Алонсо де Гонгора Мармолехо. История Чили со времен открытия и до 1575 года. Alonso de Góngora Marmolejo. Historia de Chile desde su descubrimiento hasta el año 1575


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Yendo adelante llegó a vista de la casa fuerte de Tucapel, que desamparó. Martín de Ariza, siendo aquél el día que le había avisado sería allí con él. Vídola estar humeando, que aún no era acabada de quemar. Dende a poco llegó donde los indios estaban encubiertos con unos pajonales grandes, porque no los viesen hasta llegar a ellos. Allí se le mostraron todos con grandísimo alarido y sonido de muchas cornetas, puestos los escuadrones a manera de batalla. Valdivia recogió su gente a un altillo parando en él el bagaje; repartió los soldados en tres cuadrillas, y mandó a la una que rompiese con los indios, los cuales, cerrados, con sus caballos puestos en ala, rompieron y anduvieron peleando, hiriendo y matando indios y rescibiendo muchas heridas. Los demás escuadrones se estaban quedos guardando la orden que les estaba dada, y después de haberse cansado el escuadrón que peleaba, se retiró a una ladera, y salió otro escuadrón a pelear con la misma orden que el primero, al cual mandó Valdivia saliese otra cuadrilla: salieron y pelearon mucho. Viendo que no podía hacer el efeto que deseaba, dejando por guarda de el bagaje diez hombres, rompió él mesmo con veinte y seis buenos soldados que le quedaban, que cierto Valdivia era buen soldado y de buena determinación, con grande ánimo. Después de haber peleado y echado los indios por las laderas, viendo que no los podía acabar de romper, y que otros escuadrones venían de nuevo, y los indios con quien peleaban se animaban más y volvían a pelear, y que tanta gente por momentos se descubría, arremetió con todos los que con él estaban y peleó hasta que le mataron tres hombres. Entonces mandó tocar a recoger las trompetas. Juntos todos les dijo: «Caballeros, ¿qué haremos?« El capitán Altamirano, natural de Medellín, hombre bravo y arrebatado, le respondió. «¡Qué quiere vuestra señoría que hagamos sino que peleemos y muramos!» Aunque Valdivia conocía su perdición, y vía que si perseveraba todos se habían de perder, como los vido tan animosos volvió a romper. Viendo que le iba peor, acordó retirarse dejándoles el bagaje en las manos: entendiendo que por respeto de roballo, ocupados cada uno por haber su parte, se podría él salvar sin que le siguiesen los enemigos. Como tenía plática de guerra parecióle que estaba en razón lo que decía: mas los indios con la orden que el yanacona Alonso en aquel punto les dió, mandándoles que todos juntos cerrasen con los cristianos, porque ya los caballos estaban cansados con el calor grande que hacía, y que todos estaban heridos, con brevedad los desbaratarían y tomarían a las manos: que no les diese lugar se alentasen. Esto les dijo en voz alta que todos lo oyeron y entendieron. Con aquella orden arremetieron a los cristianos con brava determinación, donde después de haber muerto infinito número de indios, y ser algunos de ellos muy heridos y otros muertos, no pudiendo sufrir el ímpetu de aquellos bárbaros volvieron las espaldas por el camino que habían traído creyendo que pudieran llegar a Arauco; mas no le sucedió a Valdivia como él pensaba, porque los indios le habían tomado todos los pasos por donde habían de volver y las ciénagas que habían de pasar, que donde quiera que llegaba lo hallaba cerrado y puestos los indios a la defensa; y si dejaban el camino y se apartaban dél era peor, porque los caballos, como iban cansados, los indios que los seguían, viéndolos embarazados buscando caminos, los alcanzaban cobrando más ánimo del que llevaban, los derribaban de los caballos a lanzadas; porque los indios que habían peleado, aunque les dejó el bagaje, no se ocuparon en él, mas de dejar algunos principales con orden que lo guardasen y recogiesen el servicio que los cristianos traían; y los más ligeros fueron siguiendo el alcance por la orden arriba dicha, los iban alcanzando y matando. Valdivia, como llevaba tan buen caballo, pudo pasar algo más adelante, siguiéndole un capellán que consigo traía, clérigo llamado el padre Pozo. Llegado a una ciénaga, atolló el caballo con él. Acudieron los indios que la estaban guardando, y como estaba en aquella necesidad fatigado, lo derribaron de el caballo a lanzadas y golpes de macanas. Teniéndolo en su poder lo desarmaron y desnudaron en carnes, y ataron las manos con unos bejucos, y ansí atado lo llevaron a pie casi media legua sin quitalle la celada borgoñona que llevaba, que aunque lo probaron muchas veces no acertaron a quitársela; y como era hombre gordo y no podía andar tanto como querían, llevábanlo algunas veces arrastrando, diciéndole muchos vituperios y burlando de él hasta un bebedero, donde llegados con él se juntaron todos los indios y repartieron toda la ropa y despojo por su orden entre los señores, y al yanacona Alonso, que después se llamó Lautaro, y salió en ser belicoso más que indio, porque les dió la orden de pelear, le dieron la parte que él quiso tomar. Allí le trajeron a Valdivia su yanacona Agustinillo, el cual le quitó la celada. Viéndose con lengua les comenzó a hablar, diciéndoles que les sacaría los cristianos de el reino y despoblaría las ciudades y daría dos mill ovejas si le daban la vida. Los indios, para dalle a entender que no querían concierto alguno, le hicieron al yanacona pedazos delante de él. Viendo el padre Pozo que no aprovechaban amonestaciones con aquellos bárbaros, hizo de dos pajas que par de sí halló una cruz, y persuadiéndole a bien morir, diciéndole muchas cosas de buen cristiano, pidiendo a Dios misericordia de sus culpas. Mientras en esto estaban, hicieron los indios un fuego delante de él, y con una cáscara de almejas de la mar, que ellos llaman pello en su lengua, le cortaron los lagartos de los brazos desde el codo a la muñeca; teniendo espadas, dagas y cuchillos con que podello hacer, no quisieron por dalle mayor martirio, y los comieron asados en su presencia. Hechos otros muchos vituperios lo mataron a él y al capellán, y la cabeza pusieron en una lanza juntamente con las demás de los cristianos, que no les escapó ninguno.
Este fué el fin que tuvo Pedro de Valdivia, hombre valeroso y bien afortunado hasta aquel punto. ¡Grandes secretos de Dios que debe considerar el cristiano! Un hombre como éste, tan obedecido, tan temido, tan señor y respetado, morir una muerte tan cruel a manos de bárbaros. Por donde cada cristiano ha de entender que aquel estado que Dios le da es el mejor; y si no le levanta más es para más bien suyo, porque muchas veces vemos procurar los hombres ambiciosos cargos grandes por muchas maneras y rodeos, haciendo ancha la conciencia para alcanzarlos; y es Dios servido que después de habellos alcanzado los vengan a perder con ignominia y gran castigo hecho en sus personas, como a Valdivia le acaeció cuando tomó el oro en el navío y se fué con él al Pirú, que fué Dios servido y permitió que por aquel camino que quiso ser señor, por aquel perdiese la vida y estado.
Era Valdivia, cuando murió, de edad de cincuenta y seis años, natural de un lugar de Extremadura pequeño, llamado Castuera, hombre de buena estatura, de rostro alegre, la cabeza grande conforme al cuerpo, que se había hecho gordo, espaldudo, ancho de pecho, hombre de buen entendimiento, aunque de palabras no bien limadas, liberal, y hacía mercedes graciosamente. Después que fué señor rescebía gran contento en dar lo que tenía: era generoso en todas sus cosas, amigo de andar bien vestido y lustroso, y de los hombres que lo andaban, y de comer y beber bien; afable y humano con todos; mas tenía dos cosas con que oscurecía todas estas virtudes: que aborrecía a los hombres nobles, y de ordinario estaba amancebado con una mujer española, a lo cual fué dado.
El cómo murió y de la manera que dicho tengo, yo me informé de un principal y señor del valle de Chile en Santiago, que se llamaba don Alonso y servía a Valdivia de guardarropa, que hablaba en lengua española, y de mucha razón, que estuvo presente a todo, y escapó en hábito de indio de guerra sin ser conocido, y aquella noche llegó a la casa fuerte de Arauco y dió nueva de todo lo sucedido a los que en ella estaban, los cuales se fueron a la Concepción, que estaba de allí nueve leguas, antes que los indios les cerrasen el camino.
Capítulo XV

De las cosas que acaescieron en Chile después de la muerte de Valdivia

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