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Bernal Díaz del Castillo mancha con poca razón la fama de Francisco de Montejo, digno por su calidad y valor de mejores ausencias: cúlpale de que faltó a la obligación en que le puso la confianza de Cortés; dice que salió a su estancia con ánimo de suspender la navegación, para que tuviese tiempo Diego Velázquez de aprehender el navío; que le escribió una carta con el aviso, que la llevó un marinero, arrojándose al agua, y otras circunstancias de poco fundamento, en que se contradice después, haciendo particular memoria de la resolución y actividad con que se opuso Francisco de Montejo en la corte a los agentes y valedores de Diego Velázquez; pero también escribe que no hallaron estos enviados de Cortés al emperador en España, y afirma otras cosas, de que se conoce la facilidad con que daba los oídos, y que se deben leer con recelo sus noticias en todo aquello que no le informaron sus ojos. Continuaron su viaje por el canal de Bahama, siendo Antón de Alaminos el primer piloto que se arrojó al peligro de sus corrientes; y fue menester entonces toda la violencia con que se precipitan por aquella parte las aguas entre las islas Lucayas y la Florida, para salir a lo ancho con brevedad, y dejar frustradas las asechanzas de Diego Velázquez.

Favoreciólos el tiempo, y arribaron a Sevilla por octubre de este año, en menos favorable ocasión, porque se hallaba en aquella ciudad el capellán Benito Martín, que vino a la corte, como dijimos, a solicitar las conveniencias de Diego Velázquez; y habiéndole remitido los títulos de su adelantamiento, aguardaba embarcación para volverse a la isla de Cuba. Hízole gran novedad este accidente, y valiéndose de su introducción y solicitud, se querelló de Hernán Cortés, y de los que venían en su nombre, ante los ministros de la contratación, que ya se llamaba de las Indias, refiriendo: «que aquel navío era de su amo Diego Velázquez, y todo lo que venía en él perteneciente a sus conquistas; que la entrada en las provincias de Tierra Firme se había ejecutado furtivamente y sin autoridad, alzándose Cortés y los que le acompañaban con la armada que Diego Velázquez tenía prevenida para la misma empresa; que los capitanes Portocarrero y Montejo eran dignos de grave castigo, y por lo menos se debía embargar el bajel y su carga mientras no legitimasen los títulos, de cuya virtud emanaba su comisión». Tenía Diego Velázquez muchos defensores en Sevilla, porque regalaba con liberalidad; y esto era lo mismo que tener razón, por lo menos en los casos dudosos, que se interpretan las más veces con la voluntad. Admitióse la instancia, y últimamente se hizo el embargo, permitiendo a los enviados de Cortés, por gran equivalencia, que acudiesen al rey.

Partieron con esta permisión a Barcelona los dos capitanes y el piloto Alaminos, creyendo hallar la corte en aquella ciudad; pero llegaron a tiempo que acababa de partir el rey a La Coruña, donde tenía convocadas las cortes de Castilla, y prevenida su armada para pasar a Flandes, instado ya prolijamente de los clamores de Alemania, que le llamaban a la corona del imperio. No se resolvieron a seguir la corte, por no hablar de paso en negocio tan grave, que mezclado entre las inquietudes del camino, perdería la novedad sin hallar la consideración; por cuyo reparo se encaminaron a Medellín con ánimo de visitar a Martín Cortés, y ver si podían conseguir que viniese con ellos a la presencia del rey, para que autorizase con sus canas y con su representación la instancia y la persona de su hijo. Recibiólos aquel venerable anciano con la ternura que se deja considerar en un padre cuidadoso y desconsolado, que ya le lloraba muerto, y halló con las nuevas de su vida tanto que admirar en sus acciones y tanto que celebrar en su fortuna.

Determinóse luego a seguirlos, y tomando noticia del paraje donde se hallaba el emperador (así le llamaremos ya), supieron que había de hacer mansión en Tordesillas para despedirse de la reina doña Juana su madre, y despachar algunas dependencias de su jornada. Aquí le esperaron, y aquí tuvieron la primera audiencia, favorecidos de una casualidad oportuna; porque los ministros de Sevilla no se atrevieron a detener en el embargo lo que venía para el emperador, y llegaron a la misma sazón el presente de Cortés, y los indios de la nueva conquista: con cuyo accidente fueron mejor escuchadas las novedades que referían; facilitándose por los ojos la extrañeza de los oídos, porque aquellas alhajas de oro, preciosas por la materia y por el arte, aquellas curiosidades y primores de pluma y algodón, y aquellos racionales de tan rara fisonomía, que parecían hombres de segunda especie, fueron otros tantos testigos, que hicieron creíble, dejando admirable su narración.

Oyólos el emperador con mucha gratitud; y el primer movimiento de aquel ánimo real fue volverse a Dios, y darle rendidas gracias de que en su tiempo se hallasen nuevas regiones donde introducir su nombre y dilatar su evangelio. Tuvo con ellos diferentes conferencias; informóse cuidadosamente de las cosas de aquel nuevo mundo; del dominio y fuerza de Motezuma; de la calidad y talento de Cortés; hizo algunas preguntas al piloto Alaminos concernientes a la navegación; mandó que los indios se llevasen a Sevilla, para que se conservasen mejor en temple más benigno; y según lo que se pudo colegir entonces del afecto con que deseaba fomentar aquella empresa, fuera breve y favorable su resolución, si no le embarazaran otras dependencias de gravísimo peso.

Llegaban cada día nuevas cartas de las ciudades con proposiciones poco reverentes; lamentábase Castilla de que se sacasen sus cortes a Galicia; estaba celoso el reino de que pesase más el imperio; andaba mezclada con protestas la obediencia; y finalmente se iba derramando poco a poco en los ánimos la semilla de las comunidades. Todos amaban al rey, y todos le perdían el respeto; sentían su ausencia; lloraban su falta; y este amor natural, convertido en pasión o mal administrado, se hizo brevemente amenaza de su dominio. Resolvió apresurar su jornada por apartarse de las quejas, y la ejecutó creyendo volver con brevedad, y que no le sería dificultoso corregir después aquellos malos humores que dejaba movidos. Así lo consiguió; pero respetando los altos motivos que le obligaron a este viaje, no podemos dejar de conocer que se aventuró a gran pérdida, y que a la verdad hace poco por la salud quien se fía del exceso, en suposición de que habrá remedios cuando llegue la necesidad.

Quedó remitida por estos embarazos la instancia de Cortés al cardenal Adriano, y a la junta de prelados y ministros que le habían de aconsejar en el gobierno durante la ausencia del emperador, con orden para que oyendo al consejo de Indias, se tomase medio en las pretensiones de Diego Velázquez, y se diese calor al descubrimiento y conquista espiritual de aquella tierra, que ya se iba dejando conocer por el nombre de Nueva España.

Presidía en este consejo, formado pocos días antes, Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos, y concurrían en él Hernando de Vega, señor de Grajal, don Francisco Zapata y don Antonio de Padilla, del consejo real, y Pedro Mártir de Angleria, proto-notario de Aragón. Tenía el presidente gran suposición en las materias de las Indias, porque las había manejado muchos días, y todos cedían a su autoridad y a su experiencia. Favorecía con descubierta voluntad a Diego Velázquez, y pudo ser que le hiciese fuerza su razón, o el concepto en que le tenía; que Bernal Díaz del Castillo refiere las causas de su pasión con indecencia y prolijidad; pero también dice lo que oyó, y sería mucho menos, o no sería. Lo que no se puede negar es que perdió mucho en sus informes la causa de Cortés, y que dio mal nombre a su conquista, tratándola como delito de mala consecuencia. Representaba que Diego Velázquez, según el título que tenía del emperador, era dueño de la empresa; y según justicia de los mismos medios con que se había conseguido, ponderaba lo poco que se podía fiar de un hombre rebelde a su mismo superior, y lo que se debían temer en provincias tan remotas estos principios de sedición; protestaba los daños, y últimamente cargó tanto la mano en sus representaciones, que puso en cuidado al cardenal y a los de la junta. No dejaban de conocer que se afectaba con sobrado fervor la razón de Diego Velázquez; pero no se atrevían a resolver negocio tan grave contra el parecer de un ministro tan graduado; ni tenían por conveniente desconfiar a Cortés, cuando estaba tan arrestado, y en la verdad se le debía un descubrimiento tanto mayor que los pasados. Cuyas dudas y contradicciones fueron retardando la resolución de modo que volvió el emperador de su jornada, y llegaron segundos comisarios de Cortés primero que se tomase acuerdo en sus pretensiones. Lo más que pudieron conseguir Martín Cortés y sus compañeros fue que se les mandasen librar algunas cantidades para su gasto, sobre los mismos efectos que tenían embargados en Sevilla, con cuya moderada subvención estuvieron dos años en la corte siguiendo los tribunales como pretendientes desvalidos: hecho esta vez negocio particular el interés de la monarquía, de cuantas suelen hacerse causa pública los intereses particulares.

 

 

 

Capítulo II

 

Antonio de Solís. Historia de la conquista de México

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