Алонсо де Гонгора Мармолехо. История Чили со времен открытия и до 1575 года. Alonso de Góngora Marmolejo. Historia de Chile desde su descubrimiento hasta el año 1575


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Los indios fueron avisados por sus espías, y con la orden que les dió Millalelmo, que aquella noche llegó con su gente de guerra, se estuvieron quedos esperando que llegasen los cristianos. De los indios de Arauco y de su comarca con muchos repartimientos otros que estaban de paz, se juntaron con los de guerra para satisfacer la enemiga que con cristianos tenían. Llanganabal, cacique principal en Arauco con Millalelmo y otros capitanes, mandaron a los indios recogiesen gran cantidad de piedras e hiciesen dellas montones por la frente del fuerte y que dejasen llegar los cristianos a él para poder mejor aprovecharse dellas. El fuerte que tenían era un alto cerro, delante dél hacía un poco llano; por los demás lados al derredor tenían laderas que el f uerte las señoreaba y una quebrada grande y por junto al llano tenía una puerta, por ella entraban los indios y salían. Don Miguel llevaba la vanguardia, y Martín Ruiz la retaguardia. Llegado con el avanguardia a los indios mandó apear los arcabuceros y los demás soldados que le paresció ser hombres sueltos para andar desenvueltamente; por aquella ladera los repartió en cuadrillas y les señaló caudillos a quien acudiesen. Quedó él a caballo con veinte y cuatro soldados, y mandó que los indios amigos de Santiago los llevase a cargo Francisco Jufre, hijo del general Juan Jufre, soldado arcabucero que entendía la lengua, y que con ellos pelease con los que del fuerte habían salido. Estos comenzaron a ir hacia los indios de guerra jugando de sus flechas con tan buena determinación a causa de llevar las espaldas seguras: yendo los cristianos cerca dellos, los llevaron retirando hasta metellos dentro del fuerte. Los soldados que iban a pie llegaron hasta la trinchea que los indios tenían por delante, disparando sus arcabuces. Los enemigos les tiraban gran cantidad de piedras, gruesas como membrillos, y como los tomaban de arriba hacia abajo, e los indios que las tiraban eran escogidos de mucha fuerza, iban con tanta braveza que a los que acertaban, si era en pierna se la quebraban, o brazo, y si en la cabeza, lo desatinaban; finalmente, a una rociada desbarataron los arcabuceros y derribaron muchos. Luego salieron por la puerta del fuerte muchos indios y anduvieron peleando con los cristianos y amigos, aunque no se apartaban de su albarrada. Cermeño, soldado de buena determinación, quiso asaltar la trinchea; poniéndolo en efeto, encima della lo mataron a langadas. Don Miguel envió un capitán con veinte hombres por las espaldas para que por allí acometiese a los indios; éstos subieron en lo alto sin que les sucediese mal: no hicieron efeto alguno, porque a un tiempo ellos llegaban y el trompeta tocaba a retirar. Los indios mataron dos soldados de los que derribaron a pedradas, sin que los pudiesen socorrer, y como reconoscieron que habían herido muchos, y que los caballos no les podían hacer ningún daño a causa que el sitio no era para ellos a propósito, salieron con la orden que sus capitanes en aquella hora les dieron. Todos juntos cerrados con grandísimo ímpetu, les mandaron rompiesen con los cristianos lanza a lanza, pues les tenían ventaja grande que los tomaban de arriba hacia abajo, entendiesen que con sólo el encuentro que les darían, aunque no se aprovechasen de las armas, los llevarían por delante desbaratados, y que los indios amigos que los cristianos tenían no hiciesen cuenta, que más tino tendrían a salvar sus vidas que no a pelear. Con esta orden salieron del fuerte, y de la manera que sus capitanes lo dijeron ansí les sucedió, porque como tenían hollado aquel sitio y la tierra de Catiray es tierra fofa, levantaron tan grande polvo con la arremetida que hicieron, que sin verse los unos a los otros, los llevaron por la cuesta abajo desbaratados. Juan Álvarez de Luna, que llevaba a cargo los veinte hombres que se dijo iba a acometer por las espaldas, viniéndose retirando, dijo a Francisco Benítez, soldado a caballo: «Señor Benítez, v. m. me haga espaldas hasta juntarme con los demás, que me siguen estos indios»; el cual le respondió no era este tiempo de llamar a nadie por su nombre, mas yo lo haré así aunque me pierda; y ansí lo hizo, que sin perderse le favoresció hasta que se puso en seguro. Los cristianos andaban entre los indios y no se vían ni entendían hacia dónde habían de ir; los indios pasaron adelante dejando muchos atrás de los que a pie venían, entrellos Martín Ruiz y don Miguel con la gente que tenían de a caballo. Levantado el polvo, acudieron a socorrer los que venían a pie; favorescieron a muchos que andaban peleando con los indios, mas como eran muchos y los cristianos pocos y los tenían desbaratados, heríanlos a gran ventaja suya. Algunos se metieron en el monte creyendo escapar por allí; otros tomaron a las ancas y algunos las colas de los caballos; los indios les iban siguiendo alanceando a los que alcanzaban, y como el camino era de montaña y había algunos pasos estrechos que los cerraban cañas gruesas, impidíanse los unos a los otros; allí los alcanzaban y daban de lanzadas, quitándoles las lanzas y sacándoles las espadas de la cinta para derriballos de los caballos; los fueron siguiendo hasta que salieron de aquellos pasos, donde los dejaron. Los demás indios se ocuparon en buscar a los que se habían metido en el monte y en hacer pedazos a los que atrás habían quedado. Esta fue la rota que en Catiray los indios dieron al doctor Saravia, hombre amigo de su voluntad y opinión. Murieron de los cristianos cuarenta y dos buenos soldados; hubo muchos heridos, aunque de heridas no peligrosas, y entre los muertos muchos caballeros conoscidos, como Sancho Medrano, natural de Soria; don Alonso de Torres de Cáceres, y don Diego de los Ríos, hijo del capitán Gonzalo de los Ríos; Juan de Pineda, de Sevilla; Alonso Aguirre, de Córdoba, y otros muchos que dejo: todos mancebos de mucha esperanza en virtud y valor, aunque al presente de todo alcanzaban mucha parte. De los amigos no murió ninguno, que como era cuesta abajo llevaban siempre la vanguardia sin que les hiciese daño: defendíanse con sus flechas. El general don Miguel recogió su gente en un arroyo, e hasta que todos llegaron estuvo en él, y de allí se vino al campo desbaratado. A dos horas de noche comenzaron a llegar soldados que venían heridos, éstos dieron nueva de su perdición. El gobernador Saravia la recibió con buen ánimo, y consolaba algunos dellos que venían desbaratados; don Miguel no le fué a ver a su tienda. El gobernador le envió a llamar, entonces vino y entró diciendo: «Mis pecados han sido la causa de mi perdición; pluguiera a Dios que en mí solo se acabara.» Saravia le consoló y mandó que se tuviese cuenta con la vela del campo, porque algunos soldados no de buen ánimo habían cargado sus bagages creyendo irse: los mandó alancear, aunque no tuvo efeto. Con este proveimiento cesó el miedo hasta por la mañana, que mandó retirar su campo a los llanos de Angol.
Muchos daban la culpa de esta pérdida al general don Miguel en haber peleado en parte tan en daño suyo, habiéndolo reconoscido, sino retirarse sin pérdida, pues la verdadera prudencia de un capitán es conoscer el daño que le puede venir para reparallo con tiempo, y con esta prevención triunfa del enemigo, pues tanta espiriencia tenía de la guerra de indios, especialmente en Chile. Don Miguel decía que por su reputación y por satisfacer al gobernador Saravia no pudo hacer menos, casi compelido de muchos caballeros mancebos que consigo llevaba, que éstos, como hombres que no tenían plática de guerra, y estaban en amistad y deudo juntos con el gobernador, por lo que había entendido de atrás, siempre se lo pondrían por cargo.

Capítulo LXVI

De lo que hizo el gobernador Saravia después de la pérdida de Catiray

Otro día por la mañana Saravia mandó retirar el campo a la tierra llana de Angol; dejando a Martín Ruiz de Gamboa de retaguardia, llevó su general al avanguardia, y él se fué en batalla. Llegado al estero de Ranchen que aquella noche hizo dormida en él, y desde a dos horas, a la primera vela los indios de guerra pusieron fuego cerca del campo a una cabaña de yerba seca en una ladera: encendiéndose el fuego se extendió por el campo, comarcano.
Los indios amigos que el gobernador traía consigo y estaban alojados junto al estero, como vieron el fuego, tocaron arma: luego tocó la trompeta, y se puso en arma el campo. Los arcabuceros de a pie con el artillería; los de a caballo acudieron a la tienda del gobernador. Don Miguel los puso en orden de batalla, para pelear si los indios viniesen a ella, cargada la artillería; los amigos todos en escuadrones, esperando lo que sería. El gobernador mandó se fuese a reconoscer: hallaron no haber indios, mas de haber puesto fuego [a] aquel campo: entendiendo esto, cada uno se fué a su tienda, y se doblaron las velas para seguridad.

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