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No acababan ellos de creer su libertad, enseñados al rigor con que solían tratar a sus prisioneros, y besando la tierra en demostración de su agradecimiento, se ofrecieron con humilde solicitud a la ejecución de esta orden. Los embajadores procuraron disimular su confusión, aplaudiendo el suceso de aquel día, y Hernán Cortés se congratuló con ellos, dejándose llevar de su disimulación para mantenerlos en buena fe y afirmarse con nuevas exterioridades en la política de interesar a Motezuma en el castigo de sus mismas estratagemas. Volvióse a poblar brevemente la ciudad, porque la demostración de poner en libertad a los caciques y sacerdotes con tanta prontitud, y lo que ponderaron ellos esta clemencia de los españoles sobre tan injusta provocación, bastó para que se asegurase la gente que andaba derramada por los lugares del contorno. Restituyéronse luego a sus casas los vecinos con sus familias, abriéronse las tiendas, manifestáronse las mercaderías, y el tumulto se convirtió de una vez en obediencia y seguridad, acción en que no se conoció tanto la natural facilidad con que se movían aquellos indios de un extremo a otro, como el gran concepto en que tenían a los españoles, pues hallaron en la misma justificación de su castigo, toda la razón que hubieron menester para fiarse de su enmienda.

El día siguiente a la facción llegó Xicotencal con un ejército de veinte mil hombres, que al primer aviso de los suyos remitió la república de Tlascala para el socorro de los españoles. Tenían prevenidas sus tropas recelando el suceso, y en todo se iban experimentando las atenciones de aquella nación. Hicieron alto fuera de la ciudad, y Hernán Cortés los visitó y regaló con toda estimación de su fineza, pero los redujo a que se volviesen, diciendo a Xicotencal y a sus capitanes: «que ya no era necesaria su asistencia para la reducción de Cholula, y que hallándose con resolución de marchar brevemente la vuelta de Méjico, no le convenía despertar la resistencia de Motezuma, o provocarle a que rompiese la guerra, introduciendo en su dominio un grueso tan numeroso de tlascaltecas, enemigos descubiertos de los mejicanos». A cuya razón no tuvieron que replicar, antes la conocieron y confesaron con ingenuidad, ofreciendo tener prevenidas sus tropas y acudir al socorro siempre que lo pidiese la necesidad.

Trató Cortés, primero que se retirasen, de hacer amigas aquellas dos naciones de Tlascala y Cholula: introdujo la plática, desvió las dificultades, y como tenía ya tan asentada su autoridad con ambas parcialidades, lo consiguió en breves días, y se celebró acto de confederación y alianza entre las dos ciudades y sus distritos, con asistencia de sus magistrados y con las solemnidades y ceremonias de su costumbre; cuerda mediación a que le obligaría la conveniencia de abrir el paso a los de Tlascala para que pudiesen suministrar con mayor facilidad los socorros de que necesitase, o no dejar aquel estorbo en su retirada, si el suceso no respondiese favorablemente a su esperanza.

Así pasó el castigo de Cholula, tan ponderado en los libros extranjeros y en alguno de los naturales, que consiguió por este medio el aplauso miserable de verse citado contra su nación. Ponen esta facción entre las atrocidades que refieren de los españoles en las Indias, de cuyo encarecimiento se valen para desaprobar o satirizar la conquista. Quieren dar al impulso de la codicia y a la sed del oro toda la gloria de lo que obraron nuestras armas, sin acordarse de que abrieron el paso a la religión, concurriendo en sus operaciones con especial asistencia el brazo de Dios. Lastímanse mucho de los indios, tratándolos como gente indefensa y sencilla para que sobresalga lo que padecieron: maligna compasión, hija del odio y de la envidia. No necesita el caso de Cholula de más defensa que su misma narración. En él se conoce la malicia de aquellos bárbaros, cómo se sabían aprovechar de la fuerza y del engaño, y cuán justamente fue castigada su alevosía; y de él se puede colegir cuán apasionadamente se refieren otros casos de horrible inhumanidad, ponderados con la misma afectación. No dejamos de conocer que se vieron en algunas partes de las Indias acciones dignas de reprensión, obradas con queja de la piedad y de la razón, ¿pero en cuál empresa justa o santa se dejaron de perdonar algunos inconvenientes? ¿De cuál ejército bien disciplinado se pudieron desterrar enteramente los abusos y desórdenes que llama el mundo licencias militares? ¿Y qué tienen que ver estos inconvenientes menores con el acierto principal de la conquista? No pueden negar los émulos de la nación española que resultó de este principio, y se consiguió con estos instrumentos, la conversión de aquella gentilidad, y el verse hoy restituida tanta parte del mundo a su Criador. Querer que no fuese del agrado de Dios y de su altísima ordenación la conquista de las Indias, por este o aquel delito de los conquistadores, es equivocar la sustancia con los accidentes: que hasta en la obra inefable de nuestra redención se propuso como necesaria para la salud universal, la malicia de aquellos pecadores permitidos, que ayudaron a labrar el mayor remedio con la mayor iniquidad. Puédense conocer los fines de Dios en algunas disposiciones que traen consigo las señales de su providencia, pero la proporción o congruencia de los medios por donde se encaminan, es punto reservado a su eterna sabiduría, y tan escondido a la prudencia humana, que se deben oír con desprecio estos juicios apasionados, cuyas sutilezas quieren parecer valentías del entendimiento, siendo en la verdad atrevimientos de la ignorancia.

 

 

 

Capítulo VIII

 

Parten los españoles de Cholula: ofréceseles nueva dificultad en la montaña de Chalco, y Motezuma procura detenerlos por medio de sus nigrománticos

 

Íbase acercando el plazo de la jornada, y algunos zempoales de los que militaban en el ejército (temiesen el empeño de pasar a la corte de Motezuma, o pudiese más que su reputación el amor de la patria) pidieron licencia para retirarse a sus casas. Concediósela Cortés sin dificultad, agradeciéndoles mucho lo bien que le habían asistido; y con esta ocasión envió algunas alhajas de presente al cacique de Zempoala, encargándole de nuevo los españoles que dejó en su distrito sobre la fe de su amistad y confederación.

Escribió también a Juan de Escalante, ordenándole con particular instancia que procurase remitirle alguna cantidad de harina para las hostias y vino para las misas, cuya provisión se iba estrechando, y cuya falta sería de gran desconsuelo suyo y de toda su gente. Diole noticia por menor de los progresos de su jornada, para que estuviese de buen ánimo y asistiese con mayor cuidado a la fortaleza de la Vera-Cruz, tratando de ponerla en defensa, no menos por su propia seguridad, que por lo que se debía recelar de Diego Velázquez, cuya natural inquietud y desconfianza no dejaba de hacer algún ruido entre los demás cuidados.

Llegaron a esta sazón nuevos embajadores de Motezuma, que con noticia ya de todo el suceso de Cholula trató de sincerarse con los españoles, dando las gracias a Cortés de que hubiese castigado aquella sedición. Ponderaron frívolamente la indignación y el sentimiento de su rey, cuyo artificio se redujo a infamar con el nombre de traidores a los mismos que le habían obedecido en la traición. Vino dorada esta noticia con otro presente de igual riqueza y ostentación, y según lo que sucedió después, no dejó de tener mayor designio la embajada, porque miró también al intento de poner en nueva seguridad a Cortés para que marchase menos receloso, y se dejase llevar a otra celada que le tenían prevenida en el camino.

Ejecutóse finalmente la marcha después de catorce días que ocuparon los accidentes referidos, y la primera noche se acuarteló el ejército en un villaje de la jurisdicción de Guajocingo, donde acudieron luego los principales de aquel gobierno y de otras poblaciones vecinas con bastante provisión de bastimentos, y algunos presentes de poco valor, bastantes para conocer el afecto con que aguardaban a los españoles. Halló Cortés entre aquella gente las mismas quejas de Motezuma que se oyeron en las provincias más distantes, y no le pesó de que durasen aquellos humores tan cerca del corazón, pareciéndole que no podía ser muy poderoso un príncipe con tantas señas de tirano, a quien faltaba en el amor de sus vasallos el mayor prestigio de los reyes.

Antonio de Solís. Historia de la conquista de México

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