se prevenía Hernán Cortés para dar principio a su oración, le detuvo Motezuma, dando a entender que tenía que hablar antes de oír; y se refiere que discurrió en esta sustancia:

Antonio de Solís. Historia de la conquista de México

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