Estando de paz en este tiempo, algunos soldados, desgustosos de don García por no habelles dado de comer, siendo como eran antiguos, entendiendo de él los tenía en poco, por huir de su presencia se iban a Santiago, ciudad la más principal del reino, y desde allí algunos dellos derramaban cartas con nuevas falsas, como le parecía a cada uno echallas. El licenciado Santillán, a quien don García había traído de Chile para las cosas de justicia, residía en Santiago, al cual le pareció era bien aclarallo: hallando culpable, por la información que hizo, a un soldado llamado Ibarra, lo ahorcó. Fué parte este castigo para que de allí adelante no se echasen más nuevas en aquella ciudad, aunque en la de Valdivia se extendió nueva que Villagra venía por gobernador, de que muchos vecinos y otras personas se holgaron. Estos, partiendo con la primera nueva, como hombres torpes, aquella noche que de ello tuvieron plática salieron de sus casas con hachas de carrizo: regocijados anduvieron por la ciudad mostrando el placer que tenían; y como al que manda no se le asconde cosa alguna, mandó [D. García] al capitán Gaspar de la Barrera fuese por ellos y se los trajese a donde él estaba; llegados, los envió con Francisco Vásquez de Eslava los entregase en la ciudad de Cañete, como a hombre de confianza, al capitán que allí estaba, para que sustentasen aquella ciudad algún tiempo. En estos días, don Pedro haciendo la guerra, se asentaron muchos indios, de que resultó venir los demás a dar la paz.
Don García, para dar más calor a la guerra, y que todo estuviese bien asentado, después de haber estado el invierno en la Concepción, el verano adelante se fué a la casa de Arauco, que ya estaba acabada y tenía aposentos para poder estar en ella. Puesto allí con sus criados y amigos, los vecinos de Tucapel anduvieron buscando oro aquel verano en sus términos para no illo a sacar a otra parte, de que hallaron grande muestra en muchas partes. También mandó a don Miguel de Velasco que con cuarenta soldados fuese a poblar la ciudad de Angol, que en tiempo de Valdivia había sido poblada en aquel mismo sitio y lugar, y que los vecinos que estaban en Concepción, Tucapel e Imperial fuesen a residir a ella, pues tenían los indios en su comarca. Hubo tanto efeto que asentada la tierra, será esta ciudad muy principal en el reino para en guerra y paz, porque tiene todas las partes buenas que una ciudad para ennoblecerse debe tener.
También envió por vía de ruego al padre sochantre Molina, antiguo en las Indias, hombre de buena vida, que predicase y amonestase aquellos indios a vivir en la fe de Jesucristo, o por lo menos que guardasen la ley natural, lo cual no hacían, antes cada uno tenían todas las mujeres que podían sustentar. Hizo este padre mucho fruto, porque rescibieron agua de Espíritu Santo infinidad de niños, muchachos y mujeres que por la mala orden de algunos gobernadores, y por pecados de el reino, todo se ha perdido.
Capítulo XXXII
De cómo don García se fué a la ciudad de Santiago, donde tuvo nueva de la muerte de su padre el Marqués de Cañete, y la oración que hizo al pueblo cuando se quiso ir
Estando de paz toda la provincia que tantos años había estado de guerra, don García, como hombre que ya en su pecho tenía concebido irse de el reino, quiso ir a la ciudad de Santiago. Habiendo poco más de tres años que gobernaba a Chile, conocía la pobreza de la tierra, constándole que el hombre que lo gobernase no tenía necesidad de tanta casa como él tenía, sino dos pajes y un mozo de espuelas, porque en aquel tiempo en todo el reino no se sacaba oro si no era en las ciudades Santiago y Serena (después acá se ha ennoblecido el reino por el mucho oro que se ha sacado y sacan de ordinario, y se sacara de cada día más, si las guerras no lo hubieran estorbado); por este respeto despidió alabarderos y criados, que aunque tenía veinte mill pesos de salario no los cobraba, que no había tanto dinero en las cajas del rey que se pudiese pagar: quedando tan a la ligera, que después de haber repartido sus caballos y algunas preseas en amigos y en otros aficionados, mandó juntar el pueblo en las casas de su morada, en una sala grande. Les habló desta manera; destocándose comenzó a decilles: «El marqués mi padre me envió a este reino como a gobierno que estaba a su cargo, hasta que su majestad otra cosa mandase, y por más serville me quise ocupar, como vuestras mercedes han visto, en paz y en guerra, en todo aquello que en general se ha ofrecido, gastando mi edad en cosas virtuosas, como es poblar ciudades, quietar esta provincia. Siendo Dios servido, conforme a un deseo, darme buenos sucesos para ampliar este reino, pues de mis trabajos ha resultado tener vuesas mercedes remedio en sus casas y principio para ser ricos, de que yo me huelgo infinito, aunque no saco desto barato, sino haber gastado lo que traje del Pirú mío, y lo que mi padre me dió, que con ello, y con lo que después me envió, pudiera ser rico: me huelgo en gran manera salir de Chile pobre, pues todos vieron la casa que traje cuando en este reino entré, y la que agora tengo; y saber que no lo he vendido, sino que lo he dado, y mucha parte dello gastado para sustentarme; y que vine mozo, y agora parezco diez años de más edad de la que tengo; y es cierto que si a Chile pobre hubiera venido, y me estuviera en el Pirú, tuviera más de doscientos mill pesos, con que pudiera en Castilla comprar más de diez mill ducados de renta. Esto creo bien lo conoscerán todos ser ansí, pues en verdad que pueden vuesas merecedes creer que siento tanto salir de esta ciudad, como cuando salí de casa de mi padre para venir al Pirú, por tener conoscidos a todos, unos por amigos y a otros por aficionados; quisiera no ir a Santiago, mas conviéneme desde más cerca tratar y comunicar con mi padre dé orden en mi remedio con su majestad, pues le ha servido como todos han visto. Es el mandar tan envidioso de suyo, y todo gobierno presente tan odioso, que aunque en esta tierra tengo muchos amigos, sé que tengo más enemigos; pero con verdad ninguno dellos dirá que me he hecho rico en Chile; a mí ni a mis criados he enriquecido, antes algunos amigos míos, por seguirme, gastaron sus haciendas, y se han quedado sin ellas, y yo no he podido dalles otras, ni tengo de qué recompensalles como yo quisiera.» Y en lo último les dijo: «Enternéscome tanto, que no puedo decir la que quisiera.» Volviendo las espaldas con buen comedimiento, los dejó y se metió en su aposento. Fué cosa de notar que los que estaban presentes hubo pocos que no arrasasen los ojos de agua, aunque muchos estaban mal con él, porque en el repartimiento que hizo de los indios tuvo más cuenta con los que consigo trajo del Pirú que con los antiguos que en el reino había; como era cierto habían servido mucho al rey, dejó a muchos dellos necesitados, sin remedio, e ansí lo están el día de hoy: de esto se quejaban dél, y deseaban velle fuera del reino, porque su nombre en aquel tiempo les era odioso.
Desde a dos días después de haber repartido su recámara entre algunos vecinos y amigos, se fué a Santiago, donde fué bien rescebido, por saber había mudado mucho en condición y aspereza, que si don García no entrara en Chile tan altivo despreciando los hombres, y tuviera alguna afabilidad y llaneza, fuera en gran manera bien quisto; y ansí en Santiago le querían mucho. Desde a poco le llegó nueva el marqués su padre era muerto, y que venía por gobernador de Chile Villagra, a quien había enviado preso cuando entró en el gobierno; luego se retiró a un monasterio de la Orden de Sant Francisco, que parescía había adivinado lo que había de pasar por él, y mandó a un navío pequeño que se halló en el puerto de Santiago fuese a la Ligua, que es un río entre la ciudad de la Serena y el puerto de Valparaíso, veinte e dos leguas de Santiago; allí se embarcó con dos criados para el Pirú. Poco antes de su partida fué Dios servido se descubriesen las minas de Chuapa, cosa riquísima de oro, y las minas de Valdivia, por extremo ricas, que dellas unas y otras se ha sacado en catorce años grandísimo número de pesos de oro.
Era don García cuando vino al gobierno de Chile de veinte años; gobernó cuatro años bien y con buena fortuna; tenía buena estatura, blanco, y las barbas que le salían negras, los ojos grandes; bien hablado, y se preciaba dello; honesto en su vivir, porque para la edad que tenía nunca se le sintió flaqueza en vicio de mujeres; era amigo de visitar pocas, y no tan de ordinario que se le echase de ver. Trajo consigo algunos hombres principales y viejos, a los cuales se sabía que el mismo don García corregía de algunos vicios, que era mucho para tan poca edad no caer él en ellos. Dejó por su teniente de todo el reino al capitán Rodrigo de Quiroga, para que como su persona lo tuviese en justici







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