16 052 views

Dispuso luego su marcha Hernán Cortés como lo tenía resuelto, y partieron los bajeles a la ensenada de Quiabislan, y él siguió por tierra el camino Zempoala, dando el costado derecho a la costa; y echó sus batidores delante que reconociesen la campaña, previniendo advertidamente los accidentes que se podían ofrecer, en tierra donde fuera descuido la seguridad.

Halláronse a pocas horas sobre el río de Zempoala, en cuya vecindad se situó después la villa de la Vera-Cruz, y porque iba profundo, fue necesario recoger algunas canoas y embarcaciones de pescadores que hallaron en la orilla, donde pasó la gente, dejando nadar a los caballos. Vencida esta dificultad, llegaron a unos pueblos del distrito de Zempoala, según se averiguó después, y no se tuvo a buena señal el hallarlos desamparados, no sólo de los indios, sino de sus alhajas y mantenimientos, con indicios de fuga prevenida y cuidadosa: sólo dejaron en sus adoratorios diferentes ídolos, varios instrumentos o cuchillos de pedernal, y arrojados por el suelo algunos despojos miserables de víctimas humanas, que hicieron a un tiempo lástima y horror.

Aquí fue donde se vieron la primera vez, no sin admiración, los libros mejicanos, de que dejamos hecha mención.

Había tres o cuatro en los adoratorios, que debían de contener los ritos de su religión, y eran de una membrana larga o lienzo barnizado, que plegaban en iguales dobleces, de modo que cada doblez formaba una hoja, y todos juntos componían el volumen; parecidos a los nuestros por la vista exterior, y por el texto escritos o dibujados con aquel género de imágenes y cifras que dieron a conocer los pintores de Teutile.

Alojóse luego el ejército en las mejores casas, y se pasó la noche no sin alguna incomodidad, prevenidas las armas, y con centinelas a lo largo, en cuyo desvelo sosegaban los demás.

El día siguiente se volvió a la marcha en la misma ordenanza por el camino más hollado que declinaba la vuelta del Poniente, con algún desvío de la costa; y en toda la mañana no se halló persona de quien tomar lengua, ni más que una soledad sospechosa, cuyo silencio les hacía ruido en la imaginación y en el cuidado. Hasta que entrando en unos pocos prados de grande amenidad, se descubrieron doce indios, que venían en busca de Hernán Cortés con un regalo de gallinas y pan de maíz que le enviaba el cacique de Zempoala, pidiéndole con encarecimiento que no dejase de llegar a su pueblo, donde tenía prevenido alojamiento para su gente, y sería regalado con mayor liberalidad. Súpose de estos indios, que el lugar donde residía su cacique distaba un sol de aquel paraje, que en su lengua era lo mismo que un día de marcha; porque no conocían la división de las leguas, y medían la distancia con los soles, contando el tiempo, y no los pasos del camino. Despachó Cortés a seis indios con grande estimación del regalo y de la oferta, quedándose con los otros seis para que le guiasen, y para hacerles algunas preguntas; porque no acababa de reducirse a la sinceridad de este agasajo, que no esperado parecía poco seguro.

Aquella noche se hizo alto en un pueblo de corta vecindad, cuyos moradores anduvieron solícitos en el hospedaje de los españoles, y al parecer poco recelosos; de cuya quietud se conjeturaba que estarían de paz los de su nación, y no se engañó la esperanza, aunque suele consolarse con facilidad. A la mañana se movió el ejército con la frente a Zempoala, dejándose llevar de los guías con la cautela y prevención conveniente. Y al declinar el día, estando ya cerca del pueblo, vinieron veinte indios al recibimiento de Cortés, galanes a su modo; y hechas sus ceremonias, dijeron: «que no salía con ellos su cacique por estar impedido; y así los enviaba para que cumpliesen por él con aquella demostración, quedando con mucho deseo de conocer a tan valerosos huéspedes, y recibir con su amistad a los que ya tenía en su inclinación».

Era lugar de grande población y de hermosa vista, situado entre dos ríos que fertilizaban la campaña, bajando de lo alto de unas sierras poco distantes, de frondosa y apacible aspereza: los edificios eran de piedra, cubiertos o adornados con un género de cal muy blanca y resplandeciente, de agradables y suntuosos lejos; tanto que uno de los batidores que iban delante volvió aceleradamente, diciendo a voces que las paredes eran de plata, de cuyo engaño se hizo grande fiesta en el ejército, y pudo ser que lo creyesen entonces los que después se burlaban de su credulidad.

Estaban las plazas y las calles ocupadas de innumerable pueblo, que concurrió a ver la entrada, sin armas que pudiesen dar cuidado ni otro rumor que el de la muchedumbre. Salió el cacique a la puerta de su palacio, y era su impedimento una gordura monstruosa que le oprimía y le desfiguraba. Fuese acercando con dificultad, apoyado en los brazos de algunos indios nobles, que al parecer le daban todo el movimiento. Su traje, sobre cuerpo desnudo, una manta de fino algodón, enriquecida con varias joyas y pendientes, de que traía también empedradas las orejas y los labios: príncipe de rara hechura, en quien hacían notable consonancia el peso y la gravedad. Fue necesario que Cortés detuviese la risa de los soldados; y porque tenía que reprimir en sí, dio la orden con forzada severidad; pero luego que empezó el cacique su razonamiento, recibiendo con los brazos a Cortés, y agasajando a los demás capitanes, dio a conocer su buena razón, y ganó por el oído la estimación de los ojos. Habló concertadamente, y cortó la plática de los cumplimientos con despejo y discreción, diciendo a Cortés que se retirase a descansar del camino y alojar su gente, que después le visitaría en su cuartel, para que hablasen más despacio en los intereses comunes.

Tenían prevenido el alojamiento en unos patios de grandes aposentos, donde pudieron acomodarse todos con bastante desahogo, y fueron asistidos con abundancia de cuanto hubieron menester. Envió después el cacique a prevenir su visita con un regalo de alhajas de oro y otras curiosidades, que valdrían hasta dos mil pesos, y vino a poco rato con lucido acompañamiento en unas andas que traían sobre sus hombros los más principales de su familia, y tendrían entonces esta dignidad los más robustos. Salió Cortés a recibirle asistido de sus capitanes, y dándole la puerta y el lugar, se retiró con él y con sus intérpretes, porque le pareció conveniente hablarle sin testigos. Y después de hacerle aquella oración acostumbrada sobre el intento de su venida, la grandeza de su rey y los errores de la idolatría, pasé a decirle: «que uno de los fines de aquel ejército valeroso era deshacer agravios, castigar violencias y ponerse de parte de la justicia y de la razón», tocando este punto advertidamente, porque deseaba introducirle poco a poco en la queja de Motezuma, y ver, según las premisas que traía, lo que podía fiar de su indignación. Conocióse luego en la variación del semblante que se le había tocado en la herida, y antes de resolverse a la respuesta empezó a suspirar como quien sentía la dificultad de quejarse; pero después venció la pasión, y prorrumpiendo en lamentos de su infelicidad le dijo: «que todos los caciques de aquella comarca se hallaban en miserable y vergonzosa esclavitud, gimiendo entre las violencias y tiranías de Motezuma, sin fuerzas para volver por sí, ni espíritu para discurrir en el remedio: que se hacía servir y adorar de sus vasallos como uno de sus dioses, y quería que se venerasen sus violencias y sin razones como decretos celestiales; pero que no era su ánimo proponerle que se aventurase a favorecerlos, porque Motezuma tenía mucho poder y muchas fuerzas para que se resolviese, con tan poca obligación, a declararse por su enemigo; ni sería en él buena urbanidad pretender su benevolencia, vendiendo a tan costoso precio tan corto servicio».

Procuró Hernán Cortés consolarle, dándole a entender: «que temería poco las fuerzas de Motezuma, porque las suyas tenían al cielo de su parte y natural predominio contra los tiranos; pero que necesitaba de pasar luego a Quiabislan, donde le hallarían los oprimidos y menesterosos, que teniendo la razón de su parte necesitasen de sus armas; cuya noticia podría comunicar a sus amigos y confederados, asegurando a todos que Motezuma dejaría de ofenderlos, o no lo podría conseguir mientras él asistiese a su defensa». Con esto se despidieron los dos, y Hernán Cortés trató luego de su marcha, dejando ganada la voluntad de este cacique, y celebrando para consigo la mejoría de sus intentos, que por aquellos lejos o espacios de la imaginación iban pareciendo posibles.

 

 

 

Capítulo IX

 

Prosiguen los españoles su marcha desde Zempoala a Quiabislan: refiérese lo que pasó en la entrada de esta villa, donde se halla nueva noticia de la inquietud de aquellas provincias, y se prenden seis ministros de Motezuma

 

Antonio de Solís. Historia de la conquista de México

Залишити відповідь

17 visitors online now
17 guests, 0 members
All time: 12686 at 01-05-2016 01:39 am UTC
Max visitors today: 20 at 01:42 am UTC
This month: 45 at 10-18-2017 08:41 am UTC
This year: 62 at 03-12-2017 08:20 pm UTC
Read previous post:
Breve Gramática de Quechua

  Breve Gramática de Quechua  UNIDAD 1 La tipología lingüística del quechuaLa oraciónLos pronombres personalesPronombres demostrativosSufijos posesivosLa conjugaciónVerbo "tener"Sufijo validador –m...

Alfonso Klauer. ¿Leyes de la historia? Tomo II

       ¿Leyes de la historia? Tomo II  Alfonso Klauer                  ...

Close