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Алонсо де Гонгора Мармолехо. История Чили со времен открытия и до 1575 года. Alonso de Góngora Marmolejo. Historia de Chile desde su descubrimiento hasta el año 1575


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Teniendo nueva el gobernador Saravia, que cerca de su campo había una junta de indios, no sabiendo para qué efeto, quiso tomar lengua dello, y si se pudiese hacer, dar en ellos una mañana y antes que tuviesen aviso desbaratallos, castigando los que se pudiesen haber. Tratado con don Miguel, se apercibieron cien soldados para a la segunda vela que estuviesen con sus armas en orden. Aquella hora partió don Miguel: caminando todo lo que de la noche quedaba, llegó al amanecer donde los indios estaban en un monte arrimados en una quebrada, que siempre toman por reparo para sus necesidades, que es para caballos gran defensa. Don Miguel se detuvo en hacer cuadrillas de la gente que llevaba para pelear si se ofreciese, y con orden de guerra caminando, cuando llegó no los halló allí; o fué que tuvieron aviso de las espías que tenían secretas en el campo, o que cuando se detuvo en hacer las cuadrillas los indios le vieron, o fueron de sus centinelas descubiertos, halló huella de mucha gente y de haber estado allí algunos días. Oyéronse cornetas, que iban tocando hacia la parte donde el fuerte se hacía, vieron algunos con sus lanzas ir por un camino delante dellos la vuelta del fuerte; no los pudo seguir a unos ni a otros, por ser camino de montaña y muy áspera para caballos, que de ninguna manera se podía caminar si no era a fuerza de gastadores. No habiendo hecho ningún efecto, se volvió al campo e informó al gobernador dello; rescebió desgusto en ver lo poco que se hacía para castigar los indios en las personas, que en las haciendas no se les podía hacer mayor daño del que rescebían. Díjole el gobernador por qué no había seguido el alcance. Don Miguel le respondió que la disposición de la tierra no dió lugar a más, que él iba con ánimo de pelear, si hallara con quien. Saravia le replicó a esto y le dijo que peleara con los árboles; apartáronse desgustosos ambos. El gobernador otro día siguiente mandó juntar su acuerdo de guerra y algunos soldados que habían sido capitanes y tenían plática de la tierra de ; con ellos trató era informado los indios hacían un fuerte cerca de allí para pelear con él en aquel lugar que llaman Catiray, donde otras veces habían peleado, teniéndolo por su adoratorio y pronóstico de buena fortuna, entendiendo que allí no les podía faltar; le parescía se debía ver y reconoscer sitio donde se pudiese llevar el campo cerca de donde estaban: que puestos allí se buscarían mañas y ardides cómo desbaratallos y pelear con ellos en aquel asiento donde a su parescer e idolatría tienen cierta la victoria, porque desbaratándolos allí, en una sola batalla se conquistaba lo que estaba de guerra y lo de paz se afirmaba más en amistad, quitándoles su loca imaginación, dándoles a entender que para cristianos no había parte alguna donde pudiesen estar seguros, porque de presente se hallaba con docientos y veinte soldados y dos piezas de artillería, y de los soldados los noventa arcabuceros, con más de seiscientos amigos. Que se debía procurar quitallos de allí con buena orden, lo cual con el ayuda de Dios se haría fácilmente, y que para buen efeto fuesen juntos Martín Ruiz de Gamboa y don Miguel de Velasco con los demás capitanes que en el campo andaban. Pues iba por todos, mirasen por el bien público; y en todo caso les encargaba reconosciesen dónde se podía llevar el campo que estuviese cerca de los enemigos. Todos los de su acuerdo de guerra, viéndole inclinado, se resumieron en que era bien proveído; ansí mandó el gobernador a don Miguel apercibiese la gente que le pareciese bastante, y que si le paresciese, llevase dos piezas de artillería y algunas hachas y azadones para limpiar el camino, pasos estrechos; y para que con más gente se hiciese, escribió al maestro de campo Lorenzo Bernal, que andaba cerca de allí haciendo la guerra con cincuenta caballos, le enviase veinte. Lorenzo Bernal los envió y escribió no mandase hacer aquella jornada, que era informado había mucha gente y no se aventuraba a ganar, y que si todavía era de parescer se hiciese, le diese licencia para irle a servir; el gobernador no le respondió por entonces. Su general don Miguel abominaba aquella jornada y quisiera mucho no hacella, mas no se atrevía [a] declararse con Saravia, porque no le tuviese por hombre que en un negocio importante como era aquél no quería aventurar su persona; y aunque muchos caballeros mancebos que en el campo andaban y eran sus amigos le ponían calor y decían bravezas que habían de hacer, todavía andaba triste y se conoscía dél era jornada aquella contra su voluntad, y que no se hacía por su consejo ni parescer, sino compelido por nescesidad que tenía de sustentar su honra y reputación, diciendo aquellas palabras que dijo Pompeyo en Farsalia, queriendo dar la batalla a César, compelido de algunos caballeros romanos que en su campo andaban, que por ser tan notorias no las trato aquí; y ansí envió de su parte al capitán Alonso Ortiz de Uñiga tratase con el gobernador Saravia no mandase hacer aquella jornada, poniéndole por delante muchas cosas, el cual no sólo no lo quiso hacer, más ni aún oíllo. También desde a poco de la casa del gobernador salió una plática en que decían que los que tenían los cargos hacían la guerra perezosamente y no la querían acabar por estarse en ellos a causa de sus aprovechamientos y de sus amigos; porque sin cargos estarían en sus casas como hombres privados, y con ellos mandaban y eran respetados; y mirando los que esto decían que no hay mayor gloria para el capitán que sigue la milicia que en su tiempo acabar la guerra y que dél quede aquella memoria.
Pues volviendo a don Miguel de Velasco, con ciento y cuarenta soldados salió del campo al cuarto de la luna, con intención de reconoscer el sitio que los indios tenían y ver dónde se podía llegar cerca del fuerte para llevar la resta del campo, y con mejor orden al seguro desbaratar aquellos bárbaros. Mas cuando las cosas están ordenadas por Dios y quiere castigar a los que mandan por sus culpas, ciégales el entendimiento, como acaesció en aquella guerra que tan dañosa fué a todo el reino, porque muchos soldados, hombres prudentes que tenían tino a lo de adelante y andaban en el campo, decían en público era torpeza de capitanes querer pelear con unos indios metidos en un corral cercado de maderos puestos en un cerro, lugar a propósito, donde si les va mal después de haber hecho su posible, tienen a las espaldas la huída y por ella se van retirando, sin que les puedan cercar el sitio que tienen. ¿Qué mejor guerra se les podía hacer ni más cruel que quitalles las simenteras como se las destruían? Y era cierto que entrando el invierno todos perecerían de hambre: pues estaba poblada la ciudad de Cañete y la casa fuerte de Arauco, y al presente todo se hallaba reparado, sin perder un hombre se acabaría de conquistar y castigar lo que estaba de guerra, pues era lo menos de la provincia. Que aquel año con el daño que se les hacía quedaban castigados, y el de adelante se acabaría de asentar todo, haciendo la guerra atentadamente y no con temeridad, pues tenían delante la pérdida de Francisco de Villagra, que por la muerte de su hijo en Mareguano despobló la ciudad de Cañete y estuvo en condición de perder lo demás del reino por una loca osadía, y a él le costó morir de dolor. El indio Levolecan, por nombre de cristiano llamado don Pedro, decía: «¿Qué quieren buscar los cristianos en aquel fuerte que los indios tienen? Pues aunque los desbaraten no pueden tomar ningunos ni castigarlos por respeto de la mala tierra en que están tan a su propósito.» Que él bien sabía que allí no tenían oro ni ropas de precio, sino maderos, piedras, y que déstos no se habían de mantener; que no haciendo cuenta dellos, desampararían el fuerte y vendrían a buscar al gobernador, si con él quisiesen pelear, y que entonces podrían pelear los cristianos, si tanta gana de pelear tenían, porque la guerra que se les hacía era cierto la mejor quitándoles las simenteras: que los indios a ellos comarcanos no les habían de dar de comer de ordinario, si no lo sembraban ellos, y que se les quitaba la oportunidad para todo.» Esta plática andaba por el campo que a todos parescía bien, y decían que hasta aquel indio, con ser enemigo de cristianos y contra su nación, les decía lo que convenía; mas ninguno había en el campo que lo osase tratar con el gobernador Saravia a causa que era tan impaciente en oír lo que no le daba gusto o le era en contrario, que no los quería oír, y ansí le dejaban para que su fortuna hadada hiciese dél lo que tenía determinado; y ansí resumido en que se fuese a hacer el efeto acordado, se pusieron en camino

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