uren. Los que iban, llevaban por su capitán a don Pedro de Avendaño, hombre en gran manera belicoso y amigo de guerra. Por mucha priesa que se dió en caminar, topó en el camino a los que iban de Puren, que habían desamparado el fuerte; y por dar razón de ello lo quiso él mismo ir a ver si era lo que decían de los muchos indios que habían muerto y estar todo alzado. Llegado don Pedro a la casa vido muchos indios que estaban en ella, todos con sus armas; éstos en viéndolo se juntaron creyendo pelearía. De esta ida resultó que Juan Gómez de Almagro no viniese a manos de aquellos bárbaros, el cual metido en el monte reconoció con el día que estaba cerca del fuerte de Puren; como hombre que había andado muchas veces aquel camino, determinó irse él encubriéndose por los trigos grandes que había en aquel camino por donde había de ir: siendo como eran muy altos, podía ir por ellos sin que le viesen. Yendo así caminando vido venir hacia sí un principal, hijo del cacique y señor de todo el valle. Juan Gómez, cuando lo vido y vió que el indio lo había visto, porque no se alborotase, lo llamó por su nombre que se llegase a él, y se quitó un sayete de terciopelo morado con unos botones de oro y se lo dió, el cual tomó el indio de buena gana; diciéndole no dijese que le había visto, le esperaría allí que le trajese algo de comer, porque tenía hambre; el indio le dijo que sí traería y volvería luego, que le esperase allí y no tuviese miedo. Juan Gómez rescibió gran contento viendo que lo había engañado y que no era cosa fiarse de él; fuese hacia donde vido un poco de monte y debajo el hueco de un árbol que estaba caído de tiempo atrás y que era cenagoso lo de alrededor, mirando bien no pareciese su huella, se escondió dentro en aquel hueco. Esperando la noche quiso su ventura que un soldado de don Pedro se apartó de los demás que iban juntos. Como lo halló menos mandó que lo fuesen a buscar; los que lo buscaban dieron algunas voces, a las cuales Juan Gómez, que estaba debajo del hueco del árbol, que las oyó, salió a ellas, e yendo hacia la parte que las había oído vido un soldado a caballo, que como lo vió se vino luego a él; éste le tornó a las ancas y lo llevó a donde su capitán estaba, que se holgó en gran manera por haber sido instrumento para escapar a un soldado tan valiente y tan principal; fuese luego a la Imperial con su gente. Los que estaban haciendo sus casas en Angol, como supieron la muerte de Valdivia retiráronse unos a la Imperial; otros, a la Concepción. Los que estaban en las minas sacando oro fueron luego avisados por los que de Arauco habían ido, que fueron los primeros que llevaron la nueva. Desta manera se recogieron las guarniciones que tenía Valdivia en los fuertes.
Capítulo XVI
De las cosas que hizo Francisco de Villagra después que supo la muerte de Valdivia, y de cómo yéndola a castigar lo desbarataron los indios
Luego que Pedro de Villagra tuvo por cierta la muerte de Valdivia, envió un hombre a caballo por la posta que diese aviso a las justicias de la ciudad de Valdivia del suceso, y avisasen a Francisco de Villagra para que como principal persona viniese a poner el remedio que convenía. Con esta nueva salió de la Imperial Gaspar Viera, y se dió tanta priesa a caminar, que en un día anduvo veinte y cuatro leguas de mal camino. Llegado con la nueva a la justicia despachó luego otro que fuese en busca de Villagra y le avisase de todo. Hallóle que andaba con cuarenta soldados visitando la comarca de la ciudad que después don García le puso por nombre Osorno, para poblar en la parte que les pareciese un pueblo, por comisión que Valdivia le había dado; pues eran sus amigos todos y él los conocía, que poblase y repartiese como él quisiese, con tal que de los indios que les diese fuesen por confirmación suya. Andando Villagra ocupado en esto, llegó la nueva. Luego mandó llamar a todos los que con él estaban; sin saber ninguno lo que de nuevo había, les dijo cómo Valdivia era muerto y de la manera que murió, y de cómo le enviaban a llamar de la Imperial para que tomase a su cargo la defensa del reino; que él se quería partir luego a reparar las ciudades pobladas, y sobre todo la Concepción, que tendría más necesidad; y que si, lo que Dios no quisiese, Valdivia era muerto, quél sirviría a su magestad hasta que otra cosa le mandase, y pues eran sus amigos, les rogaba cada uno hiciese lo mismo, y que si era vivo, justo era todos le fuesen a servir y ayudar en la necesidad presente. Respondiéronle que hiciese su voluntad, que a todos hallaría propicios para lo que quisiese hacer.
Luego se partió para la ciudad de Valdivia, por el mes de hebrero de el año de mill quinientos cincuenta y cuatro años. Allí fué rescebido con grande amor de todos, que era en aquel tiempo Villagra bien quisto y amado en general, sólo por buenas palabras y honra, y era amigo de hombres nobles; con estas solas partes atraía los hombres a si, aunque después que fué gobernador por el rey se mudó de costumbres y condición. Luego, otro día, en su cabildo Cristóbal de Quiñones, que había sido escribano en Potosí y al presente era justicia en Valdivia, hombre de negocios, dió orden cómo lo rescibiesen por justicia mayor y capitán general hasta tanto que su majestad otra cosa proveyere, y esto condicionalmente si Valdivia era muerto.
Villagra hizo reseña de toda la gente que había en aquella ciudad y halló ciento y cuarenta soldados bien en orden; de éstos dejó sesenta que le pareció bastante para su defensa, y llevó consigo ochenta; con ellos se partió otro día a la Imperial. Fué en ella rescebido con alegría increíble. Tenía Villagra en aquella ciudad sus casas y repartimiento de indios, que le andaban sacando oro en un cerro más de quinientos juntos. Estos como tuvieron nueva por sus vecinos de la muerte de Valdivia, luego se alzaron, y de los almocafres con que sacaban el oro hicieron hierros de lanzas, y toda la provincia hizo lo mismo. Villagra a todo esto tuvo buen ánimo pareciéndole que castigando a los que a Valdivia habían muerto, lo demás todo se allanaría breve.
Después de haber sido rescebido conforme al rescebimiento de Valdivia, les dejó a Pedro de Villagra por su teniente, lo que en Valdivia no quiso hacer sino a los alcaldes ordinarios. Después de haber dado orden con que Pedro de Villagra quedó contento, los dejó alegres y se partió con presteza a la ciudad de la Concepción.
Yendo por sus términos caminando, no halló repartimiento alguno que le saliese a servir, todos los indios alzados. Llegado a la Concepción halló el pueblo muy triste y con mucho temor; con su llegada se alegraron, y lo rescibieron por su capitán general. Luego comenzó a proveer todo lo que convenía para salir al castigo de la muerte de Valdivia: hizo pertrechos de armas y aderezó soldados de lo que cada uno tenía necesidad, y hecha reseña de toda la gente del pueblo, halló que tenía doscientos y treinta hombres, todos hombres de guerra; de éstos sacó ciento y setenta, los más bien aderezados y encabalgados, dejándoles al capitán Gabriel de Villagra, deudo suyo, por su teniente y capitán para las cosas de guerra que se les ofreciesen. Proveído esto envió a Santiago testimonios de cómo era rescebido en las demás ciudades por justicia mayor, para que conforme, a ellos le rescibiesen. El cabildo y vecinos no lo quisieron hacer, porque Valdivia había nombrado en un testamento que hallaron cerrado a Francisco de Aguirre que gobernase después de sus días por virtud de una provisión que tenía de el audiencia de los Reyes para que pudiese nombrar a quien le pareciese hasta tanto que su majestad proveyese, y como Valdivia había nombrado a Francisco de Aguirre no quisieron recebir a Villagra, antes enviaron a llamar Aguirre que estaba en los Juries: porque Juan Martínez de Prado, a quien Villagra había dejado en Santiago del Estero, poblado en nombre de Valdivia, no reconociéndole superioridad alguna como hombre mal agradecido y perjuro, envió Valdivia a Francisco de Aguirre que se lo enviase preso y quedase él en el gobierno de aquella provincia, la cual apartaba de su gobernación y le hacía merced del gobierno de ella, y para que mejor pudiese sustentarse y ser proveído de cosas de la mar, le daba la ciudad de Coquimbo, que él había poblado, y la juntaba con lo demás con tanto que lo negociase con el Rey; con esta merced le envió muy contento. Llegado a los Juries, que también se llamaba Tucumá, prendió luego a Francisco Martínez de Prado y lo envió a la Concepción, donde Valdivia estaba, y él se quedó conforme a la orden que llevaba gobernando aquella provincia; al cual los vecinos de Santiago enviaron a llamar como se ha dicho.



















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