Алонсо де Гонгора Мармолехо. История Чили со времен открытия и до 1575 года. Alonso de Góngora Marmolejo. Historia de Chile desde su descubrimiento hasta el año 1575


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Desde allí se fué otro día al valle de Arauco, y estuvo algunos días llamando aquellos principales viniesen a darle la paz. Viendo que estaban olvidados de ella, mandó les cortasen los panes que tenían muy buenos. Andando ocupado en cortar estas chacaras de maíz, hubo entre dos soldados cierta diferencia en que el uno dió una cuchillada al otro. Los amigos del que había recibido la cuchillada tomaron las lanzas y le dieron ciertas lanzadas de que murió. El que lo hirió tenía muchos amigos, y por no dar ocasión que hubiese alguna revuelta, mandó el gobernador al maestro de campo lo prendiese y hiciese justicia, la cual, a contemplación de algunos amigos suyos, dilató y quedó sin castigo, aunque después le fué mal agradescido. Desde allí pasó el gobernador a poblar la ciudad que Francisco de Villagra había despoblado, buscando sitio competente cerca de la mar para poderla socorrer con navíos, porque donde la había poblado don García de Mendoza estaba de la mar siete leguas, y si los naturales se rebelaban y quitaban las simenteras, no se podían aprovechar de los bastimentos que por la mar llevasen, a causa de ser lejos, y que yendo por ellos había de ir gente que bastase para su defensa, si indios de guerra saliesen al camino; porque repartidos los que iban y los que quedaban estaban todos en ventura y suerte de perderse. Por este respeto el gobernador, como hombre que tenía tanta plática y espiriencia de guerra, buscó donde poblar aquella ciudad a propósito, y para el efeto que deseaba halló que en el río del Levo había puerto razonable para navíos grandes y muy bueno para pequeños, y en comarca que se podían proveer de lo nescesario, y el río apacible con menguantes y crecientes. Asentó el campo allí para poblar, y quedando a la ligera hacer la guerra a los naturales, trayéndolos de paz, o destruirlos. Luego otro día pobló y le puso el nombre que de antes tenía ansí como don García se lo había puesto, habiendo tres años que Francisco de Villagra la había despoblado por su mala orden de gobierno. Repartidos solares a los vecinos que en ella habían de ser, comenzó a llamar de paz los principales que le viniesen a servir; a esta voz vinieron los comarcanos, y siendo informados otros muchos les perdonaba lo pasado, animáronse para venir a servirle; y dió ansí mesmo orden se hiciese un fuerte cerca del río en parte conviniente, para estar al seguro, con dos torres, donde estaban cuatro piezas de artillería y los españoles recogidos dentro en él. Y porque los vecinos de Santiago habían gastado mucho en aquella jornada, como de ordinario lo han hecho con todos los gobernadores, siguiéndolos y sirviendo al rey, aunque dello nunca fué informado, pues es cierto han merecido mucho, porque el sustento ordinario de todo el reino ha dependido de ellos, rescibiendo soldados en sus casas, curándoles sus enfermedades, dándoles de comer a ellos y a sus criados y caballos, vistiendo a los desnudos, dando caballos a los que estaban a pie, gastando en general sus haciendas sirviendo al rey; que de justicia habían de ser jubilados, lo que no se ha hecho ni hace, sino derramas e pensiones, si en el reino se echan por los gobernadores con las colores que quieren, ellos han sido los primeros que las pagan y lo son en el día de hoy, sin tener atención a lo que tengo dicho, porque en las Indias el rey don Felipe, nuestro señor, no es tan señor dellas como lo son sus gobernadores, que les paresce que el tiempo que gobiernan lo han todo heredado de sus padres. Y es verdad, por la profesión que tengo de cristiano, no me mueve a lo que dicho tengo sino decir verdad. Vuelto al gobernador Rodrigo de Quiroga, por estar lejos de sus casas, que había casi cien leguas de camino, y entraba el invierno, agradesciéndoles lo que en servicio del rey habían hecho, les dió licencia se volviesen; y porque el camino de Ilicura, saliendo por él al valle de Puren, se hacía mucho efeto el hollarlo, y castigar aquellos indios, mandó al maestro de campo que fuese a aquella jornada con ciento y treinta hombres. Entre todos los que habían de ir fueron de los vecinos de Santiago todos los que en el campo andaban y algunos otros de las demás ciudades del reino, con acuerdo que el maestro de campo, como hombre que sabía la tierra, hiciese lo que le paresciese que convenía. Seguiendo su camino, entró por el valle de Ilicura cortando las simenteras a los naturales y quemándoles las casas llenas de comidas, que son legumbres y bastimentos del año de atrás. ¡Gran lástima verlas arder!, sin querer aquellos bárbaros venir de paz, porque estaban de las vitorias pasadas tan altivos, que todo lo despreciaban, dándose poco por su perdición. Desde allí fué al valle de Puren, que es muy fresco en todo tiempo y muy fértil. Los indios, como vieron los españoles dentro de su tierra, desampararon sus casos y se metieron huyendo en una ciénaga grande, que tiene dos leguas de monte y agua, donde se hacen fuertes, y no se les puede entrar si no es muy de propósito, y ha de ser por muchas partes y con posible de gente; por cuyo respeto se queda muchas veces sin castigo este valle.Después de haber destruido todo lo que en él tenían sembrado, el maestro de campo, porque no paresciese no hacer efeto su ida, entró en la ciénaga, que por ser el año seco no era dificultosa la entrada ni andar por ella; tomaron los soldados muchas mujeres y muchachos y algunos indios de guerra que se castigaron, y reservando algunos los envió por mensajeros a llamar los señores principales viniesen a dar la paz. Los indios daban esperanza della, y como no se efetuaba no se les dejaba de hacer la guerra. El invierno venía entrando recio; los vecinos que allí estaban importunaban al maestro de campo los dejase ir a sus casas, diciendo el gobernador les había mandado estuviesen en Puren quince días y no más, que ya eran pasados treinta; pues tenían jornada tan larga y entraba el invierno, no les hiciese mala obra. Queriendo darles contento, pues tan bien lo merecían, los dejó ir y se volvió a la ciudad de Cañete, donde el gobernador estaba, con sesenta hombres, habiendo licenciado otros sesenta entre vecinos y soldados antiguos. Llegado al gobernador, después de haberle dado cuenta de lo hecho, dió orden de ir al valle de Arauco y hacer asiento en él hasta atraer de paz aquellos indios y reedificar el fuerte que despobló Pedro de Villagra.

Capítulo LV

De cómo el gobernador Rodrigo de Quiroga salió de la ciudad de Cañete a hacer la guerra y atraer de paz la provincia de Arauco, y de lo que hizo

Después que el maestro de campo hizo espaldas a los vecinos de Santiago y de las demás ciudades, para que con seguridad fuesen su camino, vuelto a la ciudad de Cañete el gobernador, se ocupó aquel invierno en traer de paz la provincia, guardándola a los principales que la daban, y castigando a los que estaban en rebelión y contumacia. Llegada la primavera, salió con ciento y treinta soldados a la provincia de Arauco, por ser de más gente y lo más poblado de todo el reino. Los indios en esta provincia, por ser fertilísima, a cuya causa cada un indio, teniendo las mujeres que puede sustentar multiplican mucha generación, y como son muchos no pueden vivir quitándoles el valle; los cuales, entendiéndolo ansí, cuando ven pujanza de gente, aprovéchanse del tiempo, y como ven que en saliendo a dar la paz se la tienen de rescebir, vinieron luego disculpándose. El maestre de campo les mandó por orden del gobernador no estuviesen en los montes, sino en sus casas, como lo solían hacer antes que los cristianos entrasen en sus tierras: respondiéronle que lo harían ansí. Luego se llamaron unos a otros, y asentaron en sus casas y haciendas; demás de estos indios vinieron otros muchos, y se abrió camino para ir desde allí a la Concepción por Andelican, que es muy cerca cuando se puede caminar. Arauco, como es la cabeza, todos los demás principales siguiendo su opinión, vino de paz Colocolo, que era el principal capitán de todos, y que sustentó el cerco en la casa de Arauco, estando en ella el maestro de campo; demás déste, vinieron otros muchos.
Gastóse aquel verano en acabar de quietar aquellos indios y hacelles que fuesen a la ciudad de Cañete a servir en aquello que los cristianos los quisiesen ocupar. El gobernador esperaba a su general, que había ido a la ciudad de Santiago para traer indios amigos y ganado, que faltaba bastimento en el campo. Para aquel tiempo concertado, vino y llegó en coyuntura tan buena que las vacas que a cuenta del rey habían traído y carneros eran acabados. Trajo el general con los amigos mill cabezas de puercos, que es el mejor bastimento de todos para en la parte donde estaban, los cuales eran del gobernador de su propia hacienda, que en gastar de la del rey fué tan templado, que antes gastaba de la suya que plado, que antes gastaba de la suya que mandar se gastase algo de lo que al rey pertenescía, si no era en caso forzoso.

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