Алонсо де Гонгора Мармолехо. История Чили со времен открытия и до 1575 года. Alonso de Góngora Marmolejo. Historia de Chile desde su descubrimiento hasta el año 1575


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En este tiempo el marqués de Cañete venía proveído por visorrey de el Pirú y capitán general. Llegado a la ciudad de los Reyes, y rescebido por el Audiencia que en ella reside, desde a pocos días muchos hombres principales, vecinos de Chile, que estaban esperando Alderete, le fueron a besar las manos, informándole de el estado de Chile y la grosedad de la tierra; le suplicaron y pidieron por merced les diese a don García, su hijo, por gobernador. El marqués, después de haberlo pensado, se determinó enviarlo, porque gobernando el padre el Pirú y el hijo a Chile, de gente, armas y lo demás necesario, lo proveería; y para que hubiese buen efeto tener de paz el reino, y por poner a su hijo en buen lugar, teniendo atención a lo de adelante, porque siendo, como era, mancebo, tenía aparejo desde aquel puesto para grandes efetos. El marqués, como era hombre prudente, considerado todo lo proveyó, y para que viniese conforme a la calidad del padre y presunción suya, mandó hacer gente en Lima, y rogando a otros personalmente que ayudasen a don García en aquella jornada, entendiendo que al marqués daban contento, muchos hombres nobles se ofrecieron irle a servir: algunos por culpa que sentían en sí de las rebeliones pasadas quisieron tenelle propicio, y muchos hidalgos que habían venido de Castilla con Alderete. Y para mejor efeto, el marqués, como era generoso y liberal, gastó de la hacienda de el rey número de cien mill pesos, que dió en socorros y ayudas a muchos soldados que con don García venían. Juntó el marqués para la jornada trecientos hombres, y con tres navíos bien aderezados de artillería, arcabuces y mucha munición de guerra, lo envió que gobernase el reino de Chile, y acompañado de religiosos, hombres de buena vida y ejemplo, salió a la vela de el puerto, de los Reyes, año de 1557. Con buen tiempo que tuvo llegó en tres meses a la ciudad de la Serena; fué rescebido con grande alegría de el pueblo. Estando allí le llegaron procuradores de Santiago pidiéndole por merced quisiese entrar en aquella ciudad; rescibiólos amorosamente, y los despachó diciendo que él venía a poblar la ciudad de la Concepción, por cuyo respeto no pensaba entrar en Santiago por entonces; que rescebía su voluntad y se lo agradecía mucho.
Tratando con Francisco de Aguirre, en cuya casa posaba, de algunas cosas de el reino, entendió de él no estaba bien en amistad con Villagra, y que era cierto las revueltas que en el Pirú había habido, las más habían sido por no ponelles remedio breve. Quiso atajar lo que algunos le decían podía ser; siendo como eran hombres poderosos, y tenían muchos amigos, era bien quitalles la ocasión y enviallos al Pirú, mientras a la tierra de Chile se hacía la guerra y la ponía de paz. Con este acuerdo envió a la ciudad de Santiago, llegado que fué a la Serena, embarcasen a Villagra y lo enviasen a donde él estaba. Preso Villagra, como atrás dijimos, lo llevaron en un navío. Entrando por el puerto, comenzó a hacer salva con el artillería que llevaba, y un galeón que estaba surto en el mesmo puerto, respondió a la selva con el artillería que tenía. Don García mandó ir a ver qué era: supo traían preso a Villagra. Holgándose infinito, lo mandó visitar de su parte, y que lo pasasen a otro navío, en donde estaba Francisco de Aguirre preso, y escribiendo al marqués, su padre, los entregó a un hijodalgo, natural de Bormes, en Alemaña, llamado Pedro Lisperguer, que los llevase a su cargo, el cual se hizo con ellos a la vela y fué al Pirú, donde los entregó al marqués de Cañete, que los rescibió con mucho amor y mucho honor, y porque iban pobres les mandó dar dineros que gastasen de presente, dándoles esperanza de hacelles mucha merced; se andaban en su corte, como ellos querían, hasta que desde a dos años Aguirre se volvió a Chile con licencia que le dió el marqués.

Capítulo XXIV

De cómo don García de Mendoza llegó a el puerto de la Concepción, y de lo que acaeció hasta que llegaron los de a caballo por tierra

Siendo rescebido don García por gobernador, como atrás se ha dicho, después que envió a Villagra y Aguirre al Pirú, se hizo a la vela de el puerto de la Serena para la Concepción, enviando primero al capitán Juan Ramón que diese orden en llevar los soldados, y vecinos que le habían de ayudar en la guerra presente a la primavera: y para que tuviesen buen aviamiento, envió con él a Jerónimo de Villegas, que traía comisión de contador de cuentas, para que en la caja del rey se pagasen las libranzas que don García diese, y con orden que tomase la ropa que le pareciese nescesaria para proveer soldados, que era informado estaban pobres y desnudos. Con esta orden de ropa y armas, estando en ello ocupado, llegó don Luis de Toledo por tierra con número de gente que por traer caballos de el Pirú se había puesto en aquel camino con título de coronel para en todas las cosas de guerra. Don García llegó al puerto de la Concepción con dos navíos, y hasta ver y reconocer la tierra tomó puerto en una isla que hace en mitad de la bahía, por no tener caballos que le descubriesen y asegurasen la campaña. En esta isla estuvo cuarenta días con docientos hombres, sustentándose de ración que les mandaba dar del matalotaje que traía. Desde allí envió algunos capitanes con un barco reconociesen lugar donde se pudiese hacer un fuerte cerca de la mar en parte segura para podellos proveer de el armada.
Estando en esta obra ocupado, llegó un navío de Santiago con mucho bastimento que aquella ciudad le enviaba, parte de ello en servicio y parte comprado con la hacienda de el rey. Los que fueron en el barco hallaron en una punta sobre la mar sitio que para fortaleza con poco trabajo se ponía en mucha defensa; con esta nueva mandó venir allí los navíos y salir la gente en tierra; con herramientas que traían lo comenzaron a hacer, y tanta priesa se dieron que en seis días lo tenían acabado.
Todos recogidos dentro de él con sus tiendas y pabellones, daba contento a la vista, fortificándolo de cada día más, puesto en buena defensa con sus piezas de artillería asestadas al campo y esperando a los capitanes que por tierra venían con la gente de caballo, haciéndosele a don García cada día un año.
Acaeció que los indios, como hombres que tantas victorias de cristianos habían tenido, se juntaron y trataron qué orden tendrían para pelear, pareciéndoles que era nueva manera de guerra aquella que traían, estando dentro del fuerte, velándose de noche y no entrándoles la tierra adentro; enviaron algunos indios sueltos que de noche reconociesen el fuerte, pues por falta de caballos lo podían bien hacer y llegar sin temor alguno. Sabiendo de sus amigos y parientes que venía por tierra caminando mucha gente de caballo, aunque no sabían el número cierto más de que eran muchos, se determinaron antes que llegasen pelear con los que en el fuerte estaban. Con esta determinación en quince de agosto año de 1557, una mañana a las diez de el día parecieron en una loma rasa grande número de indios juntos. Los cristianos, visto que eran muchos, dando arma se recogieron todos. Como no tenían caballos que los reconociesen, hasta ver qué era su disinio se estuvieron quedos. Los indios comenzaron a caminar hacia la trinchea número de tres mill, que no esperaron se juntasen más; como hombres que venían a cosa ganada, porque les cupiese más parte de el despojo, no esperaron más gente. Don García mandó que ningún arcabucero tirase, ni pieza de artillería disparase hasta que él lo mandase; con esta orden esperaron qué harían. Los indios llegaron a la trinchea sin temor alguno jugando de sus flechas; los soldados dispararon en ellos gran tempestad de arcabuzazos, de que mataron muchos. No por esto desmayaron, antes saltando la trinchea llegaron a pelear pie a pie con los que dentro estaban. Allí se vido un indio valiente hombre, dejar su pica de las manos y asir a un soldado llamado Martín de Erbira, natural de Olvera, de la pica que en sus manos tenía, y tirando della con brava fuerza, se la sacó y llevó. Otros indios valientes que quisieron entrar dentro de el fuerte, fueron muertos, y viendo cómo los mataban con los arcabuces y que no les podían entrar, se retiraron, donde a la retirada con el artillería gruesa mataron muchos. Viendo el daño que habían rescebido, se apartaron de allí y procuraron ver si los podrían tomar fuera del fuerte antes que llegasen los de a caballo; y para este efecto les pusieron emboscadas, y como vieron el mucho recato y cuidado con que de ordinario se guardaban, no trataron más de venir sobre ellos, ni parecer hasta tomar plática de lo que harían. Comunicándolo con sus amigos, pues iba por todos, se metieron la tierra adentro.

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