En este tiempo saliendo de la ciudad de la Concepción un sacerdote clérigo de misa que iba a la Nueva Galicia, donde era cura y había venido [a] aquella corte, a negocios que tenía, camino de la ciudad Imperial ocho leguas de ella, en una quebrada fué muerto de unos salteadores que lo estaban aguardando, esperando si pasarían cristianos donde pudiesen hacer asalto; y llegando allí cuatro que iban juntos, al clérigo y [a] un amigo suyo que iban delante, los mataron a vista de los otros dos, que como los vieron alancear volvieron hacia la ciudad de Engol huyendo por no podelles dar socorro, que el uno dellos era fraile y el otro estaba enfermo. Llegados a Engol dieron aviso de lo subcedido, luego salió el capitán que allí estaba a castigar los culpados y tomó algunos dellos. Después que mandó enterrar los muertos, envió los malhechores a la Audiencia para que aquellos señores los castigasen, porque en este tiempo estaban en general tan temerosos todos que ningún capitán quería matar indio alguno, sino con amonestaciones y palabras atraellos a quietud, cosa que por ello se les daba poco, porque vían que los oidores trataban los indios, como no los conocían, amorosamente, y decían que el mal tratamiento les hacía querer antes morir en la guerra que servir a los cristianos; lo qual no procedía sino de ser ellos belicosos, como después lo vieron por esperiencia. Estos indios que fueron en la muerte del clérigo no los castigaron, antes los enviaron al general para que los castigase; resultó dello, llegados los indios, que don Miguel, como vido que no los habían querido castigar, los mandó soltar, los quales iban diciendo por donde pasaban que el general don Miguel de miedo no los había osado matar, y que los oidores eran como clérigos, por respeto de vellos andar sin espadas y con ropas largas; esto dañó más la provincia de lo que estaba con esta nueva.
Después que llegó a la Concepción mandaron aquellos señores que todos los que habían venido apercibidos para la guerra saliesen luego de la ciudad y fuesen a Arauco, donde estaba el general, y a los procuradores de las ciudades mandaron ansí mesmo que fuesen con los demás: de que algunos dellos se teman por agraviados, porque como veníanlos oidores de Castilla y tenían poca plática de las cosas de Chile, después que una cosa mandaban se resumían en que no había de haber replicado, sino complirse; porque un hidalgo llamado Santestevan, que vino por procurador de la ciudad de Osorno, siendo apercebido con los demás dió algunas razones en su descargo para no ir, y no siéndole admitidas, dijo al licenciado Egas Venegas: «Entendíamos que vuestras mercedes venían a este reino a desagraviarnos y dolerse de nuestros trabajos», el cual lo mandó llevar al cepo, y ansí por no verse preso fué la jornada. Y otro soldado antiguo y viejo le fué mandado por el licenciado Juan de Torres de Vera que fuese aquella jornada, el cual dijo que no tenía caballo en que ir, y le mandó que fuese a pie o en un barco por la mar. Llamábase Diego de Carmona, y con pena de muerte le mandó notificar saliese luego del pueblo, y fuese en cumplimiento de lo que le mandaba, y ansí fué como pudo. Ya desde entonces començaban a sentir cuánto mejor les iba con los gobernadores que con Audiencia, maldiciendo a los que la habían enviado a pedir. Llegados a Arauco, el general don Miguel los consoló a todos como los conoscía tan atrás, y dió aviso a los oidores, diciendo que muchos soldados que allí estaban pasaban nescesidad, y que con la ordinaria guerra estaban rotos y muy pobres, que era justo se les enviase alguna ropa con que cubrir las carnes; mandaron luego que en dos barcos les llevasen paño, camisas y otras cosas con que se aderezasen y se la repartiese como le paresciese.
Capítulo LXI
De las cosas que acaescieron después que el general don Miguel recibió la gente que le enviaron los oidores, y de lo que hizo aquel verano
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