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Алонсо де Гонгора Мармолехо. История Чили со времен открытия и до 1575 года. Alonso de Góngora Marmolejo. Historia de Chile desde su descubrimiento hasta el año 1575


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Llegado el general, trató el gobernador con él, que con la gente que tenía consigo asentaría lo que estaba de guerra, y acabaría de allanar todo lo demás y ponelle de paz; que le parescía en el reino había muchos soldados que no se habían querido hallar en aquella guerra por respeto de no tener que dalles, a causa de estar todo repartido por los gobernadores pasados; huían de andar en ella, pues no sacaban más del trabajo, y que déstos en las ciudades de Valdivia, Osorno y las demás a ellas comarcanas había muchos, y otros que a la fama acudirían, juntos todos poblaría una ciudad en la provincia de . Habiendo mucho antes desto escrito y enviado comisión al tiniente que en la ciudad de Valdivia tenía, que con toda la diligencia posible hiciese una fragata y que estuviese acabada para Navidad, que es en mitad del estío en el reino de , como lo es en España del invierno, y con comisión que le dió para que de la caja del rey pudiese gastar dos mill pesos para el aviamiento y despacho desta fragata; y de otra que le mandó dar y le andaba sirviendo, y al presente había venido de la ciudad de Valdivia cargada de trigo para que los vecinos hiciesen simenteras, y de otros bastimentos nescesarios para pueblo nuevamente poblado, en la cual fragata mandó embarcar algunas piezas de artillería pequeñas y una de campo de bronce. Con esto se partió a la vela para la ciudad de Valdivia, y al general despachó se fuese para que pudiese hacer su jornada. Antes que entrase el invierno salió de Cañete, camino de la ciudad de Angol, que es una travesía para caminar con seguridad estando la provincia de guerra, por ser despoblado y pocas veces usado de los naturales; el día que salió de la ciudad, los indios comarcanos, como gente que jamás tuvo paz verdadera, sino de traidores, y que siempre esperan coyuntura para hacer maldades, tuvieron aquel día aparejo para matar mucho servicio que iba a herbajar; bien descuidados no llevando escolta que los guardase dieron en ellos y mataron más de cuarenta yanaconas de servicio. Llámanse así porque son indios extranjeros y sueltos que sirven a cristianos y es éste su nombre. Salieron soldados de Cañete al castigo y mandólo el gobernador al maestro de campo, el cual vino y castigó algunos no tanto cuanto su culpa merescía.

Capítulo LVI

De cómo el gobernador Rodrigo de Quiroga salió de la ciudad de Cañete con ciento y cincuenta hombres de a caballo a correr la provincia, y de cómo los indios vinieron sobre la ciudad y de lo que acaesció

El gobernador Rodrigo de Quiroga, con ánimo de sosegar y asentar la provincia de Tucapel y todo lo demás que estaba de guerra, por estar algo apartado servían mal y ponían voluntad de no servir a los que estaban de paz, y hablar a los naturales dándoles a entender se apartasen de cosas pasadas y perseverasen en la amistad que habían dado, no fuese de condición de la que otras veces tan encubiertamente daban; y para poder ir con gente que le pusiese temor y pudiese castigar a los contumaces por haber malos pasos de montañas en muchas partes que había de pasar, llevó ciento y treinta soldados no teniendo aviso de lo que traían los indios encubierto para el tiempo que saliese gente conforme al número que les paresciese ser a propósito para efetuar su intinción, estando de muchos días atrás palabrados y resumidos con espías que de ordinario tenían que les daban aviso de todo lo que se hacía. En tratando el gobernador de hacer la jornada, luego fueron avisados de todo, y como a gente tan inconstante, olvidada de todo bien rescebido, enviaron mensajeros por toda la provincia dando dello aviso, y como tenían los ánimos aparejados para semejantes maldades, con grande secreto se juntaron número de doce mill indios, trayendo por sus capitanes a Millalelmo y Loble, indios belicosos y valientes, con otros muchos hombres principales de guerra. Después de informados que el artillería que los españoles tenían, la mayor parte della habían llevado en la fragata por mar a Valdivia, y que la que quedaba era de poco provecho, porque dos piezas grandes ellos las habían ayudado a embarcar con otras diez pequeñas, y que la que estaba en el fuerte no era de temer, que aun cristianos que la supiesen tirar no los había, y que los más valientes que ellos conoscían eran idos con el gobernador, y los que estaban en el fuerte eran soldados mal pláticos de guerra y para poco; con esta nueva, paresciéndoles que ya lo tenían todo en sus manos, vinieron sobre la ciudad: los yanaconas que de fuera andaban tocaron arma. El capitán Agustín de Ahumada había quedado para tener aquella ciudad a su cargo; como vido los indios que acercándose venían, mandó recoger el ganado y caballos dentro del fuerte y mandó limpiar el foso y reparar los lugares que estaban de poca defensa, lo cual pudieron hacer, aunque el tiempo fué breve por ser pequeño el sitio en que estaban. Los indios iban con grande ánimo a dar asalto al pueblo; el capitán Ahumada mandó cargar el artillería, que aunque habían llevado en la fragata la que el indio dijo, quedaban dos piezas grandes en los dos cubos; en cada uno dellos, una. Estas dos mandó que dos soldados tuviesen cuenta con ellas, no se ocupasen en otra cosa. Los indios venían cerrados en sus escuadrones para batir el fuerte. Un soldado que se llamaba Ortuño, vizcaíno, con cólera de su nación, no pudo esperar con su ánimo que no disparase una de campo que a su cargo tenía, y aunque los indios estaban lejos, hizo tan buena puntería, que dándole fuego dió la pelota junto al escuadrón y de recudida acertó a un indio valiente en la cara que le hizo pedazos la cabeza y murió luego.
Viendo Millalelmo que aquel tiro desde tan lejos había hecho aquel efeto, dijo a la espía: «¿Tú no me dijiste que estos cristianos no tenían artillería? ¿por qué me has engañado?» El indio le respondió: «Lo que yo te dije es la verdad: el artillería que fué en la fragata yo la ayudé a embarcar, que fueron diez tiros pequeños y dos grandes, y que la que quedaba era de poco provecho; bien podía ser tuviesen alguna enterrada que yo no la viese.» El sitio del fuerte estaba en un llano; reconosciendo que habían de ir al descubierto a combatillo, y que con el artillería antes que llegasen los matarían, acordaron de tomar por delante una pared que junto al fuerte estaba para su defensa. Por otra parte, vido Millalelmo que un soldado arcabucero, estando el río en medio, con ser bien ancho derribó un indio muerto, dándole por los pechos la pelota, por donde entendió que acercándose más rescibirían mucho daño; por la cual causa puso su gente repartida, de manera que no pudiese ningún cristiano salir ni entrar, con mucha guardia, teniendo espías que les daban aviso en donde el gobernador estaba; intentaban sacar trincheas por donde se llegasen a combatir el fuerte, tratando qué orden tendrían para salir con su empresa. Sucedió que en el campo del gobernador, como había veinte días que andaba fuera de la ciudad bien descuidado de lo que pasaba, un soldado le pidió licencia, y tras de éste, otros diez: yendo su camino toparon cerca del fuerte muchas mujeres cargadas de vino, y otras que venían. Preguntándoles de dónde venían, responden que de llevar de comer a los indios de guerra que estaban con los cristianos peleando. Con esta nueva tuvieron miedo, y estuvieron en si pasarían adelante o no; al fin parescióle que no habría tanta gente que les estorbase la entrada, porque no sabían de la manera que los indios estaban sitiados. Estos diez soldados, llegando cerca con ánimo de hombres ejercitados en la guerra, los caballos al galope, entraron dando voces, diciendo: «Arma, cristianos, que aquí viene el maestro de campo.» Los indios, como vieron el caso repentino, tocaron arma con sus cuernos, como estaban acostumbrados, y acudieron a tomar las armas. Los españoles, como sabían las entradas del fuerte, pudieron entrar en él pasando por el lugar que los indios dejaron desamparado por respeto de recogerse a su escuadrón, no sabiendo el número de la gente que venía. Los que estaban en el fuerte se pusieron a caballo y salieron fuera, entendiendo que el gobernador venía, mas como se informaron que no era más gente de los diez soldados que habían entrado, y vieron los indios se estaban en su escuadrón quedos, se volvieron al fuerte con más ánimo del que habían ten

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