Алонсо де Гонгора Мармолехо. История Чили со времен открытия и до 1575 года. Alonso de Góngora Marmolejo. Historia de Chile desde su descubrimiento hasta el año 1575


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De cómo don García llegó a Cañete y de las cosas que hizo, y de cómo desbarató el fuerte que los indios tenían hecho en Quiapo, y del castigo que en ellos hizo

Teniendo don García nueva cuánto convenía su persona en la provincia de Arauco y Tucapel, por algunos movimientos que entre los indios había, a causa que el capitán Reinoso, dejado el fuerte, se salió con la gente que tenía a poblar la ciudad y que cada uno de los vecinos edificase en su solar y hiciese casas en que viviese, puestos en esta obra, viendo los indios que estaban en parte donde les pudiesen hacer algún daño, trataron una noche dar en ellos, porque estando sin fuerte como estaban harían alguna suerte, que era lo que siempre habían pretendido, tener algún suceso bueno para levantar a los demás, tomando todos más ánimo para lo de adelante. Con esta determinación se juntó mucho número de indios junto al asiento de el pueblo para hacer su efeto cuando les pareciese. Reinoso, que tuvo plática de lo que trataban, mandó luego recoger a todos los vecinos y soldados que estuviesen juntos para toda hora que se les ofreciese caso repentino, y mandó juntar alguna piedra y hacer con ella una pared de altura hasta los pechos por la frente, y por los lados mandó hincar varas gruesas en la tierra con otras atravesadas y atadas. Con esta prevención le pareció estaba al seguro, y despachó dos mensajeros haciendo saber a don García todo lo que se hacía ansí por su parte como por la contraria. Don García envió luego a don Luis de Toledo con cincuenta hombres a caballo muy a la ligera. Llegó a tiempo, que aquella noche se esperaba pelear. Con este socorro ceso fortificar el sitio, y por los indios entendido mudaron propósito.
Desde a tres días llegó don García con docientos hombres, y mandó luego trazar cuatro solares en cuadro, y con dos pares de tapiales la mandó cercar, y con tanta presteza que en quince días estaba esta obra acabada de dos tapias en alto, con dos torres altas de adobes que señoreaban el campo y el fuerte, puestas dos piezas de artillería en cada una. Andando en esta obra, un día en público se comenzaron de alzar los indios, que cierto dió pena a todos ver que de nuevo se había de volver a hacer la guerra. Los indios se juntaron en el fuerte que habían hecho en Quiapo más número de ocho mill indios para pelear en él, porque, demás de los que estaban dentro en el fuerte, eran muchos los que con las armas en las manos estaban esperando el suceso que tendrían para dar ellos por un lado en los cristianos o en los bagajes, como mejor les pareciese. Don García, después de haber acabado la fuerza que hacía, dejó en ella al capitán Juan de Riba Martín, de las montañas de Burgos, hidalgo noble, y setenta soldados con él, y no le dejó más porque, estando en tan buen fuerte, bastaban para sustentallo hasta quél hubiese hollado la comarca y desbaratado los indios que le estaban esperando en el camino, para el cual efeto le era necesario llevar fuerza de gente, y que siendo tiempo, él le proveería de la que hubiese menester.
Llevando consigo al capitán Reinoso por su maestro de campo, y con trecientos hombres bien aderezados de armas y caballos, con dos piezas de campo, se partió la vuelta de Quiapo, que era en donde los indios le esperaban. Todos los demás comarcanos se fueron detrás de él a hallarse en aquella junta donde esperaban una gran vitoria. Llegó don García en dos jornadas, y otro día luego por la mañana los fué a reconocer. Después que vió el sitio que tenían trató cómo desbaratallos, y para el efeto repartió por cuarteles la gente y mandó asestar el artillería contra los indios y palos que tenían por delante, y luego los comenzó de batir. Los indios, cuando se disparaba el artillería, se echaban en tierra, y después de pasadas las pelotas, tomaban las armas guardando su puesto. Tenían ansí mesmo por delante de el fuerte muchos hoyos en que cayesen los que quisiesen entrar a ellos. Los cristianos se llegaron disparando sus arcabuces y lanza a lanza peleaban por entrar; los indios les defendían la entrada: ¡era hermosa cosa de ver! Don García mandó que por las espaldas fuese una cuadrilla de arcabuceros y con ellos algunos soldados de lanzas y dargas para que mejor se bandeasen unos a otros. Estos llegados pasaron una ciénaga pequeña que hacía junto al fuerte y llegaron a la palizada sin que fuesen vistos, ni los indios mirasen en ellos: como estaban revueltos peleando y con tanto sonido de arcabuces y los dos tiros de campo que los ensordecían, pudieron quitar dos anaderos y por aquel hueco que hacía de puerta entró delante un soldado llamado Francisco Peña, y tras de él, Hernando de Paredes y Gonzalo Hernández Buenosaños, con los demás que tras de ellos iban disparando en los indios los arcabuces, los cuales, como volvieron las caras, viendo a los cristianos junto a sí, y que los demás con quien estaban peleando los apretaban mucho, viéndose perdidos, se arrojaron por una quebrada de cañas que junto al fuerte estaba, sennialada entre ellos para si les decía mal retirarse por ella. Los cristianos, como entraron apresuradamente, mataron muchos y tomaron a prisión muchos más, porque los que mandó matar el maestro de campo por justicia, como hombre que conocía sus maldades, pasaron de sietecientos. Fué tan grande este castigo y puso tanto temor en toda la provincia, que los que se habían alzado vinieron a servir de allí adelante.
Hecho esto, don García pasó a Arauco, sin haber indio que más osase pelear con él ni con capitán suyo, porque en ventura deste mozo sucede bien todo lo que manda. Esta plática en general traían los indios entre sí, porque en aquel tiempo don García era mancebo desbarbado. Llegado a Arauco, le vinieron algunos principales de paz: éstos a entender qué hallaban en él, sospechosos de sus culpas, venían a tentar para obrar adelante conforme a lo que de presente hallaban. Allí dejó al capitán Reinoso para que acabase de asentar aquel valle y le hiciese una casa en el sitio y lugar donde Valdivia la había tenido, y él se fué a la Concepción.
Capítulo XXXI

De las cosas que hizo don garcía llegado a la concepción

Después de haber tenido don García tan buen suceso en guerra y paz, y reparado las ciudades de el reino de gente, armas y municiones, se fué a la Concepción por respeto de estar en mitad de el reino para los negocios que se ofreciesen, ansí de guerar como de gobierno. llegado [a] aquella ciudad envió sus capitanes [a] acabar de asentar sus términos, y trató con los vecinos se proveyesen de herramientas y bastimentos con que el verano adelante todos sacasen oro para acreditar aquel pueblo y reparar las necesidades, pues estaban tan pobres. Venida la primavera, como estaban pertrechados, cada uno comenzó con los más indios que pudo, haciendo asiento en lugar que con alguna seguridad pudiesen los cristianos estar a manera de fuerte, siete leguas de la Concepción; día sennialado para todos se comenzó tomando minas por orden. Traía don García por sus criados sacando oro seiscientos indios; que dando las minas buenas muestras se aprovechaban en general vecinos y soldados, y los que a las minas iban sacaron aquel año mucho oro, con que se proveyeron para adelante de ganados, ropas y otras cosas de que tenían necesidad para sus personas, y a la voz de el oro acudieron mercaderes con sus haciendas. Usó don García aquel año de mucha generosidad con pobres casados y con algunos soldados y criados que le servían, de hacelles dar todo el oro que en las minas le sacaban de domingo a domingo, repartiendo las semanas a cada tino conforme a su necesidad y merecer; que cierto, aunque otras cosas tuvo de mancebo, siempre resplandeció en él mucha virtud: desta manera repartía el oro que le sacaban, aprovechándose él poco, si no era de la gloria que rescebía en dallo.
Desde la Concepción proveía [a] Arauco y a Cañete de gente siempre que le avisaron tenían della necesidad, y envió al capitán don Pedro de Avendaño con cuarenta soldados a caballo que anduviesen en la comarca de Cañete asentando los indios que estaban poblados en la sierra y castigando a los de guerra. Era don Pedro hombre cruel con los indios; rescebía gran contento, [en] matallos, y él mesmo con su espada los hacía pedazos; de que le tenían gran temor en toda la provincia, y esta crueldad le causó la muerte, como adelante se dirá, porque unos indios conjuraron contra él y lo mataron.

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