Алонсо де Гонгора Мармолехо. История Чили со времен открытия и до 1575 года. Alonso de Góngora Marmolejo. Historia de Chile desde su descubrimiento hasta el año 1575


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Después que fué informado Villagra de la alteración que los indios tenían con su venida, para dalles algún estorbo y ponelles temor, envió al capitán Reinoso, como atrás dije, y desde a poco envió a tu hijo Pedro de Villagra, mancebo de buena esperanza por las partes que tenía de virtud, con cuarenta soldados bien aderezados a caballo, que fuese a Tucapel, y en compañía de Reinoso hiciese la guerra por la orden que le diese, al cual obedeciese en todo lo que le ordenase. Ido Pedro de Villagra, desde a pocos días se partió su padre a la Concepción, y de allí, pasando el río de Biobio, entró en Arauco, que estaba de paz, hablando y sosegando a los principales para que no entendiesen traía la voluntad que les habían dicho; llevando en su compañía un religioso fraile de la Orden de Santo Domingo, llamado fray Gil de Ávila, llegó a Cañete, que es en la provincia de Tucapel. Los indios se estuvieron a la mira, sin declararse, sino algunos que vivían en la montaña, hasta ver lo que el tiempo les decía que hiciesen; y fué para ellos, conforme a su disinio, tan provechosa la ida de fray Gil, aunque más dañosa para su quietud y caso presente, porque Reinoso, cuando allí llegó, quiso con su buen entendimiento asentar los indios poniéndoles temor con las armas, y regalándolos por otra parte con amonestaciones de palabras, con las cuales hizo poca impresión en ellos, antes viendo que si algunos indios se tomaban en la guerra de los que no querían servir, después de haberles hecho una oración, los enviaba por mensajeros, puesto caso que los más repartimientos estaban de paz. Estos, viendo que ellos servían y los trabajaban, y que los que estaban de guerra se holgaban y no los castigaban, decían que por lo que vían presente entendían era en daño de los indios que a los cristianos eran amigos, y en provecho de los que les eran enemigos: con esta plática se alzaron todos, sin quedar indio ninguno de paz en aquella provincia. Juntásele a Villagra para no acertar a hacer la guerra, que fray Gil, en las oraciones que hacía a los soldados, les decía se iban al infierno si mataban indios, y que estaban obligados a pagar todo el daño que hiciesen y todo lo que comiesen, porque los indios defendían causa justa, que era su libertad, casas y haciendas; porque Valdivia no había entrado a la conquista como lo manda la Iglesia, amonestando y requiriendo con palabras y obras a los naturales; en lo cual se engañaba como hombre que no lo vido, mas de que como era de buen entendimiento, encima de una obra de causa formaba lo que quería; porque yo me hallé presente con Valdivia al descubrimiento y conquista, en la qual hacía todo lo que era en sí como cristiano. Volviendo a fray Gil, eran sus palabras dichas con tanta fuerza, que hacían grande impresión en los ánimos de los capitanes y soldados, y acaesció vez que Villagra estaba hablando algunos soldados que hiciesen lo que sus capitanes les mandasen, y alanceasen a los indios todos que pudiesen, fray Gil les decía que los que quisiesen irse al infierno lo hiciesen ansí era una grandísima confusión ver estas cosas y que Villagra no las remediase, y ansí se hacía la guerra perezosamente. Los vecinos de Cañete le importunaban se fuese de aquella ciudad y les dejase gente para hacer la guerra: que no le podían sustentar de bastimentos, y los descargase en alguna parte. Villagra les dejó a su hijo Pedro de Villagra, y con él al capitán Reinoso, con ciento y veinte hombres de guerra, fuera de los que sustentaban la ciudad, y él se fué a la ciudad de los Infantes, que estaba diez leguas de Cañete. Estando allí pocos días se partió a la Imperial; parando en ella poco, pasó a la Ciudad Rica, que estaba cerca de las minas de Valdivia, muy ricas de oro. En aquel tiempo había Francisco de Villagra desde la ciudad de Santiago enviado delante al licenciado Altamirano con comisión suya fuese a las minas, y que, como Justicia, tuviese cuenta con todos los que andaban sacando oro, y que cada noche rescibiese el oro que sacasen y lo metiese en un cofre, teniendo cuenta de quién y cuyo era, para que cada uno hubiese lo que fuese suyo. Querían decir que Villagra hacía aquella diligencia para después, en montón, hacer dello servicio a su majestad; otros decían cosas diferentes destas; mas el juez reto, que es Dios, lo desbarató todo de como él lo tenía pensado, porque dió tantas viruelas a los indios que lo sacaban, y morían tantos de aquella pestilencia, que algunos religiosos, poniéndoselo por cargo, mandáse dejase de sacar, y lo sacado se acudiese a cuyo era. También le sucedió en este tiempo que estando en la Ciudad Rica la pascua de navidad del año de sesenta y tres que enfermó de mal de ijada, con algunas calenturas de que pensó morir, y de un mal que le dió en los empeines de los pies de tan terrible dolor, que no podía andar a pie ni a caballo. Estando en mejor disposición, en convalecencia, aunque poco, por algunas cartas que tuvo de la Concepción, en que en efeto le afeaban el irse a las ciudades de paz dejando lo de guerra tan mal reparado, y que los soldados que habían quedado en Tucapel pedían licencia para irse de la guerra, diciendo que Villagra iba con ánimo de repartir los indios y dallos a quien a él le paresciese, dejándolos a ellos olvidados. Entendiendo que sería posible su ausencia causar alguna desenvoltura entre ellos, se puso en una silla, en hombros de indios se hizo llevar a la Imperial, y desde allí a la ciudad de los Infantes: hizo algún efeto su vuelta, no para que los indios por ella diesen muestra de venir de paz, sino para que los soldados que en la guerra andaban hiciesen con mejor voluntad lo que les fuese mandado; antes los indios trataban venir sobre la ciudad y quemar las casas en que vivía. Villagra, como se vido tan enfermo, quiso ponerse en cura: aderezado un aposento, tomó la zarzaparrilla, y estuvo en la cama dos meses; mejoró algo, y porque entraba el invierno, dejando contentos con palabras a muchos, llevando consigo a otros se fué a la Imperial, en donde llegó por legado de la ciudad de Santiago el capitán Bautista de Pastene, pidiéndole en nombre de aquella ciudad les enviase por su teniente a Pedro de Villagra, su hijo, por respeto de no llevarse bien con el capitán Juan Jufre, a quien había dejado por su justicia mayor: Villagra lo hizo ansí, como se le pidió. Pasando las aguas del invierno se fué a la ciudad de Valdivia, diciendo era tiempo de venir navíos del Pirú, y que quería hallarse allí por causas que convenían al bien del reino, y al verano bajar a la Concepción por la mar y llevar la gente que pudiese.

Capítulo XXXV

De cómo Francisco de Villagra llegó a la ciudad de Valdivia, e yendo a la concepción por la mar con viento contrario fué a la nueva Galicia, y de las cosas que le acaescieron

Habiendo pasado las aguas del invierno, Villagra se puso en camino para ir a la de Valdivia. Los vecinos de aquella ciudad estaban temerosos si les removería los indios que tenían o no, y con este temor se desvelaron en hacelle el mejor rescebimiento que pudieron con gente de a pie y de caballo, a uso de guerra, y le enviaron un barco al camino bien esquilado, con mucho refresco, para que en el barco viniese por el río que pasa junto a las casas de la ciudad, grande y de mucha hondura, y a la boca de este río, porque hace una isla que lo divide en dos partes, atravesaron un navío sobre áncoras con mucha artillería que le hiciese salva quando llegase. Después de rescebido con esta orden le llevaron a su posada, donde le fatigó, el dolor de los pies en gran manera, por cuyo respeto de ordinario se estaba en la cama, y allí negociaban los que tenían negocios; cuando se sentía en mejor disposición, que se levantaba, estaba en una silla, y ansí ya enfermo, ya mejor, pasó aquel invierno, y a la primavera por el mes de otubre, que por aquel tiempo entra el verano en el reino de Chile, fletó un navío a costa del rey, y embarcando en él treinta caballos y cuarenta soldados salió del puerto de Valdivia a la mar año de sesenta y tres, diciendo al piloto navegase a donde el tiempo le quisiese llevar, aunque no tan confiado de su ventura como Otaviano César, porque Villagra siempre fué mohino en las cosas de guerra, pues saliendo a la mar con buen tiempo para su viaje, revolvió tramontana. Corriendo el navío con el temporal fué a parar al arcipiélago de Chilué, provincia de la Nueva Galicia que después se llamó ansí.

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