Алонсо де Гонгора Мармолехо. История Чили со времен открытия и до 1575 года. Alonso de Góngora Marmolejo. Historia de Chile desde su descubrimiento hasta el año 1575


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Juan Ramón, usando oficio de soldado más que de capitán, no guardó la orden que llevaba, antes trabó batalla con los indios, andando envuelto con ellos; mataron algunos y quedaron de los cristianos también heridos, haciendo de ordinario arremetidas dentro en los indios, que como era tierra llana y venían en seguimiento de caballos no podían venir juntos; derribaron algunos de los caballeros a lanzadas, que ponían éstos a los demás en mucha necesidad por socorrellos. Un soldado natural de Sevilla, llamado Hernán Pérez, se arrojó entre muchos indios por alcanzar uno en quien había puesto los ojos; diéronle muchas lanzadas, y si no le socorrieran Diego de Aranda y Campofrío de Carvajal con otro, lo mataran allí; mal herido él y su caballo escapó de no ser muerto con los demás que le fueron a socorrer, por acudir tantos soldados valientes en su favor, y ansí peleando los trajeron tres leguas de camino llano hasta ponerse a vista de el campo. Don García los esperaba con orden de guerra, la infantería a los lados de la caballería y sacada una manga de arcabuceros que peleasen en la parte que pareciese convenir más. Los indios, como llegaron a vista del campo y vieron tanto estandarte y banderas, viéndose perdidos se llegaron a una ciénaga, y en ella se hicieron fuertes, porque el lugar lo era de suyo para gente desnuda, que si aquel día alguno de los capitanes diera aviso a don García conforme a la orden que llevaban, se hiciera una suerte que no escapara indio ninguno, y ansí se fueron por la ciénaga sin que se les hiciese mal. Otro día después de bien informado de lo hecho el día de atrás, estando el campo asentado en donde los indios habían tenido el fuerte, se movió plática de lo pasado. El capitán Reinoso decía que Juan Ramón como maestro de campo tenía el mando, y que él tenía de dar aviso, pues él no era allí más de un soldado: que lo que a su cargo había llevado lo había hecho y avisado de todo lo que convenía: que su maestro de campo, si había querido pelear y no avisalle, ¿qué culpa tenía él de ello? Don García, después de haberles oído y enojado con las disculpas que daban, les dijo que no había ninguno dellos que tuviese plática de guerra a las veras, sino al poco más o menos, y que vía y sabía que no entendían la guerra, por lo que dellos había visto, más que su pantuflo. Entre los presentes tenido fué por blasfemia grande para un mancebo reptar capitanes viejos y que tantas veces habían peleado con indios, venciendo y siendo vencidos por hombres tan torpes de entendimiento. Fué causa lo que aquel día dijo para que desde allí adelante en los ánimos de los hombres antiguos fuese malquisto. Don García, como era hombre de buen entendimiento y tenía el supremo mando, arrojábase con libertad a lo que quería, de lo cual era causa su edad.
Desde allí se partió para Arauco y envió escolta de caballo delante que le descubriese la cuesta grande donde habían desbaratado a Villagra. Llegado aquel día al llano se regocijaron todos con una hermosa escaramuza de caballo y de a pie, y para más buena orden en esta jornada, llevaba un navío por la costa surgendo por las jornadas que el campo hacía, y [para] proveelle de lo que hubiese menester. Allí mandó se sacase algún bastimento para proveer el servicio de el campo, que iba falto de ello, y al maestre de el navío mandó se fuese de allí para su seguridad a una isla que estaba cerca y de buen puerto, llamada de Santa María.

Capítulo XXVI

De cómo salió el campo de Arauco para ir a Tucapel, y de la batalla que le dieron los indios en Millarapue

Llegado que fué don García al valle de Arauco, estuvo dos días en él y envió en ellos a su maestro de campo que reconociese sitio donde se pudiese mudar de allí. Trájole relación que de la otra parte del río que pasa por este valle estaba un llano muy a propósito, porque tenía cerca todas las cosas de que tenía necesidad. Otro día levantó el campo y se fué [a] aquel asiento: desde allí envió a correr y descobrir el camino de adelante y tomar plática de los indios, que por no parecer ninguno era señal debían de estar juntos. Arnao Cegarra, que era contador del rey, natural de Sevilla, fué con una compañía de caballo esta jornada. Queriendo don García guiarse más por calidad que por plática de guerra, pues era cierto Arnao Cegarra no tenía ninguna, y ansí no llevando su gente recogida para lo que le sucediese, un soldado entró por el monte tras de unos indios, que como le vieron solo revolvieron sobre él, y peleando lo mataron, después de haberlo buscado, que lo vinieron a hallar despojado de las armas y vestidos, lo cargaron en un caballo y llevaron al campo a enterrar. Don García, desgustoso por la mala orden que se había tenido, dió una reprehensión al que los llevaba a su cargo, y no le encomendó cosa otra alguna.
Después de esto envió al capitán Rodrigo de Quiroga que tomase lengua de un fuerte, en donde le decían estar juntos los indios esperándole. Yendo su camino, llegó a un paso cerrado con muchos árboles grandes cortados, que junto al camino los había criado naturaleza; estos árboles cayendo cerraban el camino, de suerte que no se podía pasar por él si no era quitando aquel impedimento; y para habello de quitar había de ser el trabajo mayor, porque era mucha la longitud, y los indios pretendían ocupallos en aquella obra para pelear con ellos en aquel monte, teniéndolos encerrados en él. Después que hubo reconocido lo que convenía, se volvió y dijo a don García era trabajoso llevar el campo por aquel camino. Por este respeto acordó en su consejo de guerra llevarlo por la tierra llana entre la costa de la mar y el camino cerrado; pues había caminos muchos y buenos que iban perlongando la tierra, el viaje que se llevaba, sin rodeo alguno; cuanto más que aunque lo hubiera se tenía por mejor.
Echado bando para partir, las espías que estaban dentro de el campo dieron luego aviso el camino que llevaba. Siendo informados, y pareciéndoles que de temor había dejado de ir el camino de el fuerte por no pelear con ellos, se determinaron aquella noche ir, y al amanecer pelear con él en donde estaba antes que saliese a mejor tierra, porque la de Millarapue, que ansí se llamaba donde tenía don García el campo asentado, por ser, como era, tierra doblada de valles y cerros, aunque pequennios, era mucho a su propósito, y que tendrían ventaja a los caballos. Con esta determinación salieron de el fuerte repartidos por tres partes, teniéndole en poco a causa de las muchas vitorias y buenos sucesos de atrás; los tenían tan soberbios, que sin consideración alguna, sino como hombres temerarios, la siguiente mañana al amanecer vinieron sobre el campo: traían por su capitán mayor a Queupulican, hombre de grandes fuerzas y muy cruel. Luego que fueron descubiertos de las centinelas, que aún no se habían retirado, tocaron arma. Los indios, oyendo una trompeta que se tocó en el campo, entendiendo por ella eran descubiertos, dieron una grande grita, a la cual despertó todo el campo: tomando las armas esperaron la orden que se les daba. Los indios caminaron hasta ponerse a tiro de mosquete, allí hicieron alto por dos partes que venían caminando, los unos a vista de los otros; y cuando los unos hicieron alto, los otros pararon y se estuvieron quedos. Representada la batalla, llamando a los cristianos a ella, el otro escuadrón que venía por las espaldas tardó tanto, que no llegó a tiempo de pelear. Don García mandó cargar el artillería, que eran cuatro piezas de campo que estaban puestas en un alto y señoreaban los indios bien al descubierto: dejó por guarda de el campo una compañía de infantería, de que era capitán un caballero de Plasencia, llamado don Alonso Pachecol y proveyó que dos compañías de caballo y una de infantería se pusiesen al encuentro de los indios, y que no peleasen si no les compeliese necesidad, hasta que él lo mandase. Ellos, no teniendo sufrimiento para guardar la orden que les fué dada, rompieron con los indios, y anduvieron peleando de tal suerte, que dos soldados que entraron en ellos los derribaron de los caballos: socorriólos el capitán Rodrigo de Quiroga con algunos infantes y gente de caballo. Los indios les tenían ventaja, porque se peleaba en poco llano y muchas laderas, y en saliendo de el llano que tenían no los podían enojar, si no eran los infantes, que hicieron mucho efeto, porque andando peleando iban siempre ganando con ellos. El otro escuadrón, que estaba a la mira, mejor ordenado, cerrado con sus capitanes delante poniéndolos en orden, atados unos rabos de zorra a la cinta por la parte trasera, que les colgaba a manera de cola de lobo, por braveza entre ellos usada: éstos traen los más señalados y valientes.

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