Estando en Santiago tratando en esta cosas y otras, los indios de Arauco, viendo los buenos sucesos que habían tenido en la guerra, se levantó entre ellos un indio llamado Lautaro, mancebo belicoso. Este, ensoberbecido con otros como él, se juntaron número de trescientos indios e, informados de la disposición de la tierra, sabiendo por mensajeros la voluntad que tenían los indios de Santiago para alzarse, tomaron aquel camino con intención de hacer mal a cristianos en todo lo que pudiesen. Caminando cada día se le juntaban más, entendida la demanda que llevaba; y teniendo plática que en el río de Maule sacaban oro algunos cristianos, bien descuidados, llegaron una noche sobre ellos y al amanecer dieron en el asiento que tenían. Levantando una grita como lo suelen hacer, los mineros salieron huyendo; de éstos mataron dos, los demás se escaparon por el monte; los muertos no eran hombres de cuenta. Tornaron algunas mujeres indias de la tierra que tenían de su servicio y toda la herramienta con que sacaban el oro. Con esta presa, el Lautaro, como era ladino en su lengua, hizo una oración a los indios que allí estaban, enviándolos por mensajeros a sus caciques que de su parte les dijesen él había venido a aquella provincia para quitallos del trabajo en que estaban: que les rogaba se viniesen a él llamando a sus comarcanos, porque tenía deseo de les hablar a todos juntos y tratar en cosas de su libertad.
Llegada y extendida la nueva por la provincia, vinieron muchos principales e indios a ver gentes que tan grandes vitorias habían tenido de cristianos. Estando todos juntos, el Lautaro tocó la trompeta que traía de las que en la guerra había ganado; después de habella tocado subió en su caballo, y puesto en medio de todos, porque le pudiesen mejor ver y oír, les comenzó a hacer una oración con palabras recias y bravas, poniéndoles por delante la miseria y cativerio que tenían, y que él, movido de lástima, había salido de su tierra a procuralles libertad; y pues vían cuán oprimidos estaban, tornasen las armas y se juntasen todos, que con la orden que él les daría no dudasen de pelear, porque convenía ansí para alcanzar su deseo, y que echarían a los cristianos de toda su tierra, pues ellos eran hombres y tenían tan grandes cuerpos como otros indios cualesquiera. Con sus pies y manos libres, ¿en qué les podían ellos hacer ventaja, pues todos eran tinos y parientes antiguos? Y que bien habían sabido las muchas vitorias que los indios de Arauco habían tenido de cristianos, y cómo se habían libertado con las armas, que les rogaba las tomasen y enviasen mensajeros los unos a los otros para que todos con una voluntad tomasen aquella guerra. Los indios, animados con esta plática que les hizo el Lautaro, le dieron por respuesta que en todo lo que les mandase le obedecerían y harían su voluntad y le agradecían mucho el trabajo que había tomado por su remedio.
Luego el Lautaro tomó plática de la tierra, y reconociendo la disposición que en sí tenía, llegó a un llano donde les mandó, por ser lugar conveniente, que con las herramientas que tenían hiciesen un foso conforme al lugar que les señalaba, cercado de hoyos grandes a manera de sepulturas, para que los caballos no pudiesen llegar a él; y ansí mesmo les dió orden que trajesen bastimentos para todos, repartiéndolo entre los señores principales por su orden; y como era hombre de guerra, les dijo que no tuviesen duda, sino que los cristianos en sabiendo que estaban allí, habían de venir a pelear con ellos, y que peleando a su ventaja, como las demás veces lo habían hecho, tendrían cierta la vitoria; diciéndoles que los cristianos, aunque eran valientes, no sabían pelear ni tenían orden de guerra, y que andaban tan cargados de armas que a pie luego eran perdidos; que la fuerza que tenían era los caballos, y que para pelear con ellos en aquel fuerte, de necesidad los habían de desamparar y pelear a pie.
Francisco de Villagra tuvo luego nueva de lo que el Lautaro hacía, que parecía los indios le tenían tan ganada su fortuna, que lo venían a buscar, y para reparo de lo que podían hacer, envió a Diego Cano con veinte hombres a caballo. Los indios pelearon con él al paso de una ciénaga en un monte y le mataron un soldado. Diego Cano se retiró a mejor puesto; los indios desollaron el muerto y, lleno el pellejo de paja, lo colgaron en el camino, de un árbol.
Estendida esta nueva por la provincia, tomaron más reputación. Villagra que lo supo, envió al capitán Pedro de Villagra que en la ciudad Imperial había sido su teniente, hombre plático de guerra, porque se venía alzando la provincia, con treinta y cuatro soldados. El Lautaro, como tuvo la nueva, se recogió a su fuerte, y mandó que no les estorbasen el caminar, sino que los dejasen llegar a donde él estaba, y que cuando tocase la trompeta saliesen a pelear por las partes que les señalaba, y cuando la volviese a tocar, se retirasen. Con esta orden esperó lo que Pedro de Villagra haría; el cual llegó y se puso a caballo con toda su gente en un alto junto al fuerte, y mandó a quince soldados se apeasen y llegasen a reconocer de la manera que estaba; con éstos se apearon otros que no se quisieron quedar a caballo. Los indios los dejaron llegar y desque estuvieron junto al fuerte, tocando su trompeta salieron por dos partes, como les estaba señalado; tomándolos en medio pelearon lanza a lanza; los cristianos mataron algunos con los arcabuces. Allí fué cosa de ver un soldado esclavón de nación pelear tan bravamente, que al indio que con su espada alcanzaba lo cortaba de tal manera, que si le daba por la mitad de el cuerpo lo cortaba todo, y al respeto por cualquiera otra parte, llamado de nombre Andrea, valentísimo hombre; de tal manera peleaba que aunque quebró su espada, no osaban los indios llegar a él: ¡tanto temor le tenían!
Viendo Pedro de Villagra que no se hacía efeto y que le herían la gente, los comenzó a retirar. Los indios, que serían número de seiscientos, vinieron tras ellos con tanta determinación que a un soldado natural de Zamora, llamado Bernardino de Ocampo, que había peleado con una espada y rodela valientemente, teniendo ojo en él-llevaba su rodela a las espaldas, porque le guardase aquel lugar de las flechas-un indio le alcanzó y le asió de la rodela con tanta fuerza que quebrantó la correa con que iba asida, la sacó y se la llevó. Pedro de Villagra se retiró tanto como un tiro de arcabuz, que era ya tarde; y otro día con nueva orden volver a pelear. El Lautaro, conociendo que estaba allí perdido, se salió aquella noche del fuerte y se fué al río de Maule, diciendo que él había visto la dispusición de la tierra y que era a propósito para hacer la guerra por ser abundosa de bastimentos; animando a los principales dijesen que compelidos no habían podido hacer menos, porque el Lautaro no los destruyese.
Pedro de Villagra fué luego por la mañana a ver el fuerte. No los hallando en él, se informó iban la vuelta de Maule y no los podían alcanzar, porque iban para su seguridad por el camino de el monte y malos pasos para caballos. Se volvió a la dormida; después de haber hablado a algunos principales, se fué a Santiago. En la cual jornada, entre los émulos que tenía, perdió de reputación en que estaba de hombre de guerra.
Francisco de Villagra luego a la primavera, como vido que no había movimiento alguno en los términos de Santiago, se determinó ir a la ciudad de la Serena, porque de aquella ciudad por muchas cartas le enviaban a llamar, diciéndole que para la quietud de el pueblo convenía residiese algunos días allí. Villagra, a lo que se entendía de él, lo deseaba, porque Aguirre era hombre bravo y de grande ánimo, y le pesaba mucho sufrir mayor; por este respeto se fué a Copayapó para estarse en aquel valle mientras Villagra tuviese mando. Villagra salió de Santiago con treinta soldados, sus amigos; aunque en el camino tuvo algunas armas, diciendo Francisco de Aguirre venía a meterse en la Serena antes que él entrase-que todo fué echadizo-supo cierto estaba en el valle de Copayapó. Llegado que fué al pueblo, le envió a rogar viniese a su casa, porque de su estada allí tanto tiempo los indios eran vejados, y que por el bien de ellos y descargo de su conciencia estaba obligado a decírselo. Aguirre, como en su pecho tenía determinado de no verse con hombre que tan odioso era para él su nombre, lo entretenía con razones aparentes en su descargo. Viendo que en tres meses que había estado en el pueblo no podía persuadirle viniese a él, se determinó personalmente ir allá, y si lo esperara en Copayapó castigallo por justicia, porque tenía consigo gente la que había menester, y más la voz del rey que llevaba. Por otra parte, si Aguirre no lo esperaba, y se retiraba a los Diaguitas o Juries, era imposible venir a sus manos.
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