En este tiempo llegó allí un navío a la Concepción, que venía de la Valdivia, con alguna gente y caballos. El maestre era un hidalgo, natural de Jerez de la Frontera, llamado Bernardo de Huete, hombre rico: éste, por complacer a Villagra y que le dejase ir su viaje, que lo detenía hasta saber de la manera que estaban las cosas de Arauco, se le ofreció que iría en un barco y tomaría lengua cierta de todo. Villagra se lo agradesció, y luego con dos hombres pláticos de la mar y algunos negros que remasen, se embarcó, y por mucho tiempo de norte se fué a la isla de Santa María, que está de Arauco dos leguas, y los indios della de paz, para esperar abonanzase el norte y hacer su viaje al río de Arauco. Bernardo de Huete salió en tierra en tanto que les hacía tiempo; los indios lo sirvieron muy bien en todo lo que les mandaron, y dieron mucho refresco para descuidallos, y otro día al amanacer vinieron por dos partes con sus armas, cercando la casa los mataron a todos tres. Los negros que estaban a la guarda del barco, como oyeron la grita se pusieron con el barco junto a tierra hasta ver si alguno dellos escapaba, y como vieron que debían ser muertos se hicieron a lo largo; porque los indios desde la playa los llamaban en nombre de su amo, entendiendo que era mentira se hicieron a la vela, y fueron a la Concepción dando tan triste nueva. Los indios les cortaron las cabezas y las enviaron a los de guerra, que estaban en el cerco del fuerte, presentadas; los cuales se holgaron en gran manera, y las alzaron aquella noche de unos palos junto a la puerta, y ansí mismo les pusieron un cesto de uvas, diciéndoles que ya no había cristianos en la Concepción, que todos eran muertos, y que ellos no tenían remedio ninguno para escapar las vidas, si no era rendirse entregándoles la fuerza. El capitán Lorenzo Bernal estuvo dudoso, aunque no les dió crédito, diciéndoles que si el gobernador era muerto a él se le daba poco, que él era gobernador y con él habían de pelear. Los indios le dijeron: «No entendáis que por mucho que llueva nos hemos de ir de aquí hasta que os tengamos a todos en nuestro poder, y para mejor hemos de hacer aquí un pueblo; ya sabemos que se os mueren los caballos, y que no tenéis que comer y no os podéis sustentar veinte días.» Y era cierto todo lo que le decían, la misma verdad como si lo vieran. A estas razones que dijo, Pelquinaval, le respondió el capitán Lorenzo Bernal que si quería bastimento se lo daría porque no se fuese: que se holgaba, y en gran manera rescibía mucho contento vello estar al agua y frío, y que los cristianos y su servicio estaban en buena casa, detrás de paredes, al seguro, donde no sentían frío ninguno; y que no entendiesen se habían de ir, aunque ellos se fuesen, porque había de hacer en aquel asiento un pueblo aquel verano. Y acaeció a esta plática que poniéndose un soldado llamado Juan Nieto a palabras con un indio que debía de ser plático en lengua española y le conoscía, siendo el Juan Nieto hombre gordo y basto, no de buen entendimiento, a cierta razón que dijo al indio, le respondió: «¿Y tú, bellacazo, hablas? No tienes vergüenza.» Esto en lengua castellana. Pasados veinte días que estaban cercados, se levantó una plática entre los soldados, diciendo no era bien tener aquellos indios, aunque eran amigos, dentro del fuerte, sino se echasen fuera; pues todos eran unos, se fuesen donde quisiesen; porque tenían dellos sospecha traían plática con los de guerra, dándoles aviso de toda cosa en general, e fué tanta la fuerza que pusieron sus palabras, que el capitán, aunque vió era grande inhumanidad, les mandó se fuesen a donde quisiesen y que no estuviesen allí. Los indios le decían que siempre le habían sido amigos y servido bien, a cuya causa habían pasado muchos trabajos; por qué les querían dar tan mal pago en recompensa, y que si aquello pensaba hacer no los rescibiera al principio, que ellos se fueran a donde pudieran remediar vidas y haciendas, pues era cierto que aquellos indios los habían de matar, o por lo menos roballes quitándoles lo que llevaban; no aprovechó cosa alguna, porque el capitán Lorenzo Bernal estaba inclinado a echarlos del fuerte, y ansí mandó abrir las puertas para que se fuesen. Salieron todos juntos número de treinta principales indios valientes, que habían servido a cristianos muy bien. Los indios de guerra que los vieron salir cargados de sus mujeres e hijos se vinieron a ellos, entendiendo que los cristianos los echaban de su compañía, y con gran crueldad los desvalijaron, sin dejalles cosa alguna encima, y ansí los llevaron a su campo, de los cuales supieron de la manera que estaban, y aunque entendieron estaban faltos de muchas cosas, y que no se podían sustentar mucho tiempo, era tan bravo el invierno, aguaceros y tempestades, que determinaron levantar el cerco, dejándolo para la entrada del verano: con este acuerdo y determinación se fueron una noche a treinta de junio del año de sesenta y dos. Desde a dos días, como no vía el capitán indio alguno ni sonido de cuerno, salió de la casa a reconoscer el campo, halló que habían levantado el cerco, y en algunas casas de las que habían hecho indios enfermos, que por su enfermedad no se habían podido llevar. Destos supieron se habían retirado e ido a sus casas todos los principales indios, dejando aquella guerra para el verano adelante; holgáronse en gran manera, echaron al campo los caballos que tenían, que pasaban de ciento y treinta, los cuales estaban de la hambre tan perdidos que no podían andar, y los cristianos quedaron tan animados para la guerra de adelante, sabiendo que forcible o voluntaria no les había de faltar. En este cerco sirvió a su majestad mucho el muy reverendo fray Antonio Rondón, natural de Jerez de la Frontera, provincial de la Orden de Nuestra Señora de las Mercedes, que ordinariamente les decía misa, confesaba y comulgaba, haciéndoles de ordinario oraciones, persuadiéndoles el servicio de Dios nuestro Señor y la honra de todos ellos, que cierto por su mucho trabajo y solicitud meresció mucho; no solamente como religioso, mas aun como soldado, tomaba las armas todas las veces que se ofrecía para animar a los demás.
Capítulo XLI
De cómo Francisco de Villagra envió a castigar la muerte de Bernardo de Huete, y de cómo queriendo Martín de Peñalosa y Francisco Talaverano salir del reino fueron muertos por justicia
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