En este tiempo, Valdivia, viendo que en los términos de Santiago no tenía indios para cumplir con todos los que consigo tenía, por que había tomado para sí la mejor y mayor parte de los valles, quiso dalles contento sabiendo que muchos estaban sin él, y para el efeto apercibió ochenta hombres, diciéndoles era informado que la tierra de adelante era mejor que la de Santiago, más poblada y rica, y que dello estaba cierto: que tenía voluntad para que entendiesen ser ansí dalle una vista y verían que había gente en la provincia para dar indios a muchos más cristianos de los que al presente tenía. Todos alegres, con deseo de verlo, salieron con él. Pasado el río de Maule, que está treinta leguas de Santiago, yendo la tierra adentro, informándose de los caciques cómo se llamaban y las tierras que tenían, llegó al río de Itata, que estaba bien poblado: corre este río por tierra llana fructífera. Muy contentos todos, viendo la buena dispusición que iba descubriendo la tierra, y por la información que tomaban y lo que vían y entendían era mejor lo de adelante, iban descubriendo en lo que hasta allí habían visto y así llegaron al asiento donde agora está poblada la ciudad de la Concepción. Viendo el sitio que para poblar allí tenía, con un buen puerto para navíos, pasó adelante a ver el río de Biobio, que es mayor que ninguno otro del reino, y parece mucho mayor por extenderse en tierra llana a la entrada de la mar, bien poblado de gente. Habiendo tomado plática de todo lo de adelante, antes que los indios se acabasen de juntar para pelear con él, y siendo informado le tomaban los pasos, acordó retirarse con tanta presteza, que dando muestra de hacer dormida, dejando fuegos encendidos, se retiró de noche hasta salir a lo llano, y de allí se volvió a Santiago. Después de haber reposado algunos días repartió de los caciques indios que traía por memoria, y dió algunos de los que fueron con él.
Todos en general, como vieron la grosedad de la tierra, daban a entender [que] la falta que tenía Valdivia era de gente para poblar lo de adelante. Ocupado en mandar conquistar y asentar los términos de Santiago, puesto en quietud lo más y mejor de la comarca, como era astuto, pensó una cautela para hacer lo que tanto había que tenía en su pecho determinado, y fué que en público y en secreto trataba de enviar al Pirú por gente a Francisco de Villagra y a Jerónimo de Alderete, hombres principales que después ambos fueron gobernadores, diciendo que les daría dineros que llevasen y poder para que les obligasen, dando esta orden que a todos parecía bien, rogando a algunos de los que al Pirú querían ir allá, les ayudasen y acreditasen en lo que pudiesen. Muchos con licencia que tenían y Valdivia les había dado para ir al Pirú, juntamente con algunos mercaderes que estaban de partida, como hombre que pensaba hacer lo que hizo, amigablemente daba licencia a todos los que la querían, diciendo que con la voz del oro que llevaban vernía mucha más gente del Pirú de cada día. Estando el navío en el puerto, que está diez y seis leguas de la ciudad, comenzaron a irse algunos y entre ellos otros soldados que habían adquirido algún oro en las minas, cada uno con su servicio; y de algunas cabras que habían traído, que valían cada una cien pesos y más, y otros ganados, desvelándose los pobres en juntar algún dinero para irse a sus tierras.
Estando todos en la mar con sus amigos para embarcarse llegó Pedro de Valdivia, sin haber comunicado cosa alguna de su desinio con nadie, mas de con pura sagacidad y astucia para hacer lo que hizo después de haber llegado, diciendo que venía a despachallos y escrebir al rey y a otras personas favoresciesen las cosas de Chile. Comiendo y holgándose todos los pasajeros, esperando el irse a embarcar, los descuidó en buena conversación y mandó a los marineros de secreto le trajesen el batel y le diesen aviso Ellos lo hicieron así; porque en aquel tiempo Valdivia era temido de todos en general por su mucho rigor, no osaron hacer menos de como les fué mandado, sabiendo ahorcaba a los hombres fácilmente, y que más a manera de tirano eran sus cosas de lo que decirse podría. Valdivia, como tenía tanta isperiencia del mundo, parecíale que mientras no tuviese mejor título del que tenía para que no se le atreviesen, era necessario hacello así: de manera que dándole aviso estaba el barco en la playa, salió disimuladamente hacia la mar y se metió en él y mandó le llevasen al navío donde todos los que estaban en tierra tenían su oro, número de noventa mill pesos. Luego mandó el barco a tierra y que se embarcasen Jerónimo de Alderete y los capitanes Juan Jufre, Diego García de Cáceres, Diego Oro, Juan de Cárdenas, don Antonio Beltrán, Alvar Martínez, Vicencio de Monte. Llegados al navío mandó levantar las áncoras y dar la vela navegando hacia el Pirú.
Los que quedaban en tierra y vían que les llevaba su oro, bien sentiréis lo que podían decir: eran tantos los vituperios y maldiciones, que ponían temor a los oyentes. Habiéndoles dejado orden que respetasen y tuviesen a Francisco de Villagra por su teniente, consolándolos que él volvería breve con gente para ampliar el reino y que de sus haciendas pagasen el oro que llevaba, a cada uno conforme a lo que pareciese por el registro. Los pobres que quedaron en el puerto animándose unos con otros, se volvieron a Santiago visto que otra cosa no podían hacer. Un trompeta que allí estaba llamado Alonso de Torres, que después fué vecino en la Serena, viendo el navío ir a la vela, comenzó a tocar su trompeta diciendo: «Cata el lobo do va Juanica, cata el lobo do va…», de que los presentes, aunque tristes y quejosos no pudieron dejar de reír, y en el instante dió con la trompeta en una piedra donde la hizo pedazos; y así llegaron a Santiago, entre ellos un soldado llamado de nombre Francisco Pinel a quien Valdivia había llevado tres mill pesos en el navío a vueltas de lo demás: anduvo más tiempo de un año imaginativo y pensoso por su dinero, hasta que Valdivia volvió al gobierno de Chile; habiéndole pedido le pagase, como no se lo dió entreteniéndolo con palabras, hasta que un día lo despidió mal de sí, el pobre de poco ánimo, desesperado, se ahorcó.
Capítulo VII
De las cosas que acaecieron en Chile después que Valdivia salió del reino
Volviendo al capitán Joan Bohón, que había ido a poblar la ciudad de la Serena, después de haber traído de paz los repartimientos que junto al pueblo estaban. Salido Valdivia del reino con la buena suerte que había hecho, quiso el capitán Joan Bohón ir a sentar el valle de Copiapó, por tener seguro y abierto aquel camino para los que del reino del Pirú viniesen a Chile; porque aquellos indios como gente tan belicosa hacían suerte en algunos que por allí pasaban. Llegado a aqueste valle le salieron a servir de paz cautelosamente, y una mañana, como capitán bisoño y mal plático de guerra, imprudente de lo que convenía a su seguridad, no teniendo guardia que le segurase el campo, los indios dieron en él y antes que se pudiesen juntar para pelear y defenderse, con grandísima braveza los mataron todos, no escapando ninguno dellos, que eran treinta y dos soldados: sólo a Johan Bohón prendieron y atadas las manos con una cruz que él solía traer en un bastón, diciendo que con aquélla en la mano trairía de paz todo el reino de Chile, le trajeron por todo el valle triunfando dél y de su miseria, al qual dieron muerte tan cruel, que usando de muchas maneras de crueldades a lo último le ahorcaron. Algunos quisieron decir habiéndolo visto ahorcado, y por plática entre los indios, que tenía cruces señaladas en las espaldas y en los pechos; pudo ser, como era buen cristiano, fuese Dios servido que la cruz que él traía en la mano, siendo como debía de ser su intención buena, se mostrase en su cuerpo para felicidad de su ánima. Sabido en la ciudad de la Serena, los que en ella habían quedado miraron por sí viviendo recatados con los naturales y dieron aviso a la ciudad de Santiago. Respondióles Francisco de Villagra mirasen por su pueblo, que al presente no tenía gente que podelles enviar o que hiciesen lo que les paresciere: no se quisieron ir a Santiago con la pretensión que tenían de ser vecinos en aquella ciudad, paresciéndoles podrían sustentarse por haber pocos indios en aquella comarca.
Capítulo VIII
De las cosas que hizo Villagra después que quedó por capitán de Valdivia, y de la muerte de Pedro Sancho
Tags: carta, Chile, cita, cuento, Espana, historia, inca, Italia, nota, pieza, verso


















Post a Comment