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Pero apenas volvió las espaldas al puerto de Santiago, cuando sus émulos empezaron a levantar la voz contra él, hablando ya en su inobediencia con aquel atrevimiento cobarde que suele facilitar los cargos del ausente. Oyólos Diego Velázquez, y aunque fue con desagrado, reconocieron en su ánimo una seguridad inclinada al recelo, y fácil de llevar hacia la desconfianza; para cuyo fin se ayudaron de un viejo que llamaban Juan Millán, hombre que sin dejar de ser ignorante profesaba la astrología; loco de otro género, y locura de otra especie. Éste, inducido de los demás, le dijo con grandes prevenciones del secreto algunas palabras misteriosas de la incierta seguridad de aquella armada, dándole a entender que hablaban en su lengua las estrellas; y aunque Diego Velázquez tenía entendimiento para conocer la vanidad de estos pronósticos, pudo tanto el hablarle a propósito de lo que temía, que el despreciar al astrólogo fue principio de creer a los demás.

De tan débiles principios como éstos nació la primera resolución que tomó Diego Velázquez de romper con Hernán Cortés, quitándole el gobierno de la armada. Despachó luego dos correos a la villa de la Trinidad, con cartas para todos sus confidentes, y una orden expresa para que Francisco Verdugo, su cuñado, que entonces era su alcalde mayor en aquella villa, le desposeyese judicialmente de la capitanía general; suponiendo que ya estaba revocado el título con que la servía, y nombraba persona en su lugar. Llegó brevemente a noticia de Cortés este contratiempo, y sin rendir el ánimo a la dificultad del remedio, se dejó ver de sus amigos y soldados para saber cómo tomaban el agravio de su capitán, y conocer si podía fiarse de su razón en el juicio que hacían de ella los demás. Hallólos a todos no sólo de su parte, sino resueltos a defenderle de semejante injuria, sin negarse al último empeño de las armas. Y aunque Diego de Ordaz y Juan Velázquez de León estuvieron algo remisos, como más dependientes del gobernador, se redujeron fácilmente a lo que no pudieran resistir; con cuya seguridad pasó después a verse con el alcalde mayor, sabiendo ya lo que llevaba en su queja. Ponderóle cuánto aventuraba en ponerse de parte de aquella sin razón, disgustando a tanta gente principal como le seguía, y cuánto se podía temer la irritación de los soldados, cuya voluntad había granjeado para servir mejor con ellos a Diego Velázquez, y le embarazaba ya para poder obedecerle; hablando en uno y otro con un género de resolución que sin dejar de ser modestia, estaba lejos de parecer humildad o falta de espíritu. Conoció Francisco Verdugo la razón que le asistía, y poco inclinado por su misma generosidad a ser instrumento de semejante violencia, le ofreció no solamente suspender la orden, sino replicar a ella y escribir a Diego Velázquez para que desistiese de aquella resolución, ya que no era practicable por el disgusto de los soldados, ni se podría ejecutar sin graves inconvenientes. Ofrecieron lo mismo Diego de Ordaz, y los demás que tenían con él alguna autoridad, cuyo medio se ejecutó luego, y Hernán Cortés le escribió también, doliéndose amigablemente de su desconfianza, sin ponderar su desaire ni olvidar el rendimiento, como quien se hallaba obligado a quejarse, y deseaba no tener razón de parecer quejoso, ni ponerse en términos de agraviado.

 

 

 

Capítulo XII

 

Pasa Hernán Cortés desde la Trinidad a La Habana, donde consigue el último refuerzo de la armada, y padece segunda persecución de Diego Velázquez

 

Hecha esta diligencia, que pareció entonces bastante para sosegar el ánimo de Diego Velázquez, trató Hernán Cortés de proseguir su navegación, y enviando por tierra a Pedro de Alvarado con parte de los soldados, para que cuidase de conducir los caballos y hacer alguna gente en las estancias del camino, partió con la armada al puerto de La Habana, último paraje de aquella isla, por donde empieza lo más occidental de ella a dejarse ver del Septentrión. Salieron los navíos de la Trinidad con viento favorable, pero sobreviniendo la noche se desviaron de la capitana donde iba Cortés, sin observar cómo debían su derrota, ni echarle menos, hasta que la luz del día les puso a la vista el error de sus pilotos; y empeñados ya en proseguirle continuaron su viaje, y llegaron al puerto donde saltó la gente a tierra. Hospedóla con agasajo y liberalidad Pedro de Barba, que a la sazón era gobernador de La Habana por Diego Velázquez; y andaban todos pesarosos de no haber esperado a su capitán o vuelto en su demanda, sin pasar entonces con el discurso a más que provenir sus disculpas para cuando llegase.

Pero viendo que tardaba más de lo que parecía posible, sin haberle sucedido algún fracaso, empezaron a inquietarse divididos en varias opiniones: porque unos clamaban que volviesen dos o tres bajeles a buscarle por las islas de aquella vecindad; otros proponían que se nombrase gobernador en su ausencia, y algunos tenían por intempestiva o sospechosa esta proposición; y como no había quien mandase, resolvían todos, y ninguno ejecutaba. El que más insistía en la opinión de que se nombrase gobernador era Diego de Ordaz, que como primero en la confianza de Diego Velázquez, quería preferir a todos, y hallarse con el ínterin para estar más cerca de la propiedad, pero después de siete días que duraron estas diferencias, llegó a salvamento Hernán Cortés con su capitana.

Fue la causa de su detención, que aquella noche navegando la armada sobre unos bajos, que están entre el puerto de la Trinidad y el cabo de San Antón, poco distantes de la isla de Pinos, tocó en ellos la capitana, como navío de mayor porte, y quedó encallada en la arena, de suerte que estuvo a pique de zozobrar: accidente de gran cuidado, en que se empezó a descubrir y acreditar el espíritu y la actividad de Cortés; porque animando a todos a vista del peligro, supo templar la diligencia con el sosiego, y obrar lo que convenía sin detenerse ni apresurarse. Su primer cuidado fue que se echase el esquife a la mar, y luego ordenó que en él se fuese transportando la carga del navío a una isleta o arrecife de arena que estaba a la vista, por cuyo medio le aligeró hasta que pudo nadar sobre los bajíos, y sacándole después al agua, volvió a cobrar la carga, y prosiguió su derrota; habiendo gastado en esta obra los días de su detención, y salido de aquel aprieto con tanto crédito como felicidad.

Alojóle Pedro de Barba en su misma casa, y fue notable la aclamación con que le recibió la gente, cuyo número empezó luego a crecer, alistándose por sus soldados algunos vecinos de La Habana, y entre ellos Francisco de Montejo, que fue después adelantado de Yucatán, Diego de Soto el de Toro, Garci Caro, Juan Sedeño, y otras personas de calidad y acomodadas que autorizaron la empresa, y ayudaron con sus haciendas al último apresto de la armada. Gastáronse en estas prevenciones algunos días; pero no sabía Cortés perder el tiempo que se detenía: y así ordenó que se sacase a tierra la artillería, que se limpiasen y probasen las piezas, observando los artilleros el alcance de las balas, y por haber en aquella tierra copia de algodón, mandó hacer cantidad de armas defensivas de unos colchados en forma de casacas, que llamaban escaupiles; invención de la necesidad, que aprobó después la experiencia, dando a conocer que un poco de algodón flojamente punteado y sujeto entre dos lienzos, era mejor defensa que el acero para resistir a las flechas y dardos arrojadizos de que usaban los indios, porque perdían la fuerza entre la misma flojedad del reparo y quedaban sin actividad para ofender a otro con la resulta del golpe.

Al mismo tiempo hacía que los soldados se habilitasen en el uso de los arcabuces y las ballestas, y se enseñasen a manejar la pica, a formar y desfilar un escuadrón, a dar una carga y a ocupar un puesto, adiestrándolos él mismo con la voz y con el ejemplo en estos ensayos o rudimentos del arte militar, como lo observaban los antiguos capitanes, que fingían las batallas y los asaltos para enseñar a los bisoños la verdad de la guerra; cuya disciplina, practicada cuidadosamente en el tiempo de la paz, tuvo tanta estimación entre los romanos, que de este ejercicio tomaron el nombre los ejércitos.

Antonio de Solís. Historia de la conquista de México

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