Алонсо де Гонгора Мармолехо. История Чили со времен открытия и до 1575 года. Alonso de Góngora Marmolejo. Historia de Chile desde su descubrimiento hasta el año 1575


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Acaeció una cosa entonces, que por ser dina de memoria la escribo, para que entienda el que esto leyere y considere cuán valientes hombres son estos bárbaros, y cuán bien defienden su tierra. Unos corredores le trajeron a don García un indio, al qual mandó que le cortasen las manos por las muñecas; ansí castigado lo envió a donde los señores principales estaban, y que les dijese si le venían a servir les guardaría la paz, y si no lo querían hacer que a todos había de poner de aquella manera. Ellos, tomando por instrumento o castigo hecho en el indio para su disinio, hablaron su gente, y para ello tomó la mano el Queupulican, como después se supo por cierto, y les dijo como ya vían los cristianos estaban dentro en sus casas, y que éstos eran los mesmos que otras veces habían desbaratado, y que agora, porque se vían muchos juntos, los enviaban amenazas; que todos peleasen animosamente, teniendo tino a la vitoria, de la cual todos quedarían ricos, pues era cierto traían grande cantidad de ropas, caballos y otras muchas preseas de que habían de estar muy regocijados, pues les cabría tanta parte de el despojo a todos en general, y que si lo que él no creía, le sucediese mal, no tuviesen temor de dar otra y otra batalla, hasta morir todos: y que cuánto mejor les era morir peleando valientemente, que no verse como aquel indio cortadas las manos: y para más animallos andaba el indio las manos cortadas por el escuadrón diciendo a todos su mal.
En este punto y de la manera dicha estaban los indios en su escuadrón representada la batalla, y entre ellos el indio sin manos diciéndoles en voz alta que peleasen, no se viesen como él. Los indios, viendo que a sus compañeros hasta entonces no les iba mal, sino que peleaban bien, estaban parados esperando a los cristianos que iban poco a poco a ellos. Comenzó a jugar la artillería tan bien que, metiendo las pelotas en la multitud, hicieron grande estrago y pusieron mayor temor, porque yo vide una pelota (que me hallé presente y peleé en todo lo más de lo contenido en este libro) que yendo algo alta, primero que dió en los enemigos llevó por delante grande número de picas que las tenían enhiestas, haciéndoselas pedazos, y sacándoselas de las manos los dejaban con espanto de caso tan nuevo para ellos, porque aunque otras veces habían peleado contra artillería, era pequeña y no había hecho en ellos tanto daño. Don García llevó por delante dos compañías de arcabuceros con grande determinación, disparando en el escuadrón sus arcabuces, derribando muchos a causa de tomallos juntos: y viendo tres estandartes de a caballo que venían a romper con ellos y el artillería que no cesaba, no pudiendo sufrir su perdición volvieron las espaldas, los de a caballo entre ellos alanceando muchos; y por estar cerca una quebrada grande y honda escaparon los más echándose por ella: allí los mataban los soldados de a pie a estocadas y lanzadas: muchos se rindieron, que pasada aquella furia escaparon las vidas con pequeño castigo. El otro escuadrón que peleaba con el capitán Rodrigo de Quiroga, como vido su daño tan al ojo, por no pasar por donde sus amigos y compañeros huyeron y por ser el sitio donde se peleaba áspero, murieron pocos.
Tomáronse entre todos sietecientos indios a prisión, sin más de otros tantos que murieron peleando. Serían los indios que vinieron aquella mañana, a lo que ellos dijeron, diez mill indios, aunque todos no llegaron a pelear por la tardanza que tuvo el postrero escuadrón. Tomáronse prisioneros diez caciques, señores principales, que hacían oficio de capitán: Queupulican, capitán mayor, huyó. A estos principales, don García los mandó ahorcar todos. Allí se vido un cacique, hombre belicoso y señor principal, que en tiempo de Valdivia había servido bien, indio de buen entendimiento, después de haber procurado que lo diesen la vida, no pudiéndolo alcanzar, aunque muchos lo procuraron por ser tan conocido. Este, viendo que a los demás habían ahorcado, rogó mucho al alguacil que lo ahorcase encima de todos en el más alto ramo que el árbol tenía, porque los indios que por allí pasasen viesen había muerto por la defensión de su tierra.
De los cristianos no murió ninguno; hubo muchos heridos aunque no de heridas peligrosas; tomáronse armas, cosa increíble.

Capítulo XXVII

De cómo don García de Mendoza pobló la ciudad de Cañete, y de lo que allí le sucedió

Después que don García desbarató los indios en Millarapue, y hecho castigo en los que se tomaron a prisión, partió con su campo la vuelta de Tucapel, unas veces por buen camino y otras por malo, tal cual las guías que le llevaban le decían. Llegó en tres jornadas a la casa fuerte que Valdivia en su tiempo allí tenía, que della no parecía más de sólo las ruinas. Después que asentó su campo, envió otro día desde aquel asiento a recoger y buscar bastimento por compañías. Los indios de aquella provincia, cuando vieron que había hecho asiento, por guardar sus bastimentos y tenellos secretos, quemaron todas sus casas, que era en donde los tenían debajo de tierra, escondiéndolos en unos silos, pareciéndoles como el fuego de la casa caía encima, quedaba el silo guardado. Era gran lástima ver arder tantas casas voluntariamente, puesto el fuego por los propios cuyas eran, que para de indios eran muy buenas. Los cristianos apartaban las cenizas después de muerto el fuego, y sacaban de los silos todo lo que hallaban, y ansí se trajo al campo mucho trigo, maíz y cebada.
Los indios, como vieron tanto cristiano, servicio y caballos, y sabían que con grande crueldad los habían muerto y castigado dos veces que peleado habían, no osaron por entonces probar ventura: y ansí se subieron a la montaña, como tierra áspera, con sus mujeres e hijos, esperando ver si los cristianos se dividían para tomar conforme al tiempo el consejo, y ansí se estuvieron a la mira.
Don García mandó, para seguridad de la gente que allí había, de dejar se hiciese un muro que cercase el sitio que la casa fuerte antiguamente tenía en frente de una loma rasa que hacía de una esquina a otra de el mesmo fuerte, porque lo demás de suyo estaba bien fortificado, con un foso grande y peinado. Repartidos los cuarteles, señaló a cada una compañía lo que había de hacer. Hízose esta obra con tanta brevedad, que no es creedero decillo, porque sacar la piedra y traella a los hombros, hacer la mezcla y asentallo, todo fué acabado en tres días, con dos torres grandes, en que estaban a las esquinas de el fuerte cuatro piezas de artillería. Puesto en esta defensa, envió algunas compañías a correr y tomar plática de los indios, si querían venir de paz o de como se sentían, porque ningún indio quiso venir a serville, de que se entendía su pertinacia.
A este efeto fué el capitán Rodrigo de Quiroga con una compañía de caballo a correr el campo. Los indios, que desde lo alto lo vieron con poca gente, y que no eran más de cuarenta de caballo, dieron aviso a los demás que por allí estaban juntos, y con grande ánimo bajan a pelear con el número de mill indios, mostrándosele por delante, y para el efeto suyo dejándole pasar una quebrada de mal camino y despeñadero, diciendo que si los desbarataban, cincuenta indios que tornasen el alto les defenderían el paso y allí los matarían todos. Traían los indios en este tiempo para defenderse de los arcabuces unos tablones tan anchos como un pavés, y de grosor de cuatro dedos, y los que estas armas traían se ponían en el avanguardia, cerrados con esta pavesada para recebir el primer ímpetu de la arcabucería, y ansí se vinieron poco a poco hacia los cristianos. El capitán Rodrigo de Quiroga juntó su gente, y les dijo que no podían dejar de pelear, porque si se retiraban y hallaban tomado el paso se habían de perder: que era mejor, pues estaban en tierra llana, romper con aquellos indios con determinación de hombres, pues no les iba menos que las vidas; porque, demás de la flaqueza que se hacía en no pelear, no había camino por donde pudiesen volver que no estuviese cerrado, y que desbaratándolos todos lo hallarían abierto. Luego hizo de la gente que llevaba dos cuadrillas: puestos en ala, rompió con ellos, y aunque los caballos entraron por ellos, y atropellaron muchos y alancearon otros, no por eso dejaron los indios de pelear, alanceando muchos soldados y caballos, aunque los llevaban bien armados de cueros cudrios, no dividiéndose los cristianos, sino siempre juntos y cerrados. Después de haber peleado un buen rato, desbarataron los indios, con muerte de muchos de ellos.

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