Алонсо де Гонгора Мармолехо. История Чили со времен открытия и до 1575 года. Alonso de Góngora Marmolejo. Historia de Chile desde su descubrimiento hasta el año 1575


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Casi en este tiempo y días su majestad había desde España enviado a mandar por una provisión, que ninguno de los oidores se ocupasen en negocios de guerra, sino que asistiesen en su Audiencia; no embargante aquel día fué nescesario todos tomasen las armas para pelear y defenderse. El licenciado Torres de Vera, como oyó tocar arma por la parte de San Francisco, y que la mayor parte de los soldados eran idos hacia Talcaguano, a donde primero se había dado el arma, entendiendo lo que podía ser, salió a caballo y se vino a la casa de Saravia, diciendo: «Este día nos obliga a esceder las leyes por la salud y defendernos; pues los indios entran por el pueblo, ¿qué es lo que manda vuestra señoría que se haga?» Saravia, turbado, viendo el caso presente, le dijo que hiciese lo que le paresciese que convenía para defender la ciudad, y ansí se fué con mucha presteza hacia San Francisco por alcanzar los indios en lo llano, antes que tomasen lo alto de la sierra con la presa que llevaban, seguiéndole Martín Ruiz de Gamboa, Gonzalo Mejía, Diego de Aranda, Campofrío, Felipe López de Salazar. Martín Ruiz salió aquel día a pelear sólo por su reputación, a causa que estaba tullido de un brazo; y ansí como estaba, quiso hallarse en semejante acto de guerra, porque los demás viéndole se animasen a hacer lo mismo. Halláronse con él Hernando de Alvarado, Francisco Gutiérrez de Valdivia, Gonzalo Martín, Juan de Córdova el capitán Juan de Torres Navarrete y Antonio de Lastur iban delante escaramuzando y deteniendo los indios. Baltasar de Castro, viendo al licenciado Torres de Vera, que iba sin darga, con buen término de soldado ejercitado en la guerra, conosciendo que iba perdido conforme a su ánimo, le dijo: «Señor general, V. m. resciba este darga, pues va sin ella, que la ha menester este día más que otro ninguno»; y así la rescebió graciosamente, agradeciéndoselo mucho, porque la suya habíala llevado Alonso de Vera, su deudo, que era ido con los demás soldados que fueron a la primera voz que se dió acudiendo a aquella parte donde se entendía que los indios venían. Los que iban delante acometían a los indios por muchas partes deteniéndolos, aunque no osaban meterse entre ellos hasta que llegasen más número de gente. Andando ansí llegó el licenciado Torres de Vera, y con los que consigo llevaba quiso probar a rompellos; aunque iban cerrados se arrojó al escuadrón que llevaban entre dos quebradas por una loma rasa, caminando de suerte que pasando por ellos se halló de la otra parte solo con muchas heridas, que no le siguió ninguno de los que iban con él. Puesto de la otra parte, y que no había otro camino para volverse sino por el mesmo que había llevado, después de haber hecho a los indios muchos acometimientos y que los demás soldados no rompían, viéndose perdido, quiso antes morir como hombre noble que dar nota alguna de sí, y para más animar a los que peleaban, volvió a romper por un lado del escuadrón junto a una quebrada, yendo los indios estrechando el poco llano que había; de suerte que después de haber peleado buen rato, alanceado el caballo, con el ánimo que tenía y buena determinación, lo sacó de la otra parte con muchas heridas. Rompiendo los demás juntamente con él, importunados de su propia vergüenza, viéndole delante, pelearon tan bien que desbarataron los indios y les quitaron toda la presa que llevaban, aunque murieron pocos por la disposición de la tierra ser a su propósito. Salió de aquel reencuentro herido Gonzalo Martín de una lanzada que le pasó la cota y le entró la lanza por el cuerpo, de condición la herida que desde a poco murió; los demás salieron bien heridos. El licenciado Torres de Vera le sacó su caballo hasta la ciudad; llegado a ella murió; que él y la darga que le dió Baltasar de Castro le dieron la vida muchas veces. Los demás capitanes y soldados que allí iban pelearon bien y con mucha reputación, tan atentadamente que conservando su honor, dieron buena nota de sus personas. No por el suceso dicho que los indios perdieron, dejaron de apartarse de su pertinancia y remisión, antes perseveraban en su opinión y de ordinario venían a hacer el mal que podían en aquella ciudad, haciendo cuenta consigo, que si de allí echasen a los españoles quedarían con sosiego en sus tierras, como otras veces habían estado en tiempo de Villagra, hasta que [fué] venido don García de Mendoza, de quien hemos dicho. Pues fué un día para ellos señalado en su junta, que se determinaron ponerse una noche emboscados cerca de la ciudad, y al medio día que estarían descuidados entrarían por ella repentinamente, sin darles lugar a que tomasen armas ni caballos, porque estando cerca, siendo con brevedad asaltados, les tenían ventaja; y quiso su suerte que estando juntos para el efeto dicho, acertaron aquella mañana a ir por fagina Diego de Bustamante y Juan Molines y tucero, todos tres descuidados de la emboscada que delante tenían, y ansí pasaron por ella. Estando de la otra banda parescieron parte de los indios delante, y como no había otro camino alguno por donde volver, sino el mesmo que habían llevado, volviendo atrás salieron los que guardaban la vuelta y pusiéronseles delante. Los soldados con buen ánimo se arrojaron por ellos; los indios los recibieron con tantas lanzadas que sacaron de los caballos a Bustamante y a Juan Molines. Lucero pudo pasar por un lado y llevar la nueva a la Concepción. Tocando arma, salió a la voz della los capitanes Alonso Picado, Diego de Aranda, Pedro Pantoja, Alonso de Alvarado, Juan de Torres Navarrete, Antonio de Lastur; siguiéronles los soldados Alonso de Vera, Juan de Córdova, Hernán Pérez Morales y otros muchos hasta número de treinta, que llegaron donde los indios estaban, que como hicieron aquella suerte, se vinieron caminando hacia la ciudad, que aunque los españoles llegaron a ellos y comenzaron a escaramuzar matando algunos, no por eso dejaron de ir siempre ganando hacia el pueblo hasta que la demás gente llegó, la cual habían enviado a pedir al dotor Saravia, que estaba en la plaza de la ciudad con todo el pueblo; y la primera vez les respondió con Juan de Ocampo San Miguel que se retirasen. Con este recaudo rescibieron desgusto y respondieron les enviase su señoría gente, que no se querían retirar, sino pelear, y ansí les envió socorro. Llegado allá, siendo en número por todos treinta arcabuceros y treinta hombres de lanza y darga, los cercaron al derredor por ser tierra llana, aunque de algunas quebradas pequeñas, apretándoles con arremetidas que hacían y jugando los arcabuces de ordinario, los vinieron a poner espaldas con espaldas, y ansí peleaban; y alguna vez cuando vían poder hacer algún efeto rompían por aquella parte con grande ánimo, despreciando las vidas, teniéndolas en poco. Se apartó un indio de su escuadrón con una macana grande en sus manos, vino sobre Alonso de Vera por le herir encima de la cabeza; habiendo hecho su golpe, desatinado Alonso de Vera, el indio se abrazó con él por sacallo de la silla. Andando ansí asidos llegó Juan de Córdova y le dió una lanzada por las espaldas: el indio, viéndose herido, volvió sobre el que le hirió, dejando el competidor que tenía, y le asió a Juan de Córdova de la lanza, y de tal manera tiró que se la sacó de las manos, y con ella le dió una lanzada al caballo del mesmo Córdova, que cayó luego muerto en una ladera. El capitán Diego de Aranda, que lo vido, vino por socorrerle; el indio, herido como estaba, lo esperó y dió una lanzada al caballo, que ansí mesmo lo derribó muerto; hechas estas dos suertes, con su lanza en las manos se retiró al escuadrón. Pues teniéndolos tan juntos y apretados, como se ha dicho, derribando muchos con los arcabuces, como tiraban a montón, viéndose morir, determinaron antes que se perdiesen del todo, romper por los españoles que delante tenían hacia una barranca. Con esta orden pasaron, quedando muchos de ellos muertos, y muchos que fueron heridos. Halláronse después deste recuentro hasta cien indios muertos en la parte que se había peleado, porque aquella noche habían llevado muchos otros. Dejaron grande cantidad de armas de toda suerte en la barranca de donde se habían despeñado. Desde aquel día, indio de guerra en escuadrón formado nunca más vino sobre la Concepción, si no eran algunos ladroncillos, que éstos de ordinario a hurtar algún caballo venían, o a matar algún yanacona, que es indio de servicio que tienen los españoles.

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