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Formaban sus escuadrones amontonando más que distribuyendo la gente, y dejaban algunas tropas de retén que socorriesen a los que peligraban. Embestían con ferocidad, espantosos en el estruendo con que peleaban, porque daban grandes alaridos y voces para amedrentar al enemigo: costumbre que refieren algunos entre las barbaridades y rudezas de aquellos indios, sin reparar en que la tuvieron diferentes naciones de la antigüedad, y no la despreciaron los romanos, pues Julio César alaba los clamores de sus soldados, culpando el silencio en los de Pompeyo; y Catón el mayor solía decir que debía más victorias a las voces que a las espadas: creyendo unos y otros que se formaba el grito del soldado en el aliento del corazón. No disputamos sobre el acierto de esta costumbre; sólo decimos que no era tan bárbara en los indios que no tuviese algunos ejemplares. Componíanse aquellos ejércitos de la gente natural, y diferentes tropas auxiliares de las provincias comarcanas, que acudían a sus confederados, conducidas por sus caciques, o por algún indio principal de su parentela, y se dividían en compañías, cuyos capitanes guiaban; pero apenas gobernaban su gente, porque en llegando la ocasión mandaba la ira, y a veces el miedo: batallas de muchedumbre, donde se llegaba con igual ímpetu al acometimiento que a la fuga.

De este género era la milicia de los indios, y con este género de aparato se iba acercando poco a poco a nuestros españoles aquel ejército, o aquella inundación de gente, que venía al parecer, anegando la campaña. Reconoció Hernán Cortés la dificultad en que se hallaba, pero no desconfió del suceso, antes animó con alegre semblante a sus soldados, y poniéndolos al abrigo de una eminencia que les guardaba las espaldas, y la artillería en sitio que pudiese hacer operación, se emboscó con sus quince caballos, alargándose entre la maleza, para salir de través cuando lo dictase la ocasión. Llegó el ejército de los indios a distancia proporcionada, y dando primero la carga de sus flechas, embistieron con el escuadrón de los españoles tan impetuosamente y tan de tropel, que no bastando los arcabuces y las ballestas a detenerlos, se llegó brevemente a las espadas. Era grande el estrago que se hacía en ellos: y la artillería, como venían tan cerrados, derribaba tropas enteras; pero estaban tan obstinados y tan en sí, que en pasando la bala se volvían a cerrar, y encubrían a su modo el daño que padecían, levantando el grito, y arrojando al aire puñados de tierra, para que no se viesen los que caían, ni se pudiesen percibir sus lamentos.

Acudía Diego de Ordaz a todas partes, haciendo el oficio de capitán sin olvidar el de soldado, pero como eran, tantos los enemigos, no se hacía poco en resistir, y ya se empezaba a conocer la desigualdad de las fuerzas, cuando Hernán Cortés, que no pudo acudir antes al socorro de los suyos por haber dado en unas acequias, salió a la campaña, y embistió con todo aquel ejército, rompiendo por lo más denso de los escuadrones, y haciéndose tanto lugar con sus caballos, que los indios heridos y atropellados cuidaban sólo de apartarse de ellos, y arrojaban las armas para huir, tratándolas ya como impedimento de su ligereza.

Conoció Diego de Ordaz que había llegado el socorro que esperaba, por la flaqueza de la vanguardia enemiga, que empezó a remolinar con la turbación que tenían a las espaldas, y sin perder tiempo avanzó con su infantería, cargando a los que le oprimían con tanta resolución que los obligó a ceder, y fue ganando la tierra que perdían, hasta que llegó al paraje que tenían despejado Hernán Cortés y sus capitanes. Uniéronse todos para hacer el último esfuerzo, y fue necesario alargar el paso, porque los indios se iban retirando con diligencia, aunque caminaban haciendo cara, y no dejaban de pelear a lo largo con las armas arrojadizas: en cuya forma de apartarse, y excusar concertadamente el combate, perseveraron hasta que estrechándose el alcance, y viéndose otra vez acometidos, volvieron las espaldas, y se declaró en fuga la retirada.

Mandó Hernán Cortés que hiciese alto su gente, sin permitir que se ensangrentase más la victoria: sólo dispuso que se trajesen algunos prisioneros, porque pensaba servirse de ellos para volver a las pláticas de la paz, único fin de aquella guerra, que se miraba sólo como circunstancia del intento principal. Quedaron muertos en la campaña más de ochocientos indios, y fue grande el número de los heridos. De los muertos murieron dos soldados, y salieron heridos setenta.

Constaba el ejército enemigo de cuarenta mil hombres, según lo que hallamos escrito; que aunque bárbaros y desnudos, como ponderan algunos extranjeros, tenían manos para ofender, y cuando les faltase el valor, que es propio de los hombres, no les faltaría la ferocidad de que son capaces los brutos.

Fue la facción de Tabasco, diga lo que quisiere la envidia, verdaderamente digna de la demostración que se hizo después, edificando en memoria de ella y del día en que sucedió, un templo con la advocación de nuestra Señora de la Victoria, y dando el mismo nombre a la primera villa que se pobló de españoles en esta provincia. Débese atribuir al valor de los soldados la mayor parte del suceso, pues suplieron la desigualdad del número con la constancia y con la resolución; aunque tuvieron de su parte la ventaja de pelear bien ordenados contra un ejército sin disciplina. Hizo Hernán Cortés posible la victoria rompiendo con sus caballos la batalla del ejército enemigo: acción en que lucieron igualmente las manos y el consejo del capitán, siendo tanto el discurrirlo antes, como el ejecutarlo después; y no se puede negar que tuvieron su parte los mismos caballos, cuya novedad atemorizó totalmente a los indios, porque no los habían visto hasta entonces, y aprendieron con el primer asombro que eran monstruos feroces, compuestos de hombre y bruto, al modo que, con menor disculpa, creyó la otra gentilidad sus centauros.

Algunos escriben que anduvo en esta batalla el apóstol Santiago peleando en un caballo blanco por sus españoles, y añaden que Hernán Cortés, fiado en su devoción, aplicaba este socorro al apóstol San Pedro, pero Bernal Díaz del Castillo niega con aseveración este milagro, diciendo que ni le vio, ni oyó hablar en él a sus compañeros. Exceso es de la piedad el atribuir al cielo estas cosas que suceden contra la esperanza o fuera de la opinión: a que confesamos poca inclinación, y que en cualquier acontecimiento extraordinario dejamos voluntariamente su primera instancia a las causas naturales; pero es cierto que los que leyeren la historia de las Indias, hallarán muchas verdades que parecen encarecimientos, y muchos sucesos que para hacerse creíbles fue necesario tenerlos por milagrosos.

 

 

 

Capítulo XX

 

Efectúase la paz con el cacique de Tabasco, y celebrándose en esta provincia la festividad del Domingo de Ramos, se vuelven a embarcar los españoles para continuar su viaje

 

El día siguiente mandó Hernán Cortés que se trajesen a su presencia los prisioneros, entre los cuales había dos o tres capitanes. Venían temerosos, creyendo hallar en el vencedor la misma crueldad que usaban ellos con sus rendidos; pero Hernán Cortés los recibió con grande benignidad, y animándoles con el semblante y con los brazos, los puso en libertad, dándoles algunas bujerías, y diciéndoles solamente: «que él sabía vencer, y sabría perdonar».

Pudo tanto esta piadosa demostración, que dentro de pocas horas vinieron al cuartel algunos indios cargados de maíz, gallinas y otros bastimentos, para facilitar con este regalo la paz, que venían a proponer de parte del cacique principal de Tabasco. Era gente vulgar y deslucida la que traía esta embajada; reparo que hizo Jerónimo de Aguilar, por ser estilo de aquella tierra el enviar a semejantes funciones indios principales con el mejor adorno de sus galas. Y aunque Hernán Cortés deseaba la paz, no quiso admitirla sin que viniese la proposición como debía; antes mandó que los despidiesen, y sin dejarse ver respondió al cacique por medio del intérprete: «que si deseaba su amistad, enviase personas de más razón y más decentes a solicitarla». Siendo de opinión, que no se debía dispensar en estas exterioridades de que se compone la autoridad, ni sufrir inadvertencias en el respeto del que viene a rogar, porque en este género de negocios suele andar el modo muy cerca de la sustancia.

Antonio de Solís. Historia de la conquista de México

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