Luego prendió al Juan Fernández, que ansí se llamaba; púsolo a quistión de tormento. Viéndose en tanta nescesidad, por salvar la vida, dijo que otros muchos hombres principales estaban con la misma voluntad, y que por orden suya había ido [a] Angol a saber la voluntad que tenían los soldados que allí estaban. Averiguado y sacado en limpio, se halló no ser ansí, mas de como hombre que se veía perdido procuraba por aquella vía su remedio, creyendo escapar por allí a vueltas dellos, pues no hallando otro alguno culpable sino a él solo que lo tramaba, después de bien informado, lo mandó ahorcar. Hecho este castigo, llegó nueva de la ciudad de Osorno que los vecinos de aquella ciudad, desgustosos con Antonio de Lastur, corregidor que los tenía en justicia, puesto por Saravia, decían algunos que sobre cobrar el salario que tenía de corregidor en descuento de deudas que a su majestad debían; otros decían que por malos tratamientos, que lo uno y lo otro no fué ansí, mas de por pequeñas causas, como hombres soberbios vinieron en rompimiento, de manera que sacando el estandarte que tiene la ciudad para su defensa contra deservidores del rey, apellidando su nombre, le quisieron prender y enviarlo a la Audiencia, diciendo no podían sufrir su aspereza. El corregidor, apellidando el nombre del rey ansí mismo, con algunos que le acudieron, que estuvieron los unos y los otros para darse batalla, y por respeto de algunos religiosos de buena vida se recogieron a sus casas para no tratar en caso de tomar las armas, hasta que Saravia proveyese o los señores de la Real Audiencia. Cuando esto acaesció en la ciudad de Osorno, estaba en la de Valdivia el licenciado Torres de Vera con la comisión que tenía, y por evitar más daño fué a la ciudad de Osorno y procedió contra todos los culpables, castigándolos en dineros. Dejó aquella ciudad quieta para de allí adelante no intentar semejantes alborotos, y llevó consigo presos algunos que más metieron la mano en el escándalo que hubo; con esto quedaron aquellos pueblos sosegados para lo de adelante y presente.
Vuelto a la Concepción y estando en ella, llegó desde a poco nueva de la ciudad de Angol que el general Lorenzo Bernal, con deseo de asentar la comarca de aquel pueblo, tuvo nueva que unos indios comarcanos a él seis leguas de camino estaban juntos bebiendo y holgándose. Mandó al capitán Zárate que con cincuenta soldados les fuese a hacer la guerra, que era informado estaban a su usanza holgándose en regocijo, y que haría en ellos una buena suerte, y que él no iba aquella jornada, que tenía por nueva de indios que en saliendo de la ciudad habían de venir sobre ella, y por este respeto dejaba de ir allá. Llevó consigo los soldados siguientes: coronel Durán, Miguel de Silva, Hernán Pacheco, Gabriel de Gaona, Pedro Plaza, Francisco Hernández Pineda, Hernando Díaz Carvajal, Juan González Orellana, don Beltrán Vergara, Juan de Leiva, Pedro Miguel Castillo, Pedro Méndez, Francisco Sánchez, Villasinda, Barrientos, Fuentes, Correa, Diego Díaz Arboleda y otros hasta cumplimiento de cincuenta. Zárate caminó hasta llegar cerca donde los indios estaban, los cuales se mudaron del puesto que tenían; ansí como venía caminando le dejaron llegar sin salir dél hasta que vieron por las centinelas que tenían ser menos gente, porque a manera de a casa hecha iban sin orden con grande determinación para meter en colleras mujeres y muchachos; que si en alguna parte se pudo decir «cudicia mala rompe el saco», fué aquí, por que los indios les habían cerrado el paso a las espaldas do ellos estaban, y hicieron demostración de les defender el paso del río, entre tanto que los demás les tomaban el alto; y fué así que los desbarataron y mataron catorce hombres buenos soldados. El capitán Zárate, aunque en parte mal cómoda para caballos, arremetió en favor de los que peleaban a pie: su caballo atolló con él en una ciénaga de condición que no podía salir; viéndolo con esta necesidad un indio de los de guerra, saltó con gran ligereza en las ancas de su caballo, y le sacó la daga de la cinta, y con ella le andaba buscando por dónde cortarle la cabeza por detrás, a causa que el gorjal de la cota le cubría el pescuezo. En aquella nescesidad fué socorrido de un soldado llamado Pedro Plaza, que mató [a] el indio que con él estaba a las manos y lo sacó de entre ellos. Los demás soldados estaban tan temorizados, que no pudo con ellos dalles orden, aunque algunos de buen ánimo, como fué Francisco Jufre y otros de su condición, se pusieron a la defensa y defendieron no fuesen muertos más de los que al primer ímpetu murieron. Ansí rotos y perdidos por muchos caminos, se volvieron a Engol. Los indios con esta victoria despacharon por la provincia mensajeros, persuadiendo a los demás tomasen las armas para venir sobre la ciudad, y como es gente tan amiga de cosas nuevas, y que pequeñas ocasiones les levantan los ánimos a lo que quieren hacer dellos sus mayores, se comenzaron a juntar cerca de la ciudad para el efeto dicho. El capitán Lorenzo Bernal mandó a Juan Morán, vecino de aquella ciudad, soldado antiguo y valiente, que con veinte soldados corriese el campo y anduviese los repartimientos de paz, animando a los amigos y castigando a los enemigos como a él le paresciese, porque no entendiesen estaban derribados los ánimos por el caso acaescido al capitán Zárate. Juan Morán, como hombre que entendía la guerra, juntó ciento y cincuenta indios amigos de los cristianos, teniendo aviso que cerca de allí estaba una junta que eran de los que se habían hallado en el desbarato pasado; su gente bien en orden caminó todo lo que pudo por hacer en ellos alguna suerte, y sucedióle conforme a su desino, porque llegó al amanecer con una neblina grande donde estaban juntos, y dió en ellos de tropel. Los indios toman las armas y se apellidan; los cristianos, antes que se juntasen, los rompieron muchas veces, y los indios amigos, con armas iguales como los de guerra, con el favor que llevaban, mataron muchos y les tomaron caballos, cotas, arcabuces, lanzas, armas de todas suertes usadas entre ellos. Con este desbarato se deshizo la junta que hacían para ir sobre la ciudad.
En estos mismos días el general Lorenzo Bernal envió a la Concepción a pedir gente a Saravia, que esperaba vendrían sobre la ciudad. No se la envió, porque tuvo nueva querían ansí mismo venir sobre la Concepción, y estaban juntos y pagados para el mismo efeto. Súpose por un indio que vino a la ciudad a llamar a su madre y sacarla de allí, porque los indios de guerra no la matasen aquella noche que habían de venir sobre el pueblo. A este indio se le dió tormento, y confesó estar cerca de allí ciertos indios emboscados para dar aviso a los demás. Fueron a donde decía, y hallaron unos principales, que traídos a la ciudad dijeron ser verdad; con su declaración los ahorcaron. Luego mandó el gobernador Saravia se recogiesen los del pueblo junto al fuerte. Entendido por los de guerra el aviso que tenían, mudaron de parecer, viendo que todos sus desinos les eran descubiertos.
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