Алонсо де Гонгора Мармолехо. История Чили со времен открытия и до 1575 года. Alonso de Góngora Marmolejo. Historia de Chile desde su descubrimiento hasta el año 1575


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Después que Francisco de Villagra llegó al Pirú, como muchas veces acaescer suele, donde creyó que fortuna le fuera contraria ansí por la muerte de Pedro Sancho como por ir pobre, le fué tan favorable, que halló tanta voluntad en el presidente Gasca, que demás de dalle licencia para hacer la gente que pudiese, se holgó mucho con su llegado: y en lo de Pedro Sancho no mostró haber sido mal hecho, antes lo tuvo por muy loable; y como en aquel tiempo las disensiones que en el Pirú había habido aún no estaban acabadas de sosegar, rescibió contento, porque le pareció saldrían, muchos soldados con él que pretendían desasosegar el reino, y otros que estaban descontentos por no habelles dado de comer, que es indios en repartimiento, y él se quitaría de importunidades. Villagra, como era hombre de buenas palabras, aunque mal mañoso, halló mercaderes que levantándoles los ánimos con las cosas muchas que de Yunguyo les decía y a otros oían, viendo la comisión que de el presidente Gasca tenía, por tener buen lugar par de él, le ayudaron muchos con sus haciendas. Luego se subió al Cuzco y de allí a los Charcas, donde hizo pie para hacer la gente.
Juntáronsele en dos meses docientos hombres, y entre ellos algunos mercaderes que vinieron con él, de manera que donde entendió que todo le faltara, todo le sobró, porque juntó número de más de cien mill pesos. De ellos repartía con algunos soldados que no tenían con qué aderezarse, los cuales le hacían obligaciones por lo que les daba, y porque no paresciese que los recebía para nunca los pagar, también él hacía obligaciones a los que se lo prestaban, aunque después ni ellos se lo pagaron a él ni él a los que se los prestaron. Viéndose con doscientos y veinte hombres, hizo su maestro de campo al capitán Alonso de Reinoso, natural de la villa de Maqueda, hombre de mucha espirencia de guerra y de buen entendimiento. Hizo su camino la vuelta de los Juries, que agora se va poblando de cristianos; no quiso parar en ellos aunque era tierra viciosa de cocas y de mucha gente, por la grande nueva que llevaba de Yunguyo. Pasó por la provincia de largo, donde le acaeció que un hijodalgo llamado Juan Martínez de Prado, hombre principal y que en el Pirú había servido a su Majestad, le pidió al licenciado Gases le diese facultad para que con la gente que juntar pudiese, fuese a poblar fuera del reino a donde le paresciese. Tenida esta licencia, con cien hombres que juntó entró por los Juries y pobló una ciudad a la entrada: púsole nombre Santiago de el Estero, por estar poblada junto a un río pequeño que pasa por ella que hoy permanece y será buena ciudad por la noble comarca que tiene.
Estando en ella pasó Francisco Villagra con su campo, veinte leguas apartado. Juan Martínez de Prado que lo supo por la nueva que los indios le dieron, no sabiendo qué número de gente llevaba, creyendo ser menos salió con treinta hombres en su busca, diciendo dar una noche en él y quitalle la gente que llevaba, que estaba desproveído y falto de ella para poblar su provincia. Ateniéndose que en aquel tiempo las más veces se determinaba la justicia por las armas, llegado a donde Villagra estaba alojado su campo, a la media noche las centinelas que velaban tocaron arma, diciendo: «Arma de cristianos.» Se recogieron al campo, y los que venían con Juan Martínez de Prado juntamente con ellos, los unos dando arma y los otros con tropel de caballos, diciendo: «¿Adónde está Villagra? Rendir, caballeros.» Todos alborotados en caso tan repentino, se comenzaron a juntar en cuadrillas, y algunos mostrando flaqueza y falta de ánimo, se rindieron; que después entre ellos se trataba. Villagra estaba debajo de un árbol donde tenía su pabellón, y si acertaran a dar en él antes que se le llegaran soldados, acabara una cosa grande para él en aquella tierra. Armándose Villagra con los que le acudieron, se estuvo quedo por entender bien la gente que era. En este inter llegó el capitán Guerra con la espada desnuda, preguntando: «¿Dónde está Villagra, que había prometido prendello?» Villagra le dijo qué quería, que él era. Llegándose a él, le dijo: «Sea preso vuestra merced.» Villagra le asió de la guarnición de la espada, tirando con fuerza se la sacó de la mano y dándole algunas cuchilladas los que con él estaban, que por venir armado no le hirieron, se les huyó de las manos. Juan Martínez de Prado, siendo informado la gente que allí había, parescióle que si esperaba a el día, todos se habían de perder: recogió su gente y por el camino que habían venido se volvió, no habiendo hecho más efeto que se ha dicho: que si viniera con cincuenta soldados hacía una hermosa suerte.
Llegado el día, Villagra recogió su campo dejando el servicio y tiendas con los bagajes que llevaba; casi con cien hombres a la ligera fué en su seguimiento y aquel día entró en la ciudad de el Estero, en donde Juan Martínez de Prado estaba, el cual, como le vido venir, salió luego a recibirlo y llegando a él se hincó de rodillas y como hombre rendido le entregó su espada: Villagra como era hombre noble y amigo de gloria, lo abrazó y trató muy bien. Después de haber rescebido su disculpa, capitulé con él que por estar aquella ciudad en la gobernación de Pedro de Valdivia, poblada como parecía por los grados en que estaba contando la latitud, le dejaba en ella para que en nombre de Valdivia la tuviese y le reconociese por su gobernador.» Acetada esta condición y capítulo, tomado de él juramento, aunque después no lo cumplió, le dejó allí algunos soldados que se quisieron quedar, y otros que se quisieron ir con él los llevó consigo.
Yendo su camino de Yunguyo, dejando los Juries atrás con esperanza de hallar aquella tierra tan rica, habiendo caminado de una provincia en otra, llegó al valle de Cuyo, donde agora están pobladas la ciudad de Mendoza y la ciudad de San Juan. Estándose regocijándose todos juntos, en su alojamiento acertó a quemarse una casa, y tras de aquella otra, y ansí se quemó todo el campo con algunos caballos y casi todos los pertrechos que traían con las demás ropas de vestir. Quedando tan desbaratados, acordaron, pues estaban en el paraje de Chile y tan faltos de todas cosas, mudar de rota y venirse a donde Valdivia estaba. Pasando la Cordillera Nevada llegaron a Santiago, aunque contra la voluntad de muchos hombres nobles que en su campo traía.

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