Алонсо де Гонгора Мармолехо. История Чили со времен открытия и до 1575 года. Alonso de Góngora Marmolejo. Historia de Chile desde su descubrimiento hasta el año 1575


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Llegado el capitán Alonso Ortiz a la ciudad de Valdivia, presentó en el cabildo la provisión que llevaba y comenzó a apercibir a las personas que podían ir en su compañía; y otros que eran tratantes y hombres que no seguían la guerra, se componían por dineros para con ellos ayudar a los que estaban pobres con que se aderezasen; juntó en breves días sesenta soldados bien aderezados, y a vueltas dellas muchos otros que venían a negocios, y las ciudades por dalles el bien venido, les enviaron procuradores y que demás de la orden que llevaban tratasen cada uno lo que les paresciese conviniente a su república, conforme a la instrucción que para ello les daban. Llegó el capitán Alonso Ortiz a la ciudad de la Concepción con su gente; fué rescebido de los oidores alegremente. Después de haber descansado algunos días del camino, por respeto del servicio que traían y por no haber cosa nueva, a causa que el general Martín Ruiz, estando en la ciudad de Cañete, tuvo nueva: que los indios de aquella provincia hacían un fuerte, dos leguas de aquella ciudad, como gente que no sabía tener quietud, y se juntaba de cada día más número, apercibió ochenta soldados y envió al fuerte de Arauco dar aviso dello al maestro de campo se hallase con él, el cual vino, y con la gente que trajo y la que el general tenía se juntaron ciento y quince soldados. Llegado al fuerte el maestro de campo, reconosció y dijo al general su merced hiciese cuadrillas, porque en todo caso convenía pelear; que el fuerte estaba por acabar, y por aquella parte podrían pelear a mucha ventaja, aunque los indios eran muchos; el fuerte que tenían era una trinchea lunada con dos puntas a manera de luna cuando está de tres días. Estas puntas fenescían en una quebrada muy honda, y por la frente tenían de más de fondo muchas sepolturas hondas del estatura de un hombre, algunas cubiertas de manera que no se conoscían. Ellos estaban detrás de su trinchea número de tres mill indios, y los más cercanos tenían lanzas largas a medida de las sepolturas para que cayendo en ellas los soldados sin salir a ellos, desde lo alto los pudiesen matar con las lanzas. El general ordenó cuadrillas de a quince hombres cada una, porque mejor pudiesen pelear y socorrerse, y las dió [a] algunos soldados que de valientes eran conoscidos: a don Diego de Guzmán, natural de Sevilla, le dió una; y [a] Alonso de Miranda, otra, y a Luis de Villegas, otra. Desta manera repartió todos los soldados, y con algunas alcancías de fuego que hacen entre los indios mucho efeto para desbaratallos; estando juntos, quedó el general a caballo para proveer lo que conviniese, y treinta soldados, consigo con que pudiese socorrer a la salud de los que habían de pelear a pie. El maestro de campo, con algunos amigos, quiso pelear a pie para poder mejor animar y acaudillar su gente; hablándoles primero, au que en breves palabras, les dijo: aquellos indios habían tenido ánimo esperarle allí, confiados en la fuerza que tenían de trinchea y sepolturas hondas; que no desmayasen, pues al fin eran indios, y que peleando con determinación de hombres, como otras veces habían hecho, no le esperarían el primer ímpitu: que les rogaba mirasen y tuviesen cuenta a no se detener en dar socorro a los que cayesen en los hoyos, sino que pasasen adelante, teniendo tino a la vitoria, porque si se paraban a socorrellos eran desbaratados. «¿Qué más quieren los indios-decía el maestro de campo-que vernos olvidados de las armas, socorriendo a los que están caídos en las sepolturas? Saliendo ellos nos han de tomar ocupados en aquella obra; es cierto a su ventaja pelearán con nosotros, como lo han hecho en otras partes, sino que pasemos adelante peleando animosamente, quitaremos a los indios la ocasión de pelear y matar a los que en los hoyos cayeren, y desta manera ellos saldrán sin que les ayude nadie, ni habrá quien se lo estorbe.» Con esta orden fueron caminando hacia el fuerte. Los indios los dejaron llegar; yendo tan cerca dél, que querían intentar a entrallo, cayó un soldado en un hoyo, luego cayeron otros: los indios los alcanzaban y daban de lanzadas; los demás soldados no se quisieron ocupar en dalles socorro, sino, conforme a la orden que tenían, asaltar la trinchea. Con esta determinación les quitaron el poder herir a los que estaban en las sepolturas, que con este beneficio salieron dellas sin peligro. Los cristianos echaban muchas alcancías de fuego entre los indios, y de su suerte y poca plática de guerra no prendía el fuego, porque las tiraban arrojadizas a manera del quien tira piedras, no habiéndolo de hacer así. El maestro de campo, como había reconoscido por dónde se les podía entrar, acometióles por aquella parte, y muchos soldados con él: los indios pelearon defendiendo la entrada. El general Martín Ruiz estaba a caballo, puesto a la frente del fuerte con treinta hombres haciendo rostro a los enemigos, y encomendó al capitán Andicano con quince soldados a caballo tuviese cuenta con una punta que hacía el fuerte para resistir a los enemigos, si por allí quisiese salir alguna manga. El maestro de campo se acostó al remate del fuerte, que era uno de los dos cuernos que acababan en la quebrada; por allí pelearon también y con tanto ánimo lanza a lanza y [a] arcabuzazos, los enemigos gran cantidad de flechas. Estuvo en peso, un rato la batalla haciendo cada una de las partes todo lo que podía; hasta que viendo los indios la determinación grande de los cristianos y que peleaban como hombres desesperados, volvieron las espaldas para huir; y como no lo podían hacer a causa de estar tan apretados, los mataban con las espadas: dándoles por las espaldas los hacían apretar a los que junto con ellos estaban, de manera que el vaivén los hacía desamparar el sitio que tenían. En este medio, un soldado acertó a echar entre ellos una alcancía; ésta prendió de suerte que quemó algunos indios de los que cerca estaban; viendo su muerte y pérdida presente se echaron huyendo por la quebrada que a las espaldas tenían sin que pudiesen los cristianos seguilles el alcance. Murieron pocos indios por respeto de ser mala la tierra para caballos y no podellos seguir. De los cristianos muchos hubo heridos y ninguno muerto. Desde allí anduvo el general Martín Ruiz por la provincia llamando a los naturales le viniesen a servir, los cuales, viendo que no tenían seguridad en parte alguna, porque donde quiera que iban los seguía e perseguía, comenzaron a venir de paz dando algunas desculpas, y como les eran admitidas, venían de cada día más, hasta que les quitó el temor: tratándoles bien por una parte y castigando los malos por otra, se asentaron y servían todos los comarcanos.

Capítulo LX

De cómo los oidores dieron provisión de general a don Miguel de Velasco y le encargaron la guerra, y de lo que hizo

Ya dije atrás cómo algunos soldados que estaban desgustosos del maestro de campo Lorenzo Bernal se quejaron a los oidores de su orden y manera de mandar en la ciudad de la Serena y por el camino, y las quejas que dél dieron: decían que los trataba mal de palabra y que era áspero de condición e insufrible; y como llegaron a la Concepción los soldados que en el campo estaban, entre algunos bulliciosos y amigos de cosas nuevas trataban de escrebir una carta a los oidores quejándose dél, pidiéndoles que le quitasen del cargo que tenía, o les diesen licencia para irse a donde quisiesen; esta carta firmaron muchos persuadidos unos por otros. Visto por aquellos señores, que aunque venían de España y no tenían plática ninguna de cosas de Indias, mayormente de guerra, como hombres discretos lo enviaron a llamar que se viniese a la Concepción. Llegado que fué, desde a pocos días le proveyeron por corregidor en aquella ciudad, queriendo tenerlo cerca de sí para casos repentinos y cosas de guerra; y porque algunos hombres principales que junto a ellos estaban les informaron que el capitán don Miguel de Velasco era hombre que se le podía encomendar cualquiera cosa por importante que fuese, lo proveyeron por capitán general para todos los casos de guerra, y escribieron al general Martín Ruiz el proveimiento que habían hecho. Teniendo todo buen cumplimiento con él, Martín Ruiz le entregó la gente y se vino a la Concepción. Don Miguel llegó a la ciudad de Cañete: usando del cargo y mando, anduvo por la provincia hablando a los principales que sirviesen a los cristianos y estuviesen en sus casas.

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